lunes, 3 de marzo de 2014

Mi familia y otros animales 1



Mi familia y otros animales
Elogio del Mediterráneo

Tras la dureza de Crematorio nos complacemos en la lectura o relectura de esta refrescante obra de Gerald Durrell, publicada en 1956, en la que relata las andanzas de la familia Durrell en la isla de Corfú, donde vivió durante cinco años, de 1935 a 1939. La familia -a su vuelta de la India, donde habían vivido hasta entonces- huyó de la húmeda y lluviosa Inglaterra hacia la cálida y luminosa isla griega. Sus hospitalarios habitantes acogieron a los extravagantes Durrell, que de algún modo se fundieron con el paisaje y el  paisanaje, pasando así a formar parte de un escenario tan singular  como  atractivo. Éste se desvela al lector  a través de la voz narradora de un niño de diez años, el Gerald infantil que rememora sus gozosos recuerdos de la infancia.

Este relato, junto a Bichos y demás parientes (1969) y El jardín de los dioses (1978)  forma parte de una trilogía sobre las peripecias griegas de la familia, cuya publicación se justifica, sobre todo, por el éxito del primer libro y la demanda de una continuación que satisficiera tanto las necesidades de los lectores como  los intereses de los editores. En  la trilogía es la voz del narrador la que ordena y estructura este relato en primera persona, y muestra el paisaje mediterráneo, su geografía y fauna, donde animales y humanos forman parte del mismo universo vital y literario.

 Lo explica muy bien su hermano, el escritor Lawrence Durrell, en el Prólogo:

 “Para quien conozca Grecia, lo más notable es que el autor (a los doce años) la haya visto como realmente es, no  a través de la bruma de su pasado arqueológico. La Grecia antigua no existe para él: por eso el decorado que evoca tiene tanta lozanía”

Lo de menos son los años del narrador (diez o doce) pues la historia que narra posee la difícil virtud –tan necesaria según Cervantes- de la verosimilitud, es decir, la semejanza con la verdad de la vida. El propio autor en su Discurso para la defensa, donde justifica el contenido y tono de su relato antes de iniciarlo, afirma la veracidad de “las anécdotas sobre la isla y los isleños”, aunque no debemos olvidar que, como toda obra, no es la transcripción mera de la realidad sino una elaboración a partir de la misma. Otra vez recurrimos al autor para que sus palabras nos aclaren este concepto:

“ La tarea de condensar cinco años de incidentes, observaciones y grato vivir en algo poco menos voluminoso que la Enciclopedia Británica me ha obligado a comprimir, podar e injertar, de modo que apenas subsiste algo de la continuidad original de los hechos, y a renunciar también a la descripción de muchos sucesos y personajes”

De modo que entendemos que lo que el autor hace es convertir los hechos históricos en sucesos narrados y a las personas que los vivieron en personajes.  Un delicioso relato que combina una descripción naturalista impregnada de poesía con las humorísticas y excéntricas ocurrencias de los miembros de  la familia. Como observó atinadamente un miembro de este club de lectura, el narrador no hace diferencias entre la fauna humana y la animal, y ése es precisamente uno de los procedimientos que confieren al relato el tono humorístico que tanto nos agrada. De nuevo el autor deja constancia de este hecho y de su singularidad en la composición  de la narración:

“En principio estaba destinada a ser una descripción levemente nostálgica de la historia natural de la isla, pero al introducir a mi familia en las primeras páginas del libro cometí un grave error. Una vez sobre el papel, procedieron a tomar posesión de los restantes capítulos, invitando además a sus amigos.”

Pero este artificio no basta para explicar el humor y la ironía que sobrevuelan todos los episodios de este relato. Durrell utiliza las técnicas universales que H. Bergson analiza en su ensayo La risa: la hipérbole y el contraste. Los rasgos de los humanos están deliberadamente exagerados hasta llegar a veces a la caricatura: la petulancia de Larry y las extravagancias de sus amigos, los novios de Margaret, la idealizada y quijotesca personalidad del preceptor Kralefski, el anecdotario del atildado Teodoro, el baño nocturno de la madre, la desdentada e hipocondríaca  Lugaretzia…

Por otro lado el contraste como fuente de humor también  se manifiesta muy productivo, como  es el que resulta de oponer  un tono y registro lingüísticos familiares u ordinarios para situaciones extraordinarias. Este recurso funciona con gran eficacia en el personaje de la madre, que raramente se inmuta ante los más raros sucesos. Con admirable flema británica se enfrenta a los más insólitos incidentes y suele seguir tejiendo o cocinado mientras dice algo así   como ¡oh, querido, enfadándonos no solucionamos nada; o no lo hace por molestar, pobrecito, cuando se trata de  disculpar la  invasión zoológica  de la casa. La ternura que  suscita este admirable personaje, inspirado en la madre real de los Durrell, convoca tanto a sus hijos como a los lectores, pues provoca tanto la emoción como la sonrisa, en su afán de conducir a su familia y sobrevivir a sus pintorescas costumbres.

La madre, el único personaje cuyo nombre desconocemos, es también una mezcla de rasgos contradictorios que la hacen más humana y  creíble. Su liberalidad y capacidad de adaptación ante los chocantes o extraordinarios comportamientos de sus hijos se fusiona con naturalidad con los prejuicios propios de una mentalidad victoriana en lo relativo al sexo, la salud y la higiene o la importancia de las convenciones. Aunque su sentido moral es relativo y más formal que esencial, pronto sucumbe al encanto de la isla y sus habitantes, dejándose seducir por  la caricia del clima y  el atractivo de sus jardines, así como de las plantas aromáticas que sazonan sus guisos.

Contraste existe también en el entrañable Spiro, entre su aparente rudeza y  su devoción por la singular familia, entre su imperfecto y chapurreado inglés y la eficacia de sus intervenciones. Y no olvidemos a Margo, con sus enigmáticos dichos y refranes, que nadie entiende qué tienen que ver con las situaciones o conflictos que se plantean.

Otras veces es la ambigüedad o el equívoco los que provocan nuestra sonrisa, como sucede cuando la madre confunde la erisipela con la sífilis, en el incidente de la duquesa calva, otro lance de gran comicidad cuyo fundamento está en la sorpresa  producida por ejecutar un hecho  inusual como si fuera  algo normal u ordinario. Lo mismo ocurre en el sentido que Gerald atribuye a la expresión “visitar a la madre” durante las lecciones en la casa de Kralefski. La tergiversación del significado  tiene efectos cómicos, pero también da lugar a una de las escenas más conmovedoras. Como destacó otro miembro del club de lectura, la descripción de la madre del preceptor, con sus rojos cabellos extendidos sobre las sábanas mientras escucha el lenguaje de las flores, parece más cercano al realismo mágico que a la desenfadada y estrafalaria narración  a que nos habíamos acostumbrado.

Pero por encima de estos rasgos de estilo que hemos comentado, Mi familia y otros animales es un relato que pone a nuestra disposición una forma de viajar y vivir que nos hace añorar a los   románticos del siglo XIX, que sabían cuándo partían pero ignoraban la fecha de su vuelta, el fin de su viaje. El libro es un compendio de costumbres rurales y urbanas, agrarias y marinas, gastronómicas  e higiénicas. La Grecia de los comienzos del siglo XX emerge en la naturaleza, en el calor del verano, en la luz de sus cielos limpios o tormentosos, en sus comidas y bebidas, en sus villas y en la atmósfera de felicidad intemporal  propia de la percepción infantil.

Y además y sobre todo, es una descripción naturalista de la fauna y flora de la isla de Corfú, símbolo  de la cultura mediterránea. Sentimos  el olor del salitre y de las plantas aromáticas en las correrías de Gerry y su perro Roger   por olivos, viñedos y arrayanes; en sendas y caminos que acaban casi siempre en las blancas playas, bañadas por un limpio, transparente y espumoso mar, casi mítico.

Todo tipo de criaturas pueblan las páginas de esta honda y familiar historia: perros de todo tipo, tortugas, urracas, buhos y culebras habitan  sus páginas   como criaturas familiares y cercanas. Los hábitos de las arañas, terrestres o acuáticas, las costumbres de la salamanquesas y la defensa y lucha por su territorio en las cálidas noches del verano, todo invita al sueño y al viaje placentero y pausado que emanan de la contemplación y del estudio de la naturaleza. Humor, ciencia y  arte se  funden en este libro mediante la equilibrada armonía de las buenas y recomendables lecturas.

La tertulia posterior a la lectura planteó interesantes cuestiones:

 Por un lado nos hizo recordar la deliciosa película de Billy Wilder, Avanti, donde se oponen también con mucho y buen humor la cultura mediterránea y la yanki. Alguien señaló la versión cinematográfica del libro de Durrell, estrenada en 2005 y dirigida por Shere Folkson. Por asociación, mencionamos Londres, del periodista Julio Camba, una visión humorística de las costumbres inglesas desde el punto de vista de un español de comienzos del siglo XX. Y también El antropólogo inocente, de Nigel Barley, que, según reza la contraportada del libro “hace con la antropología lo que Durrell hizo con la zoología”

Como se ve, la lectura de una obra, conocida para algunos y nueva para otros, da mucho de sí. Por lo tanto… VIVAN LOS LIBROS  y nosotros los lectores.

Y para finalizar, una interesante cuestión que alguien, muy perspicaz, planteó al final: ¿es este libro una novela? lo que nos lleva a  plantearnos qué es una novela. Así que esa discusión podría trasladarse a la próxima sesión de abril, cuando comentemos los personales relatos de Coetze, Foe y La infancia de Jesús. Y también puede ser analizada, desmenuzada y criticada en los comentarios, naturalmente.  ¿Mi opinión? No la digo, aunque alguna pista he dado. GB






1 comentario:

Anónimo dijo...

¡Ah, esta humana (a veces maldita a veces sana) costumbre de clasificar las cosas!... qué bien nos viene para mantener el orden y el equilibrio físico y mental, pero cuanto trabajo nos cuesta colocarlas en el sitio más adecuado.
En fin, entre mis casilleros personales la incluiría en uno etiquetado como “autobiografías noveladas” (fragmento de cinco años de la infancia del autor).
J.L.Vicent