miércoles, 21 de mayo de 2014

notas de un lector

FOE: NOTAS DE UN  LECTOR ANÓNIMO

En la novela hay  algunas referencias a  fuentes literarias que conviene señalar:




·    El personaje de Susan Barton esta inspirado en Roxana, protagonista de la novela del mismo título de Defoe, considerada como una novela precursora del pensamiento feminista. (¡Al fin y al cabo, una superviviente!). Coetzee dijo en una entrevista que había elegido una narradora para Foe porque quería hacer un homenaje a todas las escritoras marginadas de la historia.


·      La Divina Comedia, de Dante:

“Una vez leí a un autor italiano acerca de cierto individuo que visitaba o soñó que  visitaba el Infierno —prosiguió Foe—. Allí se encontró con las almas de los muertos. Una de aquellas almas lloraba desconsoladamente. «Mortal, no creas», le dijo el alma dirigiéndose a él, «que porque yo no sea un ser de carne y hueso mis lágrimas no son fruto de un dolor auténtico.»”





·         Las 1001 noches  

“Una vez un hombre se encontró a un anciano que esperaba a la orilla de un río y, compadecido de él, se ofreció a llevarle al otro lado. Después de pasarle a cuestas, sano y salvo, a través de la corriente, al llegar a la orilla opuesta se arrodilló para que pudiera bañarse. Pero el viejo se negó a desmontar: y no solo eso, sino que, apretando entre sus rodillas el cuello de su porteador, empezó a golpearle en los costados y, en pocas palabras, acabó convirtiéndole en una bestia de carga. Llegaba hasta quitarle la comida de la boca, y habría seguido montándole hasta causarle la muerte si el otro no se hubiera librado de él mediante una estratagema.
—Ahora reconozco la historia. Es una de Las aventuras de Simbad el Marino.





·         Algunos cuentos de Borges:

“—Hace mucho tiempo, señor Foe —le dije—, usted escribió la historia de una mujer (la encontré en su biblioteca y se la leí a Viernes para pasar el rato) que pasaba una tarde conversando con una amiga suya muy querida, y al irse le daba un abrazo y se despedía de ella hasta la fecha en que habían acordado verse de nuevo. Pero la amiga (ella aún lo ignoraba) había fallecido el día anterior a muchas millas de distancia, y, por tanto, había pasado la tarde conversando con un fantasma. La recuerda, ¿verdad?, es la historia de la señora Barfield. Por lo cual deduzco que usted es consciente de que los fantasmas pueden sostener una conversación con nosotros, e incluso abrazamos y besamos también.”


“Bien, le contaré otra historia. Una mujer (otra, no la misma) fue condenada a muerte. No recuerdo por qué delito. A medida que se aproximaba el día fatal fue sumiéndose en la mayor desesperación pues no encontraba a nadie que quisiera hacerse cargo de una hija pequeña que tenía con ella en su celda. Finalmente, uno de los carceleros, compadecido de su infortunio, habló con su esposa y ambos convinieron en adoptar a la niña como si fuera hija suya. Cuando la condenada vio a su hijita a buen recaudo en los brazos de su padre adoptivo, se volvió a sus opresores y les dijo «Ahora podéis hacer conmigo lo que queráis. Yo ya he escapado de vuestra prisión; lo que aquí tenéis no es más que el capullo de mí misma», aludiendo, pienso, al capullo que la mariposa rompe al nacer. ”


“Una mujer condenada por robo, cuando estaban a punto de subirla a la carreta que había de conducirla a Tyburn, pidió un sacerdote para hacer una confesión sincera, pues, según decía, la que antes había hecho no lo era. Así que llamaron al capellán. Volvió a confesarle todos los robos de que la habían acusado, y muchísimos más; le confesó un sinnúmero de blasfemias y de actos impuros; confesó haber abandonado a dos de sus hijos y asfixiado a un tercero en la cuna. Confesó que tenía un marido en Irlanda, otro que había sido deportado a las Carolinas y un tercero preso como ella en Newgate, y los tres aún vivos. Confesó con todo lujo de detalles crímenes que había cometido tanto en su infancia como en su pubertad, hasta que al fin, cuando el sol brillaba ya en lo alto de los cielos y el carcelero estaba aporreando la puerta, el capellán la hizo callar. «Me cuesta trabajo creer, señora», le dijo, «que una sola vida haya bastado para cometer todos esos crímenes. ¿Es usted, realmente, tan gran pecadora[…]”





·         Buceando hasta el naufragio, Adrienne Rich (p. 151-2) (Poema de 1972)



Primero, habiendo leído el libro de los mitos
y cargado la cámara
y probado el filo del cuchillo,
me puse
la armadura de neopreno negro
las absurdas patas de rana
la seria e incómoda máscara.
Tengo que hacer esto
no como Cousteau con su
asiduo equipo
a bordo de la goleta bañada por el sol
sino sola acá.


Hay una escalera.
La escalera está siempre ahí
colgando inocentemente
cerca del costado de la goleta.
Sabemos para qué sirve,
nosotros, que ya la usamos.
De otra manera
sería una pieza de instrumento marítimo
algún tipo de equipo.


Voy hacia abajo.
Peldaño a peldaño y todavía
el oxígeno me sumerge
la luz azul
los claros átomos
de nuestro humano aire.
Voy hacia abajo.
Las patas de rana me entorpecen,
me arrastro como un insecto por la escalera
y no hay nadie
que me diga cuándo el océano
va a empezar.


Primero el aire es azul y después
se pone más azul y luego verde y luego
negro me estoy desmayando y sin embargo
mi máscara es poderosa
hace bombear mi sangre con fuerza
el mar es otra historia
el mar no es una cuestión de poder
tengo que aprender sola
a girar mi cuerpo sin fuerza
en el profundo elemento.


Y ahora: es fácil olvidar
para qué vine
entre tantos que siempre
vivieron acá
balanceando sus aspas almenadas
en medio de los arrecifes
y además
acá uno respira de otra manera.


Vine a explorar el naufragio.
Las palabras son propósitos.
Las palabras son mapas.
Vine a ver el daño hecho
y los tesoros que prevalecieron.
Apunté el haz de luz de mi lámpara
despacio a lo largo del costado
de algo más permanente
que los peces o las algas


a aquello por lo que vine:
el naufragio y no la historia del naufragio
la cosa en sí misma y no el mito
la cara ahogada mirando siempre
hacia el sol
la evidencia del daño
deteriorada por la sal y el vaivén hasta ser esta belleza harapienta
las costillas del desastre
curvando su afirmación
entre los espíritus inciertos.


Éste es el lugar.
Y yo estoy acá, la sirena cuyo pelo negro
corre hacia atrás, el tritón con su armadura.
Hacemos círculos en silencio
alrededor del naufragio
nos sumergimos hasta la compuerta.
Soy ella: soy él


cuya cara ahogada duerme con los ojos abiertos
cuyos pechos siguen todavía estresados
cuya carga de plata y cobre descansa
oscuramente dentro de los barriles
a medio asegurar y pudriéndose
somos los instrumentos a medio destruir
que una vez mantuvieron un rumbo
el tronco comido por el agua
la brújula inválida


Somos, soy, sois
por cobardía o coraje
quien encuentra nuestro camino
de vuelta a esta escena
llevando un cuchillo, una cámara
un libro de mitos
en el que
nuestros nombres no aparecen.

Versión de Tom Maver,
del libro Diving into the wreck, 1973.

En: Adrienne Rich. Poemas (1963-2000). Edición, prólogo, traducción y notas de María Soledad Sánchez Gómez. Sevilla: Renacimiento, 2002


Comentario:

Esta cita-homenaje es lo que ahora se llamaría solemnemente “juego de intertextualidad”. De todas maneras creo que es lo que da sentido a este misterioso final. Efectivamente en esta cuarta parte del libro surge un narrador desconocido, que para mi es el propio Coetzee, y que parece estar escribiendo un final para todos los personajes de la novela.

Este final escapa, desde luego, a todo lo convencional y está planteado como una especie de  adivinanza o acertijo que invita al lector a suponer toda clase de finales y conclusiones posibles.

Desde mi punto de vista, y tras la lectura repetida de esta cuarta parte, Viernes con su profundo y persistente silencio hace callar para siempre la verdad de la historia, realidad o ficción, y todos quedan abandonados en el fondo del mar, en el barco hundido y encallado; esta última vez, náufragos del lenguaje.






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