lunes, 15 de septiembre de 2014

Mastreta versus Highsmith



En nuestro afán  por leer cuentos sobre mujeres escritos por mujeres, y, tras   una infructuosa búsqueda entre las letras españolas, hemos vuelto a lo conocido para revisarlo, compartirlo y comentarlo en el club de lectura. Las andadas nos han llevado a recuperar dos colecciones singulares y opuestas, rescatadas de la memoria y traídas aquí de nuevo. Se trata de Mujeres de ojos grandes, de la mejicana Ángeles Mastretta (1990), y Pequeños cuentos de misoginia, de Patricia Highsmith (1974). Son dos obras muy diferentes, que responden a intenciones y situaciones también distintas, como hemos observado en nuestras  conclusiones.

MUJERES DE OJOS GRANDES consta de 37 relatos protagonizados por otros tantos personajes femeninos, cuyas vidas configuran una constelación de historias, vinculadas a una concepción de la femeneidad como esencia  colectiva y solidaria, de la que emanan la fuerza de la supervivencia y la superación gozosa de las adversidades. Pues siendo una mujer particular el centro de cada uno de los relatos, el conjunto evoca un personaje universal: La Mujer con mayúsculas, como principio necesario de la continuidad de la vida, como energía telúrica que radica en el espíritu primario de la complicidad y la comprensión de todos los misterios encerrados en la memoria femenina.

Es en el último cuento donde encontramos la clave del libro y la justificación de su título. La milagrosa curación de la “hija de ojos grandes” de la tía Jose Rivadeneira mediante los relatos de las historias de sus antepasadas, no sólo remite a una valoración terapéutica de la palabra, sino a la consideración de la vida de cada mujer como parte de una historia global en  la que se tejieron sus trabajos, sus penas y jolgorios, constituyéndose así la herencia vital del imaginario femenino:

Durante muchos días recordó, imaginó, inventó. Cada minuto de cada hora disponible habló sin tregua en el oído de su hija. Por fin, al atardecer de un jueves, mientras contaba implacable alguna historia, su hija abrió los ojos, ávida y desafiante, como sería el resto de su vida.[…] Sólo ella supo siempre que ninguna ciencia fue capaz de mover tanto, como la escondida en los ásperos y sutiles hallazgos de otras mujeres con los ojos grandes.

Mediante esta  miscelánea de perfiles femeninos en los que cada mujer desempeña funciones varias, Mastretta compone un espacio poético hondamente enraizado en las tradiciones mejicanas y en las convenciones sociales. Y aunque estas pequeña piezas narrativas sitúan a sus personajes en la Puebla natal de la autora durante los primeros años del siglo XX, el carácter genérico de los temas evocados dota al conjunto de un fondo universal que trasciende las coordenadas espacio-temporales.



Las mujeres de ojos grandes nos descubren su gusto por los placeres carnales con tal naturalidad que la reivindicación de la sensualidad, el erotismo y la pasión como actividades esenciales y necesarias para la vida aparecen sin otra justificación que su propia existencia. Unas veces, el deseo pasional se realiza como aventura amorosa que colma un vacío vital compensatorio de una frustración del pasado, como es el caso de la tía Leonor y su felicidad asociada a los nísperos y sus agridulces jugos. Otras, como le sucede a la beata Rosa, el descubrimiento del placer le llega a través de los sueños, junto con la comprensiva aceptación de la prolífica conducta de su hermana. En general, la conquista o la recuperación pasionales se asocian a la búsqueda de la libertad o al logro de una paz de espíritu en la que no tienen cabida los remordimientos.

 La vivencia de una sensualidad apasionada y vibrante tiene su colofón (culmen o cima) en la historia de la tía Paulina y el músico Webelman, instructor en el arte de la vida y en la vida como arte. El doble sentido de la cita siguiente evidencia  la fuerza poética de la música como metáfora de la pasión:

Una cosa es hacer sonar un instrumento y otra hacer música […] En apariencia no tienes más que un dedo para hacerlo pero con el dedo y la tecla no haces más que ruido, lo demás tienes que sacarlo de tu cabeza, de tu corazón, de tus entrañas. Porque ahí es donde está, con toda exactitud, el sonido que deseas.”

Otras veces, la pasión se relaciona con lo irracional, lunar y nocturno, propiciadores del descontrol del  ardoroso y arrebatado caos del amor inevitable:
Había una luna a medias la noche que desquició para siempre los ordenados sentimientos de la tía Inés Aguirre. […] Porque la noche aquella, bajo la luna, el hombre le dio un beso en la nuca como quien bebe un trago de agua.”

Y también con la constancia y la defensa del derecho a vivir un amor contra viento y marea, como el vivido por Fátima y José Limón, cuya singular  naturaleza queda grabada para siempre en la última anotación del diario de la amante fidelísima:
“Creo que el amor, como la eternidad, es una ambición. Una hermosa ambición de los humanos”


Entre estas mujeres abundan las que se rebelan contra los convencionalismos y se saltan las normas morales. Siempre lo hacen para conseguir una felicidad que no se concibe sin la embriaguez del  gozoso erotismo en libertad. Así fue cómo Amalia Ruiz “encontró la pasión de su vida en el cuerpo y la voz de un hombre prohibido”.  Por eso resulta tan coherente su negativa a continuar la relación cuando una noche el amante “llegó tarde y se puso a hablar de negocios. Su actitud libre ante el amor se fundamenta en el rechazo a una vida rutinaria, lastrada por emociones previsibles y encasilladas. La voluntad de  salvaguardar su derecho a los placeres prohibidos es como un soplo de aire fresco ante la hipocresía social:
No me lo puedo permitir, no me lo voy a permitir, sea por Dios, que algo tiene de prohibido y por eso está bendito.





La ironía de la declaración anterior, sin la cual algún lector intolerante acusaría al personaje de blasfemo, impregna estas pequeñas historias y se hace evidente en la forma en que se incorpora cierta ternura, cómplice y  sutil, con que  se inician o concluyen los relatos. Así sucede con Cristina Martínez, aquella mujer predestinada por los prejuicios sociales a la soltería, que urde un sorprendente y perfecto plan para dotar de respetabilidad a sus deseadas y múltiples relaciones. La conclusión de la historia de su vida es tan  sugerente como ambigua:

Quien sabe. Lo cierto es que Emilio Suárez y Cristina Martínez fueron amigos hasta el último día de sus días. Cosa que nadie les perdonó porque la amistad entre hombres y mujeres es un bien imperdonable.”


La rebelión de la que hablamos se entiende como la ruptura de las cadenas sociales, que ahogan la posibilidad de un saludable bienestar basado en la sutileza de la connivencia femenina. Eso es lo que encontramos en el relato de la tía Elena, una mujer llena de ansia de aventuras, como la del rescate clandestino y nocturno del vino paterno, anticipo de la nueva orientación de su nueva vida:
“No llevaba más equipaje que el futuro y la temprana certidumbre de que el más cabal de los hombres tiene un tornillo flojo.”

La tía Natalia representa a la aventurera que, tras acumular experiencias, amores, colores y luces marinas, vuelve a su tierra natal para anclarse a ella como el barco en su puerto: “Uno es de donde es […] por más que no quiera, te regresas de allá.”

No se entendería esta colección de historias sin mencionar el humor como ingrediente básico y esencial, ya que proyecta una mirada de distante y saludable sarcasmo hacia las peripecias de los personajes. Humor que inevitablemente se asocia a la tolerancia para disculpar conductas atípicas o reacciones presuntamente inusuales. Esta situación se da en el caso de la manga ancha del generoso cura español, que absuelve sin problemas a la tía Charo de su saludable gusto por el cotilleo: “Ver no es pecado y comentar, tampoco” Y recibe por ello justa y bienintencionada recompensa.


En ocasiones son la religión y su circunstancia las que se deslizan hacia el territorio de la ironía, mostrando  la indulgente y comprensiva actitud de devotas y ateas ante tan misterioso asunto. Pues  no carece de agudeza la  sutil respuesta de la atea Eloísa a su hija cuando ésta le propone abrazar el protestantismo:
“-Ay, hija-le contestó su madre acariciándola mientras hablaba-, si no he creído en la verdadera religión ¿cómo se te ocurre que voy a creer en una falsa?”


En otras, se prefiere denunciar sin rodeos la hipocresía de aquellos que convierten la religión en una obsesión enfermiza o en un oportunista negocio. Es lo que  ocurre en el caso de la tía Laura cuando vomita en medio de un ataque de tos sobre los puros y cristianos manteles de una familia  tan piadosa como timorata, escandalizando a los presentes con el vocabulario barriobajero e irreverente, acumulado en su memoria durante tantos años de opresión y fingimientos: “El único negocio que la Mitra aceptó hacer con su desconcertado cónyuge fue el costoso trámite de su anulación matrimonial”

Sorprende gratamente la naturalidad y frescura con que Mastreta trata el tema religioso infiltrando en el catolicismo usos y costumbres propias de otras culturas más antiguas, fiel al sincretismo característico de la tradición mejicana. Así se entiende el proceder de la hija de la tía Isabel, que continúa, como su madre, sus conversaciones con los muertos. O el entrañable caso de la tía Mari, que iba reuniendo en una urna las cenizas de sus amigos muertos para compartir sus restos cuando llegara su final.

El pragmatismo con que las mujeres de estas historias viven el hecho religioso se extiende también a sus actos tras los desengaños, infidelidades o tentaciones. Mariana se libera de la culpa de su traición hacia su marido al constatar que es a su vez engañada, encontrando así un equilibrio compensatorio ante los posibles pecados de ambos: “Y por primera vez en mucho tiempo sintió alivio, cambió la pena por sorpresa y después la sorpresa por paz.”

El mismo espíritu práctico y resolutivo posee Amanda Rodoreda, de la que “durante mucho tiempo se dijo que era hija del compadre de su papá”. Su decisión de casarse con su supuesto padre para acallar de una vez las malas lenguas, no deja dudas sobre la ironía de tan ingeniosa y arriesgada ocurrencia: “La noche de bodas la pasaron los tres en el rancho de Atilixco, muertos de risa y paz”.

En definitiva, este libro colmado de mujeres nos habla sobre todo del ser humano y su compleja y contradictoria naturaleza. La locura y la disfunción emocional se presentan como parte de la vida en su inevitable recorrido. El trastorno mental de la tía Daniela, que se enamoró como se enamoran siempre las mujeres inteligentes: como una idiota, y su curación mediante la expulsión de su pena a base de palabras es casi un antecedente de las terapias modernas: “Todo lo que había tratado de olvidar, forzándose a no pensarlo, se le volvió indigno de recuerdo después de repetirlo muchas veces”

¿Y qué decir del modo en que Valeria huye de su tediosa y penosa realidad, sustituyendo la relación con su vulgar marido por las más deliciosas fantasías con Pedro Armendáriz, Humphrey Bogart o Manolete?:

“Dicen que siempre hizo así la tía Valeria y que por eso vivió a gusto muchos años más. Lo cierto es que se murió mientras dormía con la cabeza echada hacia atrás y un autógrafo de Agustín Lara  debajo de la almohada”.


Y para finalizar el análisis incompleto de esta galería femenina, mencionar la importancia de la solidaridad entre mujeres ante el maltrato de novios o maridos. La tía Chila, muy criticada por abandonar a su esposo sin explicación alguna, se descubre al expulsar de su salón de belleza, furiosa e implacable, al  violento marido de Consuelito Salazar. Tras un discurso casi heroico por lo claro y contundente, el diálogo entre las dos mujeres ilustra sobradamente la situación:

- Por fin lo dije- murmuró después.
-Así que a ti también –dijo Consuelito.
-Una vez –contestó Chila con un gesto de vergüenza.



Igualmente conmovedor es el caso de Rebeca paz, que  no quería morir para que no la enterraran junto al marido, de cruel recuerdo. La nieta, no solamente la comprende y ayuda, sino que se aplica el cuento y abandona a su agresivo e intolerable marido. Lecciones de mujeres para mujeres en sus historias vividas. Y para  cualquier lector atento y sensible.

Pues son la sonrisa y la risa las que nos han acompañado durante la lectura y relectura de Mujeres de Ojos Grandes. El conocimiento de sus personajes nos ha contagiado la alegría de vivir y sobrevivir, de disfrutar de las cosas pequeñas y de los momentos trascendentes. El libro nos parece un canto vitalista al amor, entendido en su más amplio sentido: como pasión absorbente que nubla el raciocinio y como hábito saludablemente incorporado a la vida  cotidiana. Visto así, parece natural que las mujeres de estos relatos nos muestren el amor como motivo nuclear de su gozoso proyecto vital. La gestión de la pasión amorosa en su variada vivencia es también una idea transformada en mensaje optimista, que se superpone a las más adversas circunstancias: la supervivencia mediante la conquista de la libertad y la independencia.




CUENTOS DE MISOGINIA o Cuentos misóginos, una obra muy anterior en el tiempo a la de Mastreta, está formada por 17 relatos breves que encierran otras tantas caricaturas de las más estereotipadas conductas femeninas. La misoginia del título invita a suponer cierta intención didáctica o moralizadora, cuyo propósito  sería mostrar el modo con que los convencionalismos sociales, los usos y costumbres, han construido a lo largo del tiempo una tipología femenina enfermiza o castradora, tanto para las propias mujeres como para sus parejas. El análisis de los comportamientos es, pues, más sociológico que psicológico, lo que comporta cierta dosis de reduccionismo como sucede cuando se trata de clichés y prototipos.

El mensaje que la autora parece querer transmitir a sus lectores es que por ese camino, con ese repertorio humano, no vamos bien. El desenlace de algunas historias, deliberadamente crueles, puede conducir a los protagonistas a la locura o a la muerte. Pues en este catálogo de personajes se encuentra tanto la mordaz crítica de los tópicos sociales como la constatación de que algunas de los cuentos podrían pertenecer igualmente al ámbito masculino y femenino. Pues estas mujeres, que son malas, malísimas, son también un signo del mal estado de la sociedad en su conjunto. Todo ello, claro está, con el correspondiente toque de ironía con tendencia a derivar frecuentemente en sarcasmo.

El apartado de los prejuicios recorre los más variados aspectos de aquellas costumbres con las que habría que acabar. Pues la Highsmith, como el ingenioso arcipreste, prefiere mostrar explícitamente lo malvado o malintencionado de las conductas femeninas, para que sea el lector el que infiera, si puede y quiere, lo contrario: es decir, que adivine por dónde deberían ir las cosas. Las mujeres seleccionadas por  Patricia Highsmith son tan superficiales, insensatas o perturbadas que la misoginia patente oculta la denuncia implícita.

Nada queda a salvo de la  satírica pluma de la autora. Del mismo modo que sedujo a sus lectores con la creación de un personaje criminal reducido a su condición cotidiana, sedentaria e incluso aburrida, en este caso condena, uno a uno, todos los arquetipos del comportamiento femenino manifiestamente asentados en la sociedad y que, en las Historias de misoginia, aparecen, en su cruel y despiadada desnudez, como extravíos causantes del dolor y de la estupidez de hombres y mujeres.

 P. Highsmith recrimina con la misma energía la prehistórica complacencia femenina ante el cavernícola varón (Oona), como las ideas conservadoras y retrogradas de la mujer reducida a su papel de ama de casa, esposa y madre (Pamela). Ambas mueren a manos de otras mujeres, que no soportan su conformista pasividad, aunque el hecho de que sea el  porrazo con un paquete de alubias  el que acabe con Pamela, no deja de tener  una gracia bastante  perversa. La autora zahiere y vapulea tanto a la novia defensora fanática de la virginidad, como a la madre paridora de 17 hijos. A la primera, proporcionándole unos descendientes partidarios del sexo sin trabas y la libertad absoluta en lo relativo a los placeres carnales. A la segunda, simplemente le endosa ser responsable de la locura irreversible de su pobre e indefenso marido.




Uno de los relatos más excesivo, casi sádico, es el titulado La mano, donde el absurdo de la ceremonia de pedida queda verificado en los infortunios que sufre el infeliz y  sentenciado novio. El significado simbólico de esta bárbara historia se acrecienta con las despóticas acciones del padre-suegro, auténtico artífice de todas las desgracias del yerno y reconocido manipulador del hombre y la mujer. Nada se salva del ácido tono crítico de estas historias, ni el narcisismo de la novelista cargante, ni el fatal destino de las buscadoras de fortuna, ni la cursillista obsesiva en su perenne afán de culturizarse; tampoco hay piedad para la hipocresía de la perfecta señorita por fuera, pero falsa y maligna en su interior oculto; ni para la interesada explotadora del marido con enfermedades fingidas o imaginadas. Pues tanto la esposa prostituta como la egocéntrica coqueta y la incitante bailarina confluyen en la muerte, propia o ajena, como destino y catarsis liberadora de sus patologías. Son eliminadas de la escena de forma drástica.

Hay seres trastornados como la suegra, silenciosa y acomodaticia, víctima del egoísmo extremo de unos hijos que sólo piensan en su propia comodidad. Este caso, además de resultar desagradablemente irritante, demanda a gritos que la suegra dé un portazo, se rebele de una vez y se libere para siempre de una familia mezquina y depredadora. En este caso resulta difícil decidir quién, víctima o verdugos,  está más moral y emocionalmente enferma.




Y para colmo, esa otra mujer, la evangelizadora, impregnada de un insustancial misticismo y encumbrada a la fama por un delirante y rentable programa televisivo, promovido por los aprovechados medios de comunicación.
En fin, con un humor tan real y cercano como la vida misma, este conjunto de relatos no nos deja indiferentes. A primera vista y en una primera lectura, puede parecer que el contenido de los cuentos no nos identifica, no nos pertenece, quizá por ser tan esquemáticos y a la vez tan rotundos. Nos trasladan a una realidad reducida a su mínima expresión, y al mismo tiempo deliberadamente exagerada, casi distorsionada. Pero no olvidemos que se trata de caricaturas, no de retratos. Por eso, si leemos con atención, veremos que, tras la visión deformante que nos devuelven los espejos,  se encuentra una parte muy próxima y cercana de nosotros mismos. GB


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