domingo, 17 de mayo de 2015

Alma Mahler:una romántica encubierta




Alma Mahler, una romántica  encubierta


Un libro singular

Cuando nos adentramos en la vida de Alma Mahler, tal y como aparece en la excelente biografía de Suzanne Keegan, se desvanece la idea de una mujer impulsada  por anhelos espirituales o  intereses exclusivamente artísticos. Sólida y rigurosamente documentado en una extensa bibliografía, que recoge tanto publicaciones históricas como escritos biográficos y testimonios personales de las personas que vivieron junto a la protagonista, este libro  reúne dos propiedades que la singularizan. Por un lado sitúa con gran detalle y precisión al personaje en su contexto, de modo que vemos cómo se desvelan ante nosotros las claves de uno de los momentos más interesantes e intensos de la historia europea: los grandes cambios políticos que se suceden tras la caída del imperio austrohúngaro con el nacimiento de la nueva Europa de las naciones, cuyas tensiones desembocan en las dos guerras mundiales; las transformaciones socioeconómicas que alteran la vieja estructura de  clases, donde la aristocracia pierde definitivamente su protagonismo para ser sustituida por la burguesía comercial y financiera; y, sobre todo, el refrendo de  los movimientos de vanguardia al nuevo mundo de ideas que emerge con fuerza en el campo de la filosofía, la ciencia y el arte.

En fin, que podemos acompañar a Alma Mahler en su periplo vital mientras observamos cómo hierve la vida cultural centroeuropea: Freud, Klint, Schömberg, Kockoschka, Gropius, Werfel, el suicida Rodolfo, Bismark…  En los grandes salones vieneses podemos asistir a discusiones y debates sobre  pintura y música, sobre el estilo tonal o el dodecafónico, sobre el romanticismo decadente o los nuevos “ismos” estéticos. En estos ambientes crece y se desarrolla la personalidad de Alma Mahler y sin su conocimiento difícilmente podríamos acercarnos al interior del personaje. El resultado de la lectura de esta biografía, que huye de los tópicos por su carácter más ensayístico que novelado, es  la intuición de que estamos más cerca de la inclemente exactitud de la Historia que del deleite de la ficción. Pues nada se oculta ni dulcifica, y tampoco se juzga, o eso parece. El intérprete es el lector, superviviente de una experiencia donde los datos importan más que las opiniones, los hechos más que la amena narración.


Alma, en clave freudiana

Al finalizar el libro, podríamos pensar que Alma Mahler  ha sido, sobre todo, una mujer pragmática. Inteligente, bella, culta, brillante y seductora, también. Amante del arte y de la música, sin duda. Pero todos esos atributos están dentro del cliché que han posibilitado filmes como el dirigido por Bruce Beresford en 2001 cuando se pusieron de moda los biopic. Lo que resulta sorprendente es descubrir su talento para gestionar los réditos sociales y económicos del apellido de su primer marido, y su pericia para incrementar  su capital en el negocio del arte.

Alma-adulta confiesa sin vergüenza que prefiere vivir bien y sin apreturas financieras, quizá por  el recuerdo de los aprietos económicos  padecidos por su padre Emil Schlinder, un paisajista bohemio y malpagado, en los primeros años de su matrimonio. El carácter de Alma parece forjarse en los románticos paisajes del castillo de Plakenberg, donde pasó su infancia y se nutrió de la concepción del arte como comunión poética entre la naturaleza y  las grandes preguntas filosóficas sobre la esencia del hombre, los orígenes de la creación y el sentido de la vida. Los bellísimos cuadros que pintaba su padre expresan la fusión de la emoción intimista, estética y mística. El romanticismo idealista,  influido por Schopenahuer y Wagner, contribuye a conformar el carácter de una joven que hace del anhelo de conocer la esencia de las cosas y la búsqueda de su sentido, el objetivo que le garantice un gran papel en el teatro de la vida.

Así se expresa Schlinder, en cuyos cuadros apenas había personas, excepto aquel en que aparece Alma-niña entre enormes girasoles:

Todo lo que es hermoso y poético se puede hallar sólo en la naturaleza. Entre los humanos se ha perdido el último átomo de poesía. Pero cuando estoy rodeado por la naturaleza me siento como ningún hombre se ha sentido jamás. “



De hecho, Alma Mahler, a pesar de su arrogante y juvenil narcisismo, se inmola cual heroína trágica cuando accede a la petición de Gustav Mahler y renuncia a su carrera musical y como compositora. Esa conducta le satisface porque considera que su sacrificio la hace más  grande y trascendente como musa y mujer redentora, pues ella muere como artista para que él triunfe. Curiosamente, cuando Mahler consulta a Freud durante la crisis de su matrimonio, debida a la irrupción de Gropius, aquél le dice que tiene “complejo de la Virgen María” o fijación por la madre, mientras Alma busca al hombre mayor, al padre (complejo de Edipo). Pero lo cierto es que Alma sobrevive a sus fracasos en el amor mediante la gestión de la vida familiar y profesional de Gustav Malher y, sobre todo, la del escritor  Franz Werfel, su último marido. Es como si buscara  compensar la pérdida de su vocación artística en el control del éxito musical o literario de sus cónyuges. El pragmatismo vital a cambio de la inmolación heroica, pues cuando Alma se da cuenta de que ha dejado de ser musa se convierte en matriarca.

Si bien esta transformación  se puede interpretar como el inevitable paso de la juventud a la madurez, lo cierto es que su evolución parece responder a motivos más complejos y relativos al conocimiento del carácter de Alma. Sus ideales románticos sólo se entienden en el ambiente donde creció entre la belleza de la naturaleza y del arte. En sus diarios refleja la añoranza por los jardines y la atmósfera idealizada de los eventos familiares de su niñez, con una conciencia clara de ser una persona especial destinada a grandes  empresas. Su desinhibida relación con sus amantes y su rol de mujer inteligente y sensible satisfacen las ansias de libertad que perdió en su matrimonio con Gustav Mahler, libertad que conservó hasta el fin de sus días,  como si el sufrimiento por el fracaso amoroso y la muerte de dos de sus hijos fuesen su personal baño de realidad. En este aspecto, Alma Mahler no se distingue del resto de las mujeres. Pero lo que no debemos olvidar es su congénito narcisismo o quizá egocentrismo: la necesidad de ser el centro de atención y brillar en los círculos culturales y sociales de Viena podría interpretarse como la continuación de su protagonismo infantil, cuando su talento y conducta siempre fueron celebrados y aplaudidos. Pero también podría reflejar la necesidad de atención y afecto que todo ser humano  precisa. Si analizamos su depresión cuando, tras la muerte de su hija, es consciente del fracaso de su matrimonio con Gustav Mahler, lo que parece buscar Alma es simplemente que la quieran y la mimen, que la atiendan. También en esto se parece a cualquier otro ser humano.


Esta es la rabia de Alma-desengañada tal y como reproduce su diario:

No sé cómo empezar, ¡tal es la silenciosa batalla que se libra dentro de mí! ¡Tengo también un anhelo tremendo de que alguien piense en MÍ y me ayude a ENCONTRARME! ¡Me estoy ahogando bajo el altar de la vida familiar! Entré en la habitación de Gustav. Tenía sobre la mesa un abstruso libro de filosofía, y pensé para mis adentros: ¿por qué no me hace compartir algo con él, concederme una participación, en vez de engullírselo todo él? Me senté al piano y me embargó el pensamiento de que yo había cruzado aquel puente de una vez para siempre: alguien me había cogido brutalmente del brazo y me había arrebatado a mi propio ser”

Y como el resto, Alma Mahler es un ser contradictorio y acomodaticio, que supo adaptarse a las circunstancias y cambios sociales que la llevaron a acabar sus días en Estados Unidos, el país de las oportunidades y del pragmatismo vital y financiero. Quizá su periplo, de Europa a América, es también  un símbolo de su viaje interior, de heroína a matriarca. Aunque nunca perdió  aquel espíritu de clase que le llevaba a combinar el antisemitismo de la época con la defensa de los judíos de élite, o como ella decía, “los suyos”, maridos incluidos, naturalmente. Pero, si bien ésa es otra cuestión, no deja de evidenciar que Alma, como muchos otros, ha sido un oxímoron viviente, pura y simple contradicción.

Y si nos preguntamos qué  ha hecho de especial para merecer una biografía, nos atrevemos a sugerir que ha vivido en medio de gentes y hechos que pertenecen a una época, una cultura, un arte donde la crisis y el cambio  convulsionaron el mundo, de modo que conocerlo en su proceso nos permite comprender los tiempos que nos rodean tanto como a nosotros mismos. El destino colocó a Alma Mahler como testigo de la historia, en los ambientes donde se gestaron las líneas maestras de algunos aspectos del mundo contemporáneo. Lo que no es poco.

Con sus más de setenta años seguía teniendo la piel limpia y tersa, oculta su figura bajo los vuelos de sus vestidos negros de costumbre, un collar de perlas al cuello y el pelo recogido en bucles sobre la cabeza […] La primera impresión de Dika Newlin: ¡Vaya, si parece una exprimera vedette del Follies! Pero unos cuantos minutos de conversación con ella disiparon totalmente aquella impresión. Es una persona encantadora y tuvo que resultar impresionante verla en sus años más jóvenes

 Y como  un círculo que se cierra en el punto de su origen, siempre fue fiel a su papel -nacido de sus ideales juveniles- de musa romántica y trágica. Sus declaraciones ante la mortal enfermedad de Werfel lo acreditan:

Franz está mortalmente enfermo desde ayer y tiene ahora el corazón terriblemente débil. Sin él no podré seguir viviendo. Él es hoy la razón de mi existencia.”


Decir que la muerte de Werfel la dejaba sin trabajo puede parecer cruel, así que no lo diremos. Alma Mahler continuó su labor de agente literario y musical, participando en eventos culturales y debates sobre el arte hasta su muerte el 11 de diciembre de 1964. GB


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