sábado, 6 de febrero de 2016

El hombre que amaba los perros. GB




 Conjeturas, atisbos y otras impresiones

Si tuviéramos que elegir el número más recurrente en las novelas de Leonardo Padura, éste  sería el tres. Se siente cómodo en estructuras narrativas en las que triplica el espacio-tiempo de sus historias, que  se ofrecen al lector en paralelo, un término cinematográfico habitual para un autor versado en guiones audiovisuales y cine documental. Este recurso orgánico aparece ya en La novela de mi vida (2002), se amplía en El hombre que amaba a los perros (2009) y culmina en Herejes (2013), un título que remite a un tema latente en toda la  producción literaria de Padura: su reivindicación de la heterodoxia y la libertad frente a un poder totalitario e intolerante, proceda éste de la política, las convenciones sociales o la codicia de los hombres. En la novela que nos ocupa las tres historias comparten un mismo tema, el desmoronamiento de los sueños y proyectos vitales de tres hombres: León Trotsky, su asesino Ramón Mercader, y el narrador Iván, un joven cubano que alterna los dos relatos históricos con el de su propia vida. Los tres protagonizan su particular viaje interior, un itinerario personal y existencial que contextualiza la peripecia privada de cada personaje en su respectivo contexto histórico. Los diez años del exilio de Trotsky (1930-1940) se expanden en los detalles de una biografía que  ocupa los sesenta y dos de la historia de Ramón Mercader (1936-1998), y los veintisiete de los recuerdos del narrador Iván (1977-2004).

Tres tiempos no correlativos que seleccionan fragmentos temporales de la Historia para generar personajes que sitúan sus vidas en el espacio ficcional de esta novela, de la que podríamos decir que se basa en la Historia sin ser exactamente una novela histórica. En todo caso, nos encontramos ante un híbrido compuesto de datos constatables e imaginarios, lo que nos permite tanto entender los hechos ciertos como acceder al ámbito de las nebulosas emociones. Los dos mundos, el objetivo y el subjetivo, se imbrican para enriquecer y multiplicar el punto de vista del lector, que, como siempre, es libre de aceptar o rechazar la verosimilitud de un universo literario donde habitan algunos personajes que antes fueron personas. Es evidente que la voz narradora del  escéptico Iván podría interpretarse como el alter ego del autor, respecto a sus experiencias juveniles en la Cuba castrista y a las frustraciones de un proyecto social y político que conformó las ilusiones de una generación y una sociedad  trasladadas a los escenarios de la obra de Padura. Aquí apenas se insinúa el rico y sugerente cuadro de costumbres y realidades que componen el espacio urbano habanero por el que se mueve y vive el detective Mario Conde de la serie negra, pero ya se perciben la decepción y la derrota de los viejos ideales.

Pues esta novela nos habla sobre todo del poder y las artimañas manipuladoras de los hombres y de la Historia, que rueda implacablemente llevándose a los vivos y a los muertos.  También es una crítica a los regímenes totalitarios y su peligrosa ortodoxia, empeñada en la eliminación del oponente como medio de perpetuación en el poder de los que  dirigen y configuran el mundo  al servicio de su tiránico interés individual. Y propone una reflexión sobre el tesón, el miedo y la culpa, sobre el odio y el rencor, sobre el papel a veces complementario de la víctima y su verdugo, el salvador y el salvado, y, claro está, sobre la inevitabilidad de la muerte. Y finalmente, los perros como metáfora de la fidelidad sentimental que atenúa el dolor y la soledad de los personajes. Los perros son como símbolos que vagan por las páginas de las novelas de Leonardo Padura y acompañan a sus  criaturas en su periplo de amargura y privaciones. Los galgos rusos que pasea Ramón Mercader son los destinatarios de su faceta más humana, otro aspecto de una personalidad previamente etiquetada sin matiz alguno; pues en lo que es rica esta historia es en matices, esos que ensanchan la perspectiva al mostrar otros puntos de vista, al permitir al lector aproximarse al universo sentimental e íntimo de unos personajes que no son conscientes de la evolución de su íntimo proceso, aunque en eso también hay diferencias y grados, como veremos.


El narrador y su historia

El narrador, Iván Cárdenas, es el responsable de la organización del material de las tres historias y su disposición en la novela, pues en el relato de su vida se insertan los episodios de los que derivan las narraciones sobre Trotsky y Mercader. El tiempo de la historia abarca desde 1977 a 2004, pero el tiempo del discurso es circular, pues se inicia y acaba en 2004 con las consiguientes retrospecciones y prospecciones que constituyen el marco de la trama argumental. Estos saltos temporales pueden confundir al lector ya que se mezclan las secuencias de su pasado juvenil revolucionario con el desencantado presente cercano y los momentos en que conoce la historia de Ramón Mercader, narrada por un imaginario heterónimo Jaime López, hecho que a su vez impulsa a Iván a leer biografías de León Trotsky y a ilustrarse sobre otros personajes de la Historia. El relato arranca con la muerte de Ana, su pareja, y finaliza con la del narrador, las dos en el mismo año, con tres días de diferencia. Ambas se asocian a catástrofes que invocan de forma indirecta ciertas fuerzas telúricas: el empeoramiento de la salud de Ana coincide con la llegada de un terrible ciclón, cuya intensidad se atenúa  hasta desaparecer en el momento de la muerte. También Iván perece aplastado, junto con su perro Truco, por el derrumbe de los techos de su casa. El sentido simbólico de este hecho  se infiere del relato de un testigo, su amigo Daniel Fonseca, la voz narradora que cierra la historia de Iván, el depositario y transcriptor  de sus papeles, los que  contienen las vidas de Mercader y Trotsky, verdugo y víctima…

Ante mí estaba el fin previsible de un camino, un desastre de resonancias apocalípticas, la ruina de una casa y de toda una ciudad, pero sobre todo de unos sueños, unas vidas. Aquel montón de escombros asesinos era el mausoleo que le correspondía en la muerte a mi amigo Iván Cárdenas Maturell, un hombre bueno contra el que el destino, la vida y la historia se habían confabulado hasta destrozarlo.

La cita anterior pone en claro el sentido de la novela, y el hecho de que sean escritas por un narrador vicario en el capítulo Requiem cierra y afianza el mensaje sobre las personas cuyas vidas han sido heridas por la Historia.

 Los nueve capítulos  dedicados a  esta historia, narrada en primera persona, muestran al lector el proceso creativo del novelista, su evolución personal, literaria y política. Son como las bambalinas del teatro, ese lugar situado tras el telón y el escenario donde se encuentra la maquinaria que mueve los hilos de la representación ficcional. La larga retrospección sobre el entierro de Ana y la rememoración de la larga y dolorosa enfermedad que se la llevó al otro mundo, incluye también la mención de un secreto y escondido manuscrito, relegado al olvido por un Iván paralizado por el sufrimiento y el miedo. Se supone que el reproche de Ana respecto al pusilánime silencio de Iván hace emerger la historia de un pasado que  se inicia en 1977, año en que Iván conoce al misterioso hombre que paseaba sus perros por las playas de Santa María.

A partir de ese momento, el lector será testigo de dos historias: una es la que contiene los encuentros entre el narrador y el misterioso paseante, cuya personalidad se oculta tras nombres como la del hispano Jaime López, como ya dijimos. La otra es la que muestra el itinerario existencial de Iván, desde sus ingenuos años universitarios hasta la madurez del desengaño. El desvelamiento de la verdadera identidad de Ramón Mercader se va produciendo de forma lenta y paulatina y no siempre clara para el lector, que debe situar las dos historias en diversos segmentos temporales ocasionalmente  superpuestos. Si sirve de aclaración, diríamos que la memoria del narrador comprende aproximadamente veintiséis años (1973-1999) de los que sólo en uno (1977-1978) coincide con el asesino de Trotsky. Si se nos permite un paréntesis, no deja de extrañarnos la confusa articulación secuencial de las tres líneas temporales que conforman el argumento de esta novela, en un escritor que ya había utilizado este recurso con  eficacia en La novela de mi vida, siete años antes.

En ese periodo de tiempo retrospectivo se funden y confunden los episodios sobre los encuentros entre Iván y el solitario hombre de los perros, sus borrosas y doloridas confidencias sobre  la vida de Mercader y su papel en la Historia, hasta  su silencio definitivo en el verano de 1978. La forma en que  llega a las manos de Iván el misterioso manuscrito con las notas complementarias de los últimos años de la estancia cubana de Mercader, parece tan caprichosa como innecesaria, lo que cuestiona la verosimilitud de esta parte del relato. Sin embargo, hay que reconocer que este fragmento está lleno de reflexiones íntimas, que en ocasiones acentúan la tensión lírica del discurso, en las que el narrador hace aflorar su implicación, a veces compasiva, con la   circunstancia vital de su personaje. Así resume su primera impresión sobre el abatido caminante:

“El hombre debía andar por los setenta años, (después sabría que tenía diez menos), llevaba el pelo entrecano cortado en cepillo y usaba unos espejuelos de armadura de carey. Era alto, desgarbado.”

Los atardeceres en la playa, los  galgos rusos y el vigilante negro completan el círculo humano que rodea la enigmática presencia del viandante, abstraído en las interioridades de su personal tragedia.


Mayor espacio ocupan las abundantes rememoraciones de Iván, donde va desgranando los episodios más significativos de su vida y del entorno cultural y político del régimen cubano. En la historia de Iván se filtran hechos, anécdotas y opiniones que, como dijimos, nos hacen pensar en el alter ego del mismo Padura, tantas son las similitudes entre el personaje y su creador. Ambos son universitarios ilusionados por el proyecto revolucionario, ambos son escritores, y ambos sufren en sus carnes las consecuencias de sus ansias de libertad. La denuncia  de la intolerancia totalitaria y una actitud escéptica ante los que rigen los destinos de los hombres evidencian la mutación de un personaje como referente de una generación, que evolucionó desde la candidez  juvenil al cinismo de la madurez. A este sector narrativo pertenece el exilio a Baracoa y  la dureza de unos juicios que apuntan al desencanto.

Nos habla de una Literatura encorsetada  por la política o que más bien parece una cabrona escalera y no el oficio para masoquistas infelices que en realidad es. Ve al hombre como el simio inteligente del que hablara Chandler, su admirado mentor y responsable del título de la novela. De su ingenuidad juvenil y romántica, se duele del jodido tabú de la virginidad, lo que le lleva a consideraciones más amplias: Nada es más cercano a la moral comunista que los preceptos católicos. La crítica, dolorida e irritada, se hace cada vez más áspera, a la vez que se  materializa la frustración por las ilusiones desaparecidas. Las palabras de sus compañeros mayores en edad y experiencia así lo muestran: Prepárate, socio: aquí te van te van a hacer un cínico o te van a hacer mierda. Bienvenido a la felicidad real –le dicen sobre el destierro de Baracoa-, cuya sintética descripción -pueblo chico, infierno grande- ilustra muy bien en qué consistía. Toda una declaración, más cercana al estilo conceptista  que al barroquismo de la exhuberancia caribeña. Y eso, la precisión y la agudeza hay que registrarlos como marcas del arte narrativo de Padura, tanto como  su gusto por el número tres. La soledad, el miedo y la rabia impregnan esta historia, donde se imbrican los datos sobre Mercader con las consideraciones políticas y literarias de Iván. Así, el interés de éste por la vida de Trotsky es provocado tanto por su contacto con Mercader como por los sufrimientos de su hermano William, perseguido y obligado a huir a causa de su homosexualidad. Iván considera que ambos son fugitivos y víctimas de la intransigencia y sectarismo de los poderosos, pues los dos se ven condenados a una huida que no han elegido.

Y de este modo, la historia de Iván Cárdenas es también la de su país, que se nos ofrece a través de una selección de hechos que ilustran los cambios acaecidos en Cuba en el tercer cuarto del siglo XX. El fin de la bonanza económica propiciada por la caída del régimen soviético, la precariedad, pobreza y solidaridad del pueblo, y las masivas salidas de cubanos hacia EEUU, culminan en una lúcida valoración de los años 90, con  la perestroika y la glasnost que trajeron  el desvelamiento de la cruda realidad, o los tiempos en que se concretó el gran desencanto.  En este itinerario político y literario, el narrador, como Padura, deja testimonio de la aparición de una nueva generación perdida a la que pertenece su detective investigador Mario Conde, un hombre tan escéptico y desengañado como Iván y otras criaturas salidas de la pluma de su creador. Lo que Iván llama su desencanto cósmico le lleva a los  territorios de la muerte, pues, incapaz de dar salida a su relato, traslada esta  responsabilidad a su amigo Daniel Fonseca, el escritor sustituto. Su voz se silencia con su muerte, azarosa y deseada, en lo que sería un arbitrario y simbólico derrumbe del hogar. Un accidente menos violento y con menor fuerza telúrica que el ciclón que rodea la muerte de Ana y con su fin también se desvanece. Lo que queda y permanece es el manuscrito del amigo, con una frase que ha tomado de Ramón Mercader, que cierra el relato de su vida: Yo también soy un fantasma.


Liev Davidovich, León Trotsky

La historia del exilo y muerte de Trotsky discurre a lo largo de diez capítulos  intercalados  en las historias de los otros dos personajes, como es habitual en Padura. El relato, conducido por una voz omnisciente y en ocasiones altamente subjetiva, combina la narración de  hechos con la descripción de sentimientos, la exposición de ideas y la argumentación de opiniones y juicios. Al contrario de la línea narrativa anterior, esta historia se estructura alrededor de un tiempo lineal y cronológico, con escasas pero francas e intensas retrospecciones, que abarca los diez años del destierro de Trotsky y parte de su familia junto con su perra Maya. La década 1930-1940  integra uno de los periodos más interesantes y convulsos de la historia europea, a las puertas de la Segunda Guerra Mundial, entre el dominio del nazismo y la amenaza comunista. Todo ello proporciona al escritor un material  a través del que  su mirada personal penetra dentro del personaje para observar y transcribir sus emociones más íntimas, y sus reacciones ante un entorno casi siempre hostil. Todo ello se vierte en una dialéctica entre vida interior y exterior muy adecuada para empatizar con el protagonista y profundizar en su conocimiento.

Los hechos se inician en el paisaje árido y majestuoso de Alma-Ata, en Kirgistán, donde Trotsky expresa en bellas palabras su conmovida visión de los pétreos horizontes y la relación telúrica entre los hombres y la tierra.  Al frío extremo se unen las penurias materiales y la pérdida de la libertad. Su estancia en Turquía, único país que le concede asilo, en la aislada Büyük-Ada, supone un relativo y apacible paréntesis donde escribir y repasar sus textos sobre la Historia. Luego, el breve viaje a París y al Midi francés para acabar en Noruega, de donde partirá hacia México, el destino final que le reunirá con la muerte. Lo interesante no son estos hechos, sobradamente conocidos, sino las impresiones que aquellos suscitan, las emociones que evocan, las ideas que sugieren. Lo que queda tras la lectura de esta parte de la novela es un acercamiento más  próximo al personaje, una mayor comprensión de sus miedos y su particular tragedia.

Hay que tener en cuenta que nos encontramos ante un sujeto que es un teórico  de la revolución a la vez que un activista comprometido. Su proyecto de un mundo nuevo y mejor queda truncado por su disidencia con Stalin con el consiguiente castigo y deportación. La personalidad de Trotsky es la de un trabajador incansable y la de un hombre de profundas convicciones, por lo que la historia de su vida es inseparable de sus reflexiones sobre el mundo y el devenir de la Historia. Su fe en la reversión de los acontecimientos que le han abocado a sentir que el mundo es su cárcel, es inmensa, y como el ave Fénix cree poder resurgir de sus cenizas. Por ello escribe cartas y manifiestos, busca amigos y apoyos, convoca Internacionales de adeptos y deja testimonio escrito de sus más extensas reflexiones.

Su confianza se trunca en Turquía cuando sus amigos los Paz le abandonan por otras propuestas políticas más acomodaticias, lo que les vale el reproche de ser considerados Bolcheviques de salón o burgueses revolucionarios. Hay que considerar que el ánimo de Trotsky se encontraba aminorado por el suicidio de Maiakovski, lo que, unido a la percepción de su soledad, le sume en la depresión del que se siente abandonado, difamado y anulado por la propaganda estalinista y su política de abducción de opositores. Sin embargo no se rinde al desánimo y se dispone a emprender de nuevo una lucha en la que su principal arma será su pluma. En un momento de inspiración en el que critica duramente la opresión estalinista contra la cultura y el arte, se compara con Tolstoi en el espíritu de una de sus frases más significativas:  la Historia lo había vencido, pero sin quebrarlo.

Ese periodo está poblado de reflexiones sobre los mecanismos del poder, aplicados a la política represiva de Stalin y su proceso sociopolítico de abandonos, deyecciones, suicidios, deportaciones, fusilamientos…. Y al mismo tiempo que analiza su propia trayectoria como líder político, contempla los excesos del poder que aplicó en su momento, para concluir que el daño ocasionado por el fanatismo de las ideas son el precio de asesinar la democracia, como si la Historia le ajustara las cuentas, como si fuera a la vez agente y víctima. También accedemos a un detallado análisis de la ceguera de Europa en general y del Partido Comunista en particular ante la expansión del nacional-socialismo y sus nefastas consecuencias:

Aquel hombre se había quedado solo viendo cómo a su alrededor el mundo se quebraba bajo el peso de la reacción, los totalitarismos y la amenaza de una guerra devastadora.

Puesta sobre la mesa su falta de perspicacia sobre el papel de Stalin, el de los ojos de reptil, nos ofrece una objetiva visión del totalitarismo bolchevique y su alejamiento de las masas en algunas frases de  significado contundente y algo profético:

…llegado el momento en que las masas dejaban de creer, se impuso la necesidad de hacerles creer por la fuerza.
…El empeño de Stalin de borrar de la memoria lo que nos se aviniera a reescribir la historia soviética.
El socialismo ha cavado su propia tumba y presiento que allí se va a pudrir por mucho tiempo

Datos al margen, la mayor parte de la información sobre Trotsky-personaje concierne al ámbito de su mundo interior, aunque resulta difícil separar éste de los acontecimientos políticos relacionados. Así, la decepción, el desengaño y la conciencia de haber perdido la partida y el consiguiente abandono del proyecto político-social en que se fundamentó su vida, le conducen a un profundo sentimiento de culpa, asociado a las desgracias familiares provocadas por  unos actos cuya única salida es la muerte. Estas actitudes propician un estado de tristeza que se atenúa con el intenso  activismo desarrollado en Francia y Noruega. Es precisamente en este país donde Trotsky toma conciencia del plan de Stalin de conservarle como enemigo como forma de  fortalecer su política interna y externa. Y junto a esa idea se va perfilando con extraordinaria lucidez la idea de que morirá en el momento en que el dictador no le necesite:

Stalin fijaría el momento de una muerte que entonces llegaría con la misma inexorabilidad con que cae la  nieve en el invierno siberiano.
 Se atrevió a pensar en su vida en términos de tragedia clásica, a la griega.


Estas consideraciones contrastan con las impresiones de su estancia en México, donde el caluroso recibimiento en Tampico por intelectuales, autoridades y gente del arte y la cultura, se unieron a la embriaguez y sensualidad del clima, el ambiente y la luz de los espacios de la Casa Azul  y Coyoacán. La preparación de su contraproceso por John Dewey junto con el alegato de Trotsky y las observaciones sobre las purgas españolas de la postguerra franquista, no excluyen el goce de los sentidos:

Abrumado por aquel banquete de los sentidos, Liev Davidovich descubrió cómo sus prevenciones se esfumaban y la tensión dejaba paso a una invasiva voluptuosidad tropical, capaz de arroparlo en una molicie benéfica que su organismo y su cerebro recibieron golosamente. 

La llegada de Bretón y Jacqueline propicia la presencia del mundo del Arte de vanguardia en la vida de la familia Trotsky. Al ambiente festivo evocado por los surrealistas se deben algunos momentos casi alegres entre familia y amigos, en los que la elaboración de manifiestos plenos de optimistas posibilidades no excluye el sentimiento de soledad de nuestro protagonista, que prevé con lucidez la cercanía de su final. En esta etapa, Trotsky compatibiliza la cotidianeidad de los pequeños placeres familiares con el acostumbrado y pertinente análisis sobre el origen del terror y represión totalitarios, tanto en el régimen soviético como en el español. Entre la decepción y la esperanza, emprende su más valiente y arriesgada valoración de los errores y responsabilidad de los aparatos de poder en los fracasos del proyecto revolucionario, sin excluirse él mismo de esta culpa.

La descripción del primer atentado y la posterior investigación por las autoridades mexicanas alcanzan tintes surrealistas con el cruce de acusaciones y la agitación en la prensa y en el gobierno. El testamento espiritual y material de Trotsky confiere a este último capítulo la sensación de desenlace inminente en el que la caída de París anticipa un final que no se produce en esta línea narrativa, sino en otra historia.


Ramón Mercader  y otros alias

En un orden también cronológico, que se inicia en 1936 en el frente del Guadarrama, se suceden los acontecimientos que determinarán la función y el destino de este personaje en la Historia. Las rememoraciones son mínimas y suelen referirse al ambiente y a la vida de Barcelona durante los años de la confrontación civil o a un tiempo pasado. Su lectura nos permite conocer el origen burgués de la familia Mercader y las aberrantes costumbres del cabeza de familia, lo que explica tanto el carácter contemporizador del protagonista como la fuerza enfermiza y dominante de las mujeres de su vida, su madre y su amante. Tanto África de las Heras como su madre Caridad representan el fanatismo comunista y su sectaria ambición para construir un orden nuevo. De la primera se dice que es una fanática teórica y una comunista aplicada; de la segunda se destaca su condición de superviviente en una sociedad y una familia corrompidas. La condición totalitaria del proyecto impulsado por Moscú se convierte en el rasgo fundamental y necesario de la política española durante aquellos años, tal y como  recogían las consignas:

Esta República es un  burdel y hay que meterla en cintura  […]  Hacerse (el PC) con el poder por la fuerza y limpiar la casa.
Su madre (Caridad) sentía devoción por aquel hombre (Kotov) capaz de leer quinientas páginas en una noche, recitar a Pushkin y expresarse en ocho idiomas.

En los primeros cuatro capítulos se narra el proceso formativo de Mercader como herramienta destinada a grandes misiones. Desde el comienzo se acentúa su carácter de víctima propiciatoria y dispuesta para cualquier sacrificio cuya necesidad requiera o justifique el poder soviético.  Desde el comienzo, en Guadarrama, se hacen evidentes la deshumanización del personaje y su prosopopéyica cosificación. Ambas son el resultado de la pérdida de la libertad y la  ocultación de la información. De hecho, la muerte de su perro Churro, al que dispara Caridad, funciona como símbolo anticipatorio de la soledad y el dolor que le esperan. Su entrega incondicional y ciega al partido es un reflejo de la falta de autonomía y de la ligereza de  las convicciones del personaje. Su impulso inicial para ofrecerse como agente a las órdenes de Moscú parece obedecer más a un impulso de no defraudar a las dos mujeres, que a la fe del creyente incondicional. Su destino, que él entiende como el del héroe destinado a gloriosas hazañas, no encaja con su vulnerabilidad sentimental ante los desplantes de África. Su inmadurez juvenil se manifiesta en aquellos actos que  surgen de la necesidad de pertenencia al grupo y al proyecto común, más que de la solidez de las ideas. De ahí su naturaleza de personaje-títere al que veremos sometido a toda clase de manipulaciones. Como los otros dos, también Mercader recorrerá el camino  del desencanto en un proceso de deriva del entusiasmo  inicial.

En esta parte  del relato, al tiempo que se presentan las andanzas  de R. Mercader en  una agitada Barcelona en guerra, se despliegan una serie de hechos que conforman el tapiz político de la Historia de  aquellos años. Las luchas intestinas entre los grupos de izquierda y  la preeminencia comunista, basada en la disciplinada cohesión de los que defienden la verdad única, determina el plan de aniquilación de opositores y disidentes, mientras se contemporiza con los adictos. De forma semejante a Stalin, los comunistas españoles y rusos practicaron una política de aniquilación y exterminio de sus enemigos, concentrando las “purgas” entre los anarquistas, trotskistas y sindicalistas. En este marco de violentas y tensas disputas en la prensa, en los partidos y en las calles, entre los asesinatos de Durruti y la desaparición de Robles, da sus primeros pasos Ramón Mercader como agitador profesional,  con el primero de sus alias: Adrian, el desestabilizador. El personaje ha quedado definitivamente atrapado por el poderoso partido y su intransigente aparato, que emula a la mafia en sus consignas: “Si entras, no sales”

El cinismo lúcido de su mentor Kotov, expresado en sus palabras (No hagas caso de esos lunáticos. Confunden la ideología con el misticismo, no son más que máquinas andantes, peor aún, son fanáticos), contrasta con la inconsciente actitud de Mercader, cuyo perfil psicológico le impulsa a su función de objeto manipulable e incapaz de reconocerse como héroe de papel: Ramón se sintió superior, un enterado entre una masa de marionetas.





La ironía de esta voz narradora, omnisciente y altamente implicada en el devenir de su historia, da paso al sarcasmo, duro y frío, que impregna el extenso capítulo donde se  da cuenta de los siniestros y terribles detalles del adiestramiento de Mercader como agente de Moscú. El procedimiento se define con explícita claridad: se trata de un entrenamiento similar a la doma animal, es decir, comprende todos los aspectos del  sujeto, que pierde su identidad para llamarse “el soldado13”. Los entrenadores  proceden de acuerdo con un credo basado en la solidez de sus convicciones y en una técnica basada en el control de la conducta a través del miedo. Se  prepara al individuo elegido para asumir cualquier personalidad para lo cual se le debe vaciar previamente de cualquier residuo físico y psicológico  procedente de su personalidad anterior.

El lavado mental y moral se denomina “mutación en los colores de la conciencia”. Así nacen Jacques Mornard (políglota, burgués, ilustrado y neutral), y Frank Jackson, agente comercial y asesino de Trotsky. Las consignas, unas veces hacen referencia a la intención (Te vamos a limpiar por dentro), y otras  sintetizan el objetivo (obediencia, fidelidad, discreción). La doctrina incluye la amenaza y la intimidación como medios para evitar deyecciones o abandonos:

Para ti sólo hay dos caminos: la gloria o un campo de trabajo, donde no tienes ni idea de lo poco que vale la vida de un tipo que ni siquiera tiene nombre y es considerado un traidor.

La valoración de los resultados del adiestramiento de Mercader en boca de su maestro es una muestra cristalina de la despiadada labor de los servicios secretos rusos y su implicación en la manipulación e instrumentalización de los siervos al servicio de un poder ciego y absoluto, cuyo fin es sobre todo la permanencia y el control del mismo:

Una piedra maravillosa, brillante por todas sus aristas: la política, la filosófica, la lingüística, la física, la psicológica; y  había sido blindada con la mayor de las corazas, porque era un hombre capaz de guardar silencio, de explotar su odio, de no sentir compasión y de morir por la causa. Una máquina obediente y despiadada.

A la par que se suceden los hechos mencionados, se da cuenta del panorama político del gobierno de Stalin, en el que los juicios sumarísimos, las deportaciones y los suicidios inducidos están a la orden del día. El miedo se extiende como el aceite mediante las purgas generalizadas contra enemigos como Bujarin y Yagoda, con su correspondiente defenestración y fusilamiento. Los que antes eran leales se convierten ahora en traidores a un régimen corrupto y totalitario en el que todos excepto el dictador ven peligrar sus carreras y sus vidas. La peripecia de nuestro personaje corre paralela a los principales acontecimientos de la Historia europea y española, que parecen configurar el telón de fondo de una representación que acabará en tragedia. El ensayo del espectáculo está listo y el actor principal, que encarna al cosmopolita Jacques Mornard, se pasea por París comentando aquí y allá la situación de española y la traición de Europa a la República.

A estas alturas de la historia, Mercader va mostrando síntomas de su progresiva pérdida de la inocencia, lo que en esta biografía ficcional demuestra que la marioneta ha conservado algo de su personal pálpito humano. El horror y la rabia que manifiesta ante el maltrato francés a los refugiados españoles, no se encontraban entre los atributos de su personaje, lo que le vale su primera reprimenda. El siguiente diálogo entre Caridad y su hijo ilustra sucintamente el cambio que el protagonista está experimentando. La venda cae de sus ojos y le muestra una realidad distinta de la que el poder para el que trabaja ha fabricado. Caridad critica duramente los crímenes trotskistas:

Ramón: Eh, eh. Tú sabes que lo que dices es mentira.
Caridad: Estás seguro? Aún así, aunque fuera mentira, de todas maneras lo  convertiríamos en verdad. Y eso es lo que importa: lo que la gente cree.


Los últimos cinco capítulos, muy breves, sitúan al personaje ya en México bajo la personalidad de Frank Jackson, un hombre de negocios que ha construido una gran farsa para disfrazar su identidad y sus intenciones. Quizá esta sea la parte más novelesca del libro, en la que el talento narrativo de Padura ha dotado a este conjunto de episodios de gran tensión dramática. La entrada en la casa de la Avenida de Viena, donde residen los Trotsky con su nieto Sieva y el imprescindible perro, conforman el escenario adecuado a las actos futuros que harán progresar la acción. A la preparación mental y práctica del atentado, con la compra del arma homicida incluida, sigue un capítulo lleno de reflexiones, dudas y consideraciones sobre la necesidad y eficacia de un procedimiento tan cruento como el de producir la muerte de un ser humano. La ficción biográfica llena esta secuencia de agitación, sudor, náusea, impotencia y, sobre todo, miedo, muchísimo miedo, que se derrama en una histeria tan  excesiva como el descarnado y fanático discurso de Caridad incitando a su hijo al odio, el horror y la rabia.  Dice Ramón Mercader que en aquellos momentos tuvo la sensación de ser arrastrado por la Historia.

El golpe fatal y mortal nos es presentado casi a cámara lenta, tanto en los detalles sobre la cabeza de Trotsky y sus ralos cabellos, como por el mordisco recibido por el asesino, que permanecerá en su memoria junto al grito tenso y desgarrado de su víctima.  Después de estos momentos climáticos, la detención, el juicio y condena de Mercader, su matrimonio con una joven mexicana y su instalación en la Unión Soviética  hasta el final de sus días, constituyen un corpus de hechos anecdóticos y complementarios,  cuya función es clausurar la vida de Mercader junto con el relato. Nuestro protagonista ha dejado atrás algunos demonios familiares (Caridad) y políticos (Kotov) y ha consumado su particular descenso a los infiernos. El camino que va de la juventud a la vejez, de la salud a la enfermedad, de los tiempos heroicos a la cotidianeidad de una vida anodina, se ha consumado. Sin embargo no podemos olvidar las palabras que, camuflado tras el viejo y falso Jaime López, le dirigió al joven Iván Cárdenas, en  aquel alejado espacio-tiempo de la playa de Santa María:

Iván, yo he visto la muerte como tú no eres capaz de concebirla. Creo que sé todo acerca de la muerte. […] Yo he visto lo peor de los seres humanos, sobre todo fuera de la guerra.
GB
 
 





1 comentario:

Anónimo dijo...

No hará falta romper este silencio
con el grito desgarrado de Trotsky.
Bastará con decir que si ahí dentro
hubo un hombre que amaba a los perros,
aquí fuera, el susurro de Gloria
nos trasmite su amor por la buena literatura.
JL Vicent