jueves, 18 de febrero de 2016

Legado en los huesos, GB




Misterio, magia y mito
Legado en los huesos, GB

Traslado a estas páginas la opinión de nuestra tertulia, formulada como conclusión sobre Legado en los huesos, la segunda novela perteneciente a la trilogía del Baztán, escrita por Dolores Redondo. Nos encontramos ante una narración híbrida, compuesta por elementos policíacos y románticos, un convencional best-seller que capta enseguida la atención del lector mediante un dominio indudable de las estrategias narrativas para mantener suspendida la tensión dramática hasta el clímax de las páginas finales. La historia criminal sobre asesinatos rituales de niñas, que la inspectora Amaia Salazar debe resolver, se ajusta a las pautas del género. El conjunto de delitos y su deriva respecto a los sucesivos enigmas y misterios  planteados,  se produce  dentro de una trama sencilla que va tejiendo alternativamente los aciertos y  fracasos de los investigadores, inmersos en un caso repleto de incógnitas relativas al pasado común de los habitantes del valle del Baztán, tal y como sugiere el título de la novela. De esta forma, la autora ha sumergido en  su  imaginario universo tanto a  los  malvados como a  los virtuosos, envueltos todos en la neblinosa, inquietante y  húmeda atmósfera de las tierras navarras de Elizondo y sus alrededores.

Como novela policíaca, los crímenes giran alrededor de los conflictos  internos de sus inspiradores, que remiten, como es habitual, a sus perfiles psicológicos y a posteriores consideraciones psiquiátricas sobre sus síntomas y trastornos. Otra vertiente apunta a las profanaciones de iglesias y capillas en las que se mezclan elementos cristianos con otros paganos pertenecientes a la tradición mitológica vasca, muy conservada y presente en los angostos valles regados por el río Baztán. Las exigencias del best-seller se cumplen también en la clasificación de los personajes y en el reparto de sus funciones en la historia. Así, nos encontramos con dos grupos  antagónicos en el aspecto moral: los buenos, alrededor de la protagonista Amaia Salazar, y los malos, haciendo piña con el asesino. La simpleza de este esquema, propio del cuento tradicional y que tan buenos resultados ha dado y da en el negocio de la literatura, se completa con la semblanza de la heroica inspectora: alta, guapa, lista, valiente, tenaz, trabajadora, bondadosa, y perteneciente a una clase burguesa lo suficientemente acomodada para garantizar su elegancia y buen gusto; es decir, Amaia Salazar se presenta adornada por la suma de atributos que caracterizan al héroe canónico.

Sin embargo, conviene que nos detengamos en este personaje tan ajustado al modelo y observemos otros rasgos, que, aunque puedan parecer tópicos, singularizan tanto al relato como a los seres que lo pueblan. Pues la autora ha  empleado la superposición de géneros con el fin de que la trama policíaca incorpore elementos románticos propios de las novelas góticas, donde lo irracional se mezcla con lo mágico, mítico y telúrico de los mitos vascos y las legendarias criaturas que viven en la memoria de los pueblos. Y es este  matiz oscuro, peligroso e incomprensible para la lógica, lo que confiere a las tres novelas una turbadora atmósfera que podría evocar los oscuros y brumosos espacios de la obra de Conan Doyle, llenos de silencios y enigmas que no pueden ser resueltos por procedimientos exclusivamente racionales.  Y ahí es precisamente donde el personaje de Amaia Salazar adquiere cualidades que la alejan de la clásica protagonista de cuento para mostrarse como un ser especial, elegido por los dioses para desempeñar un cometido extraordinario, una misión asociada a un destino no exento de dolor y sufrimiento, como si se tratara de una íntima y personal redención. La voz oracular de la tía Engrasi, la experta en la adivinación cartomántica del tarot, resume el peligroso y particular don de su sobrina para conectar y penetrar en mundos arcanos, fruto  su esencial naturaleza:

Tengo miedo, Amaia, toda tu vida he estado temiendo por ti, por lo evidente y por lo que no lo era tanto. […] Un mal se cernía sobre ti en aquel momento, y unido al agravio y la humillación a que acababas de ser sometida, las puertas se abrieron como pocas veces lo hacen… […] hay algo en ti, Amaia, que invita a las fuerzas más crueles. Tu instinto para rastrear el mal es aterrador, y tu trabajo…, bueno, imagino que era inevitable. […] Eres especial, eso lo he sabido siempre.

Otras veces es el narrador omnisciente quien comunica al lector el control de Amaia sobre sus dotes perceptivas en las que el instinto sustituye a la razón. Esta descripción recuerda los actos ceremoniales de chamanes y brujos:

Permaneció quieta, en silencio, mirando la pintada de la pared durante unos minutos más. Estaba concentrada en una especie de vacío primigenio en el que se sumergía mientras vaciaba su mente de cualquier pensamiento, dejando entonces que los datos y las preguntas surgiesen en una tormenta de ideas. Eran el instinto y la percepción los que tomaban las riendas de la lógica para conseguir dar el primer paso para descubrir qué quería contar aquel asesino.


El gusto por lo irracional es una de las características del romanticismo, lo mismo que la atracción por la potencialidad de la mente y la indagación en los abismos de los mundos prohibidos y oscuros del mal, a los que sólo se podría acceder por medios químicos o psíquicos. En este apartado se incluiría el miedo primigenio y ancestral que se cuela entre los sueños y pesadillas de Amaia, asociadas a la asfixia y a la muerte. El miedo se manifiesta tanto en la impotencia ante el terror de ser “comida” por la madre, como en la posibilidad de perderse en los misteriosos espacios de una amenazante obscuridad. Nuestra heroína siente que lo que la asusta es algo profundo e inquietante y atribuye al gaueko, el dios de la noche, un ser oculto en las sombras, el poder vampírico de arrastrarla a las profundidades de los infiernos interiores de su alma atormentada. La duda establecida por las palabras del enigmático agente Dupree sobre la naturaleza de las alucinaciones de Amaia, no deja de ser significativa, pues aunque da una respuesta científica (las visiones son proyecciones de la mente), sus silencios y gestos indican que bien podría ser otro su origen.

Cuando Amaia se dice a sí misma que algo, resultado de terribles hechos antiguos que habían marcado su vida y hasta ahora sepultado en su alma, acaba de emerger y manifestarse como el mal,  nos encontramos ante otro de los elementos que singularizan el relato gótico. La lucha que se articula en los extremos del eje Bien-Mal es una constante ya en las remotas narraciones populares e infantiles de origen oral, pues suele asociarse a la lección moral  cuyo fin es transmitir una determinada visión del mundo y ordenar la sociedad en torno a valores que aseguren su control. Pero si en los cuentos tradicionales -más o menos fantásticos- los buenos y malos son  criaturas de carne y hueso, aunque aparezca alguna bruja que otra, en los relatos góticos el Mal se relaciona con el Maligno, el depredador demoníaco por excelencia, el representante de fuerzas que superan  la lógica humana para adentrarse en el obscuro territorio de lo sobrenatural y desconocido. La mitología vasca, rica en personajes y relatos legendarios, enmarca este combate entre la detective y el crimen, extendiendo sus redes simbólicas a un conjunto de entes mágicos que ayudarán a la protagonista en su intensa y dolorosa labor. Las lamias o ninfas de las aguas con pies de pato acompañan a Amaia en su cometido, del mismo modo que lo hace el basajaun o señor de los bosques, y la Andra Mari, la Señora de la Tierra, Madre primigenia y protectora de aquellos que solicitan su ayuda. Dolores Redondo ha creado un personaje más complejo que los brujos de las historias de Harry Potter o los guerreros de Star Wars, con el procedimiento de agregar rasgos mágicos y míticos a la heroína arquetípica.

Esta novela policíaca y gótica “a la vasca” se nos sirve adobada con los habituales y antiguos símbolos que  acogen los relatos de todos los tiempos, desde las más antiguas fábulas hasta la publicidad, el cómic, el cine, y por supuesto, la literatura. La asociación del bien con el sol, el día y la luz, además de remitirnos al poder de Zeus como dios de la razón y el conocimiento, ha sido enormemente productiva.  Puesto que nuestra heroína está amenazada por las fuerzas del mal, su itinerario discurre por los tenebrosos territorios de la noche, que pierde algo de su mítico sentido femenino y lunar para acentuar el peligro que acecha a la protagonista. Y decimos “algo” porque no hay que olvidar que Amaia está dotada de   especiales aptitudes intuitivas y una particular capacidad para la percepción de lo oculto que la aproximan al universo de las hijas de Selene. 


Las dualidades “día-noche”, “sol-sombra”, “luz-obscuridad”, además de definir los tópicos literarios del locus amoenus/agrestis, remiten al significado de los antitéticos “felicidad-sufrimiento”, “alegría-pena”, “amor-abandono”, “vida-muerte”. Por ello la naturaleza trasciende su función de distintivo espacial para alcanzar otros valores expresivos: por un lado, la fuerza desatada de sus elementos se concierta con los estados de ánimo de la protagonista del mismo modo que los tópicos mencionados sirven a la poesía o al cine.  En este sentido, la oscuridad nocturna, el viento, la niebla, la humedad y el frío se asocian con los actos de Amaia en los momentos de máximo desánimo, fatiga, riesgo o dificultad. Las borrascas y tormentas estallan alrededor de la inspectora y sus hombres en los instantes en que la investigación se estanca o la protagonista se siente abrumada por la preocupación o la angustia:

El intenso frío de aquella mañana venía acompañado de una espesa niebla que se aplastaba contra el suelo debido a la carga de agua que llevaba, y que parecía iluminada por un sol intenso, desconocido en los últimos días, que ahora se tornaba hiriente a los ojos, como si la niebla estuviese hecha de microscópicos trozos de cristal.
Cuando llegó a Elizondo eran las cinco de la madrugada, y el cielo permanecía tan oscuro como si nunca fuese a amanecer. No se veían ni la luna ni las estrellas que absorbían cualquier vestigio de luz […] Bajó un poco la ventanilla para sentir la humedad del río, que, por lo demás, resultaba invisible en la oscuridad y sólo se adivinaba como una mancha de seda negra.

Frente a estos espacios exteriores donde la naturaleza se muestra hostil con la protagonista, hay otro entorno donde el medio acoge y protege a Amaia en  la búsqueda de soluciones profesionales dentro de su proceso de salvación personal. Se trata de una concepción casi ceremonial del bosque y la cueva como templos donde se ofician las ceremonias mediante las cuales los hombres se acercan a sus dioses o a las fuerzas que éstos representan, sean positivas o negativas. Esta idea, que combina elementos mágicos y míticos, remite también a los impulsos telúricos que proceden de las misteriosas entrañas de la tierra para extenderse y tocar aquellos que, como  Amaia, son los elegidos por los poderes superiores que  guían el destino de los hombres. A este ámbito pertenecen también las menciones de los Itxsuria o cementerios familiares donde se enterraban los mairu-beso, los cuerpos de los niños fallecidos por muerte súbita en el primer año de vida. El tarttalo es una  versión del cíclope homérico y, como él, es un gran comedor de hombres y protagonista de relatos fantásticos donde es vencido por la astucia de un pastor semejante a Ulises:

Solitario, vive en una cueva, que según la zona se ubica en unos parajes o en otros, pero no en lugares tan inaccesibles como la diosa-genio Mari, sino más cerca de los valles donde pueda surtirse de alimento para calmar su voraz apetito de sangre. El símbolo que lo representa es el único ojo en mitad de la frente y desde luego, los huesos, montañas de ellos, que se acumulan en las entradas de las cuevas, fruto de su bestialidad.



Pero si hay un componente natural que se convierte en motivo estructural y simbólico del relato, ése es el río, el Baztán que discurre encajonado por su valle y divide a Elizondo en dos, regando tierras, engendrando nieblas y brumas e inundando las calles  con sus furiosas crecidas. Es el río-camino,  nutricio y esencial, que da su nombre –Ibai- al primogénito de la heroína de esta historia, a estas alturas convertida ya en mensajera de la diosa, en hada, en adivinadora e intermediaria entre dos mundos que, fusionados, conforman las dos facetas más destacadas de la personalidad de Amaia: intuición y lógica, creencia y razón, fe y pensamiento.

Además de todo lo dicho, esta novela contiene un mínimo relato de costumbres, desde las que seguían las  aldeanas vascas después del parto, a las que reflejan la naturaleza de una sociedad matriarcal, en la que la mujer ha disfrutado de cierta autonomía. También algunas incursiones en la Historia, como las referidas a los discriminados agotes y su justificada heterodoxia, en oposición a las maléficas sectas que convocaban brujas perversas, cuyos alimentos eran la maldad y el crimen, claves de esta historia. También son agradables los paseos por Pamplona, Zarauz y Bilbao, Guggenhein incluido.  Y como colofón está esa casa familiar, refugio contra el mal y fuente de sosiego y energía para  combatirlo. Un mal que se encarna en el asesino, un sujeto  diferente según quién lo estudie: para la Iglesia es una manifestación del mal luciferino, para la Psiquiatría, un trastorno o una enfermedad. De nuevo nos encontramos con otro dos conceptos -religión y ciencia- opuestos respecto a sus intenciones y fines, que configuran la realidad ficcional por donde transitan los personajes de esta historia hecha de retazos de información, magia y fantasía. El círculo como signo de la perfección une sus puntos en el infinito de una línea que vuelve sobre sí misma: unas manos nefandas rompen y extraen unos huesos de la itxusuria para desatar una serie de asesinatos, que, una vez resueltos, clausuran la narración en la última escena. En ella, con amorosa actitud, las manos de Amaia Salazar devuelven los huesos infantiles a su lecho original. La misión se ha cumplido; de nuevo, los buenos, capitaneados por la sagaz inspectora, han vencido. Hemos de reconocer que la novela ha sido una cómoda estancia donde nos hemos entretenido y disfrutado  con su lectura, aunque no tiene  el carácter de la casa del Baztán, un lugar terapéutico y protector de todo desasosiego, de toda perversidad. Nuestro libro no nos defiende de ancestrales o personales demonios interiores, pero en cualquier caso nos ha arrastrado a su mágico universo imaginario para que al menos no pensemos demasiado en ellos. Con algo de voluntad e inspiración, la descripción siguiente bien podría referirse también a un buen relato:

Para Amaia era aquella casa, la casa que parecía tener vida propia y se ceñía en torno a ella, cobijándola con sus muros y dándole calor. […] y era al traspasar el umbral cuando notaba las mil presencias que la acogían, acunándola en una paz casi uterina, que conseguía que la niña que debía velar toda la noche para que su madre no se la comiera pudiera al fin abandonarse frente al fuego y dormir. GB


 

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