lunes, 20 de marzo de 2017

LOLITA, de Vladimir Nabocov

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Por José Luis Vicent Marin.

Seguramente es difícil hablar de este libro aislándolo de las cuestiones éticas o morales que lo rodean, vaya pues por delante, que dos de los aspectos ajenos al contenido, que más me han cautivado han sido, por un lado la belleza y riqueza del lenguaje y por otro la forma de hacernos llegar ese texto anclándote a él, apresándote a él tanto como el personaje principal está preso de sus deseos. Adoptar el relato en primera persona no es un capricho sino prácticamente un imperativo, dado que el narrador se convierte en el trasmisor de sus propias memorias de un modo casi confesional concentradas especialmente en unos determinados años de la vida de Humbert Humbert. De hecho, Humbert Humbert —llamémosle H.— en el manuscrito elaborado en la cárcel donde fallece justo antes de iniciar su proceso —que según el doctor en filosofía Jhon Ray, encargado de su publicación a través del abogado de H., tenemos la suerte de leer—, se dirige infinidad de veces tanto al supuesto jurado que debe juzgarle —sin en principio revelar la causa—, como al lector, no apelando a ningún perdón sino a la comprensión y a la inteligencia interpretativa de sus actos, sustentados a menudo por comparaciones de comportamiento con civilizaciones de otros tiempos y lugares.

Pero no voy a contagiarme de la cara cínica de H. y confieso —sin apelar a nada— que algunos pasajes de la segunda parte cuando viaja junto a Lolita por toda Norteamérica, me han resultado un tanto tediosos. Demasiados sitios de paso de los que decir algo, aunque tengan poco de que hablar y hasta demasiados vehículos reseñados, cuyas marcas y características me importan casi nada. Sin embargo no sería de extrañar que esto fuera también intencionado para certificar la apatía, el aburrimiento o la indiferencia de la muchacha frente al celo vigilante de H. que, a la hora de elaborar su manuscrito, no deja nada al azar. Véase si no, la aparentemente insustancial lista de “quién es quién en el teatro” y la importancia que se revela más tarde con el nombre de uno de ellos.

H. es un erudito, un hombre de letras sumamente culto, y consciente de que lo es, adorna su lenguaje de manera magistral, siendo capaz de trasmitir con exactitud las emociones, desdichas o abyecciones del ser humano, los colores, la luz o la oscuridad, los sonidos y los perfiles del entorno —ya sea una casa, un bosque, una playa, un desierto o una cabaña. Y cómo no, imposible sustraerse a su habilidad para describir la fisonomía humana, bien para ensalzarla como en el caso de Lolita, bien para denostarla como en aquellos seres —especialmente mujeres—alejados de su particular concepción de la belleza. Además H. es capaz de llenar varias páginas hablando de deseos sexuales sin que aparezca un solo momento explícito. Lo más cerca que está de hacerlo es justamente cuando apunta el día y la hora en que Lolita y él fueron realmente amantes —en su imaginación ya lo había sido cientos de veces— y aleja esa posibilidad aduciendo que “cualquiera puede imaginarlo en su animalidad” ya que su tarea es “fijar la peligrosa magia de las nínfulas”.


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Por si fuera poco, acompaña el lenguaje con algunas claves criptográficas como el motel de nombre “el cazador encantado” y con numerosos seudónimos, desde el adoptado —relacionado con sombra— o el de Arthur McFate aduciendo a su destino, hasta el de la “calle killer” donde cree que encontrará al enemigo a liquidar y que en su activación del ego superior, se permite calificarlo como poco brillante. Al final se cuestiona si no debió llamarse incluso con el nombre de pila de algunas personalidades del mundo de la psiquiatría y el psicoanálisis, profesiones en general víctimas de su pulla cuando internado en un sanatorio encuentra en el engaño la mejor manera de superar un trastorno que descubre resumido en su ficha como homosexual en potencia o impotente total”.  

Pero H. también es consciente de lo que le pasa. En su mente pesa la prematura muerte de su madre —otra víctima del destino abatida por un rayo cuando él solo contaba tres años— a raíz de la cual crece felizmente bajo la tutela de su padre y de su tía Sybil —no se oculta algún escarceo entre ambos—en una mansión en la Riviera francesa. Un verano conoce a Anabel cuando ambos cuentan con trece años y su deseo sexual es continuamente reprimido por la presencia ajena. H. cree que aquello desencadenó su comportamiento posterior y su atracción por las muchachas de la edad de Anabel seguirá estancada en el mismo punto en que la dejó, aunque él sobrepase los cuarenta. En el ínterin, destaca una escasa relación que termina en trampa con una prostituta de 15 años llamada Monique y su matrimonio —a fin de dominar sus deseos— con la hija de un doctor polaco llamada Valeria que declara estarle engañando con un taxista ruso el día que H. le propone irse a vivir a EE.UU. por un puesto obtenido merced a la muerte de su tío. Así pues, dos engaños al hombre que mantiene en su interior una lucha tremenda por controlar sus impulsos y que según sus propias palabras “percibía dos sexos: hombre y nínfula, pero ninguno de los dos era el mío”.

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H. —ya hemos dicho— no relata su manuscrito al azar, pero el azar sí juega su papel en el relato: el día que, como inquilino, debe ocupar la planta alta de una residencia en el verano de 1947, ésta arde en llamas y se pone en manos de la señora Charlotte Haze que le enseña una casa “abominable y carente de peligro alguno”, pero al salir a la galería se encuentra con la mirada de su hija Lolita oculta tras unos anteojos apuntándole directamente y “en ese momento los 25 años pasados empiezan a desaparecer de mi memoria”. A partir de ahí, H. se convierte en un hombre calculador, manipulador, reflexivo y estratega, cuyo único objetivo es encontrarse con Lolita, vigilarla y observar las partes de su cuerpo —un pie o una rodilla tienen el valor que le conceda la mirada— y evolucionar en sus tentativas de proximidad, donde el simple roce de una mano o de su pelo le produce un deseo ciego. Pero H. también siente que la quiere y su nombre escrito en una lista de la clase le estremece hasta derramar lágrimas. H. se llena de adjetivos calificativos y descalificativos (prudente, osado, terrible, humilde) presentando las múltiples personalidades necesarias para justificar su comportamiento, hasta que el proyecto de Charlotte de enviar a su hija a estudiar a un internado lejos de allí, soliviantan su ánimo. Un imprevisto “plan perfecto” jugará a su favor cuando Charlotte —con quien a petición suya ha decidido casarse para mantenerse cerca de Lolita y quizá así convertirse en un hombre sano sin los tormentos de otros héroes de escritores rusos— muere atropellada al salir corriendo de casa tras descubrir, a través de anotaciones en una pequeña agenda, el obsceno juego de su reciente esposo. Un azaroso suceso que él bendice, muy distinto al meticuloso, irónico y hasta macabro, relato que lo acompaña.

Es entonces cuando padre e hija —amante y concubina—emprenden aquel viaje por los 48 estados hasta que las distintas normativas de éstos en cuestión de tutelajes que puedan levantar sospechas, le inducen a quedarse quieto instalándose en Beardsley donde la inscribe en una escuela para niñas cuyo enfoque principal es “comunicarse con el mundo, no con los libros” ocultando al vecindario su verdadera relación de la que ambos sacan partido ya que Lolita “me esclavizaba con dinero semanal a cambio de obligaciones esenciales” pero teme que su nínfula escape creyendo que dispone de cantidad suficiente para ello y se lo quita. H. hace amistad con Gastón Godín “un hombre poco entrometido de mente incolora” y la directora de la escuela le cita para leerle un montón de informes respecto a su hija en el que destaca su preocupación por quien le ha instruido en el proceso de reproducción de mamíferos y su tendencia a ser por un lado impúdica y por otro “desinteresada en cuestiones sexuales o reprimida por salvaguardar su ignorancia”. La desconfianza en Lolita llega a su punto álgido cuando se entera que está faltando a sus clases de piano y tras observarla lascivamente en el sillón, discute airadamente hasta provocar su huida en bicicleta. Cuando la encuentra, Lolita se da cuenta que está “igualmente presa porque sola no sabría qué hacer” y le pide salir de viaje pero donde ella decida.


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Es entonces cuando detecta que “otro Humbert —al que decide llamar Trapp por el parecido con un primo de su padre—“sigue a mi nínfula” y en la localidad de Wace asisten a una obra de Clare Quilty y Vívian Daarkbloom basada en una obra de Joice sobre el empleo de niñas envueltas en gasas de colores —otra clave en la narración de H. no sujeta al azar. Lolita da muestras de desapego, se le despista y cuando la encuentra miente repetidamente sobre dónde y con quién ha estado. En el coche la abofetea y después dispone una “reconciliación rastrera” a la que proceden sucesos un tanto intrigantes, como el pinchazo, aproximación y finalmente alejamiento del tal Trapp por una extraña maniobra de Lolita o la desconfianza por la mirada lujuriosa de un joven junto al césped de una piscina o por la sospechosa búsqueda de una pelota de tenis junto a otro hombre entre los matorrales. H. ha decidido llevar su arma cerca, vuelve a sus calificativos como “impasible”, “vacilante” o “tonto enamorado” y evoca momentos en que Lolita “estaba alegre no como ahora”. Lolita enferma y debe ser ingresada en el hospital de Elphistone donde intuye conspiraciones con la enfermera, hasta que el día que le comunican el alta —tras una semana sin ella por primera vez en dos años— descubre que ha huido con su supuesto tío Gustave Trapp: Lolita le ha traicionado. Durante dos años recorre los 342 hoteles por los que pasaron en busca de alguna pista. Entre 1949 y 1950 visita otro sanatorio en Quebec donde compone versos bilingües que aluden a la búsqueda de su nínfula. Podría decirse que H. se convierte en su propio psicoanalista: “La pérdida de Lolita no me curó la pederosis, pero yo no concebí deleitarme con una niña. Mi corazón era un órgano histérico e incomprensible. Pasa por su vida una mujer de 30 años llamada Rita “simple, amable, callada y suave” hasta que un día recibe varias cartas entre la que destaca la de Lolita comunicándole que está casada con un tal Dick, que va a tener un bebé y que necesitaría algo de dinero. Cuando averigua el domicilio se da cuenta que ese veterano de guerra es solo “un cordero con quien Lolita es feliz” y un H. resignado percibe que no ha dejado huella en Lolita que finalmente le da el nombre —a él, no al “astuto lector que lo adivinó hace tiempo”— de con quién se escapó: un cerdo borracho y drogadicto que quería filmar escenas de sexo con chiquillas y hombres y que la expulsó del grupo cuando ella se negó. Lolita le dice que Quilty le destrozó el corazón pero él le había destrozado la vida y H. se separa de ella totalmente enamorado, tapándose su cara inundada de lágrimas. H. odia al antiguo H. por haber privado a Lolita de su niñez. Aquel H. bestia que su instinto producía para dar paso al H. tierno generador del deseo, se transforma en el H. terrible cuyo único fin es una venganza que culmina en una chocante pelea física y dialéctica: “esta narración no es del oeste sino una riña blanda y muda de dos literatos, uno drogado y otro enfermo cardíaco con Gin en el cuerpo”.

H. termina su historia creyendo que a veces “mi yo evasivo se me escapa”, asegurando que Humbert era el nombre más sucio posible, que él mismo se hubiera condenado a 35 años de cárcel “por violación, descartando los demás cargos” y que no quiere que se publique su obra hasta que Lolita esté muerta.


Si el H. de hace sesenta años capaz de distinguir una nínfula en una foto de colegialas, viera hoy cómo determinadas compañías promocionan sus productos mostrando niñas pintadas y disfrazadas, discreparía sobre su propósito solicitando penas para sus presidentes, directores de marketing y publicistas. Quien sí da cuenta del mismo es Nabokov señalando que “Lolita no contiene ningún lastre moralizante. Es solo ficción que proporciona placer estético, sensaciones que se avivan como la curiosidad, la ternura, la bondad o el éxtasis”, que cuando piensa en la novela se detiene en algunas escenas a modo de puntos secretos como la lista de alumnas, las fotografías en la buhardilla de Gastón, los sonidos tintineantes de la ciudad escuchados desde el valle o las Lolitas avanzando al regajo de Humbert, jugando al tenis o enferma en el hospital y que no desea que se le confunda con una personificación de H., aunque H. como Nabokov sea un hombre ilustrado y no un vendedor de salchichas incapaz de escribir su propia historia.


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