lunes, 10 de abril de 2017

Verdes valles, colinas rojas




Verdes valles, colinas rojas: Ficción, historia y mito
La tierra convulsa

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El relato que comentamos pertenece al primer libro de la trilogía Verdes valles, colinas rojas. En ella, Ramiro Pinilla unifica narraciones anteriores  con nuevas historias, concluyendo así la titánica tarea de contar el germen y evolución del nacionalismo vasco, desde finales del siglo XIX hasta el nacimiento de ETA, en la segunda mitad del siglo XX. Aunque menciona hechos históricos, se trata de un texto esencialmente ficticio aderezado con bastante humor y otro tanto de leyenda y mito.

El autor cede su voz a tres personajes que, en primera persona, narran desde su particular punto de vista unos hechos que creen significativos. En unos casos los han vivido, en otros han sido simples testigos y en otros los han oído contar. De esta forma, el autor confiere a su relato un múltiple perspectivismo que proporciona diversas versiones de los mismos sucesos, tanto por la singularidad e implicación de cada narrador-personaje como por el tiempo desde el que cada historia es contada. La acción se sitúa en el margen derecho de la ría de Bilbao, en el municipio de Getxo, que comprende varias aldeas, términos y lugares. El espacio geográfico es real y el lector puede reconocerlo con bastante precisión en el mapa que ilustra esta  novela. La acción gira alrededor de Cristina Onaindia, aristócrata local y dueña de la mayor parte de las tierras y sus correspondientes caseríos. Los baserritarrras o aldeanos que trabajan los campos, pagan tributos a su señora en un régimen de subsistencia casi medieval. El esposo de Cristina, Camilo Baskardo, se dedica a las industrias que han surgido en el margen izquierdo de la ría: las minas de carbón y del hierro que se funde y elabora en los Altos Hornos de Sestao y Barakaldo. Éste es el paisaje social del que arranca el relato y el paisanaje que activa y protagoniza los inevitables cambios haciendo avanzar el tiempo y la narración.

Como método de trabajo me ha parecido oportuno dividir el comentario en las tres partes que corresponden al discurso de cada narrador, que comprende el contenido de su historia y el perfil de los personajes que intervienen en ella.

El relato de Josafat Baskardo

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Hay cinco fragmentos narrados por Josafat, Jaso, el segundo hijo de Cristina Onaindia. Los dos primeros corresponden a  la edad de 7 y 8 años (1889), el tercero, a los 13 años (1895), y  los dos últimos, a los 22-25  años, entre 1904-1907. 

Aunque se trata de un relato desde la memoria, el tono, vocabulario y contenido de la historia poseen una impronta infantil que refleja la ingenuidad e inmadurez del personaje, incluso en su mayoría de edad. En estos capítulos se sientan las bases ideológicas del incipiente nacionalismo y los roles que corresponden a cada personaje. Ama, la matriarca, representa la tradición vasca, la moral católica y la pureza racial. Aita, el padre, se caracteriza por su pragmatismo económico y utilitarismo moral que se acomoda a las circunstancias de su tiempo, es decir, las que le permiten ser un industrial poderoso y enriquecerse sin más. Los campesinos y los niños, tanto los hijos Baskardo como los de los aldeanos, son víctimas de unas transformaciones que ni les benefician, ni entienden ni pueden controlar. Ellos encarnan las contradicciones más agudas y el sufrimiento más intenso por el devenir de la Historia.

Jaso considera lo foráneo, lo que procede del exterior, como enemigo de lo vasco y contaminante de su pureza.  La Chica, Ella, el personaje sin nombre, simboliza  ese miedo a lo ajeno. Irónicamente es el propio Camilo el que permite la invasión de esa semilla migrante y portadora de una supuesta amenaza. En el universo sentimental de Jaso se imprime con fuerza el mito de la singularidad y superioridad vasca frente a un enemigo, que él identifica también con su aita. El padre de la industria y del dinero suscitarán un odio irracional en Jaso, que le hace responsable del sufrimiento de la madre y de su indiferencia por el ideario político sabiniano. Este niño condenado a no crecer representa un nacionalismo primitivo e ingenuo, fundamentado en la creencia y el sentimiento. Jaso sublima su visión del mundo al sentirse depositario de las esencias vascas asociadas a un intenso vínculo materno. Por eso adquiere cierto carácter oracular al anticipar un futuro fatídico y apocalíptico, si su gente no rechaza los cambios procedentes de fuera. La reiteración de la frase “Ama se va a morir”  cuando ya se ha producido la inseminación “infecciosa” de lo vasco por lo no vasco, así lo confirma. El desarrollo de la historia también.


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El adolescente Jaso vive una sexualidad edípica con su madre, y vicaria en la relación amorosa de su hermano mayor, Martxel, con Andrea, la hija del caserío de los Altube. Sabemos que todo el relato está impregnado de ironía, sarcasmo y elementos míticos y simbólicos. El miedo de Jaso al sexo real esconde tanto una velada homosexualidad como una patología desatada por su imaginario amor a una neska pintada en un cuadro, es decir, un personaje inexistente, una representación. El viaje que los hermanos emprenden en busca de un modelo que nunca encontrarán, es quizá uno de los episodios más paródicos de la novela, de los más hilarantes. Pero su simbolismo, como representante de ese nacionalismo sentimental, es muy claro pues alude a la imposibilidad del  personaje para cumplir sueños basados en algo real. En esta  edad, Jaso aún conserva su fe en el ama y la tierra, universo en el que Martxel juega el papel de cómplice y acicate. La venganza y el odio se enfocan con claridad hacia Ella y su Bastardo, también sin nombre. Esta etapa se cierra con un episodio que sintetiza el estado de la cuestión. Se trata de una cena en la que Camilo reúne a los representantes del poder del momento: el ministro de Madrid como político, el industrial como  factor económico, y don Venanci, el cura, como representante de una iglesia entregada a la fe sabiniana. Ya no acude a la casa el viejo don Eulogio, el párroco que acompañaba a Cristina en el pasado. Ahora pinta más el nuevo cura, más radical, y triunfan los jesuitas como cuna de los futuros líderes del país.

La última  intervención de Jaso  como narrador, a sus 25 años, muestra de forma trágica la pérdida de la inocencia. El dolor con que padece los cambios sociales e históricos es más que evidente, pues la antigua creencia compartida con la madre se desmorona en un triple sentido. El amor y posterior matrimonio entre  su hermana Fabi y Ramón, un maketo castellano,  rompe el mito de la pureza racial; la ruptura propiciada por Cristina de la relación entre Martxel y Andrea, por no ser de la misma clase, plantea el conflicto social. En el aspecto personal, el desenmascaramiento de Ama, manipuladora de personas y acontecimientos conducirá a Jaso hasta la locura como víctima de todas las mentiras. Además, la sospecha de la existencia de un ominoso secreto, conocido y ocultado por Ama, en Sugarkea, primitivo reducto de los vascos ancestrales, resquebraja definitivamente la fe de los hermanos.

Pero mientras Martxel se rebela rompiendo tabúes, Jaso, se desmorona sin control. Ante la imposibilidad de aceptar un mundo que no se parece en nada al edén prometido, el único camino que le queda a Jaso es refugiarse en  la locura. Su participación en la guerra de las llamas, ese símbolo surrealista de la libertad venida de lejanas tierras, certificará la destrucción física de la casa Onaindia. El ataque a la casa de Ama por las llamas funciona como metáfora de la fragilidad de lo interior respecto a lo exterior, lo que llega de fuera. Pero también lo es del gran cambio que supuso la intervención de los vascos puros, de “la madera”,- Ama entre ellos- en los negocios del “hierro”. Más adelante encontraremos a este personaje, Jaso, como parte de la historia de los relatos de los otros narradores, pero esa es la esencia de esta novela: el continuo intercambio de voces, espacios, tiempos y puntos de vista. Los mismos personajes deambulan de unos fragmentos a otros transformándose ante la mirada ajena, pues, irónicamente, es la mirada de los otros la que configura la propia historia.


El relato de Roque Altube

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Roque es un campesino que trabaja ocasionalmente en las fábricas del hierro para complementar las escasas rentas que los Altube arrancan a la tierra. En este momento de la historia (1889) tiene 23 años. Su carácter moral y vital procede de un mundo cerrado e inmutable donde el trabajo, las costumbres, la taberna y la misa de los domingos formalizan los fundamentos de una creencia incuestionable. Por eso su inmersión en los conflictos que se plantean al otro lado de la ría le dejan confuso e indefenso. Roque también es la inocencia que se enfrenta a situaciones para las que nadie le ha preparado. El amor y el sexo condicionan su presencia en las poblaciones mineras de Ortuella y La Arboleda, donde vive Isidora, la líder sindical de la que se enamora  intensamente.
Su función en la historia es la de testigo pasivo de las discusiones y debates que surgieron entre la izquierda política de finales del siglo XIX, que Pinilla muestra, al tiempo que parodia con cierto tono poético, como es habitual en esta novela. Desde el pragmatismo a la acción directa de la anarquía, todas las opciones se reflejan en los personajes que rodean a Isidora en su humilde vivienda. Roque asiste al espectáculo de todo lo que ocurre a su alrededor como si fuera una locura, un sinsentido propio de los de fuera. Su naturaleza, rocosa como su nombre, le impulsa a adaptar cada situación a su sueño de familia, tierra y trabajo, como  la tradición dicta. De hecho, su unión sexual con Isidora adquiere tintes míticos y telúricos al producirse en el mar y en la tierra, origen y destino de una fecundación primordial.

Las andanzas de Roque mientras sigue con su silla y la comadrona a una Isidora a punto de parir, adquieren los trazos surrealistas del absurdo histórico. La ironía se hace sarcasmo cuando el nacimiento de su hija coincide con el triunfo de la manifestación que celebra los resultados de la huelga obrera de 1890. Al seleccionar y distorsionar los hechos de la historia, Pinilla hace caricatura de todos y de todo, no sólo del nacionalismo. También las izquierdas con sus dudas, miedos, vanos debates y fallidas decisiones son  material narrativo para la pluma de Pinilla, que disecciona personajes y circunstancias sin piedad. El parto de Isidora en un altar improvisado mientras se dan vivas a la revolución con la recién nacida en alto,  posee el dramatismo cómico de tragedia burlesca. Mediante este procedimiento el autor permite al lector distanciarse, reflexionar y sonreír. Pues no deja de resultar irónico que la primera irrupción de Roque en la Historia sociao-política del País vasco sea como portador de una silla; ni que sus insignificantes intervenciones en los mítines se deban a su intención de salvar a su amada y al fruto de sus entrañas, y no a su interés por los gravísimos acontecimientos que suceden a su alrededor.


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Roque es la inocencia, pero también la ceguera propiciada por terratenientes como Cristina Onaindia, que optan por el mantenimiento de la tradición y la ignorancia cuando la información y los cambios amenazan sus privilegios. Es una ceguera consentida y mantenida por los defensores de pasado inmutable. Una ceguera análoga, pero no idéntica, a la que aludía la marquesa en su dramática advertencia sobre los amenazantes actos de Ella, la de fuera.

La historia y sus protagonistas aparecen esporádicamente para puntuar un relato que discurre entre la ficción, la magia y el mito. Personaje de la Historia es Facundo Perezagua, el conocido político socialista que intermedió en la huelga de 1890 para atenuar las terribles condiciones de los obreros.   De la Historia se nutre el relato que muestra con crudo realismo cómo aquellos estaban obligados a vivir en barracones inmundos, llenos de humedad y ratas; y a comprar sus alimentos, caros y en mal estado, en las cantinas de las empresas regentadas por  codiciosos capataces. El estado miserable de los obreros que trabajan en las minas es ignorado por vascos como Roque, cuya opinión se reduce a la repetición de  una muletilla muy común entre las gentes del otro lado de la ría: “que se hubieran quedado en su tierra”.

Tanto en la narración como en el personaje de Roque se contraponen la tradición y la Historia. La postura tradicional se asienta en el sueño de la vida sencilla, la tierra y Dios. El trabajo sólo se abandona cuando lo manda la Santa Iglesia o en las romerías y fiestas. El matrimonio entre vascos asegura la continuidad de un modelo que es cuestionado por las  correrías de Roque, hecho personificado en ese padre oculto que habla en off desde el desván, como un oráculo. Al amparo de la tradición también  se sitúan los empresarios vascos, que se enriquecen con sus grandes empresas del carbón y el hierro sin perder  el pedigrí. De parte de la Historia se encuentran los conflictos sociales y laborales del mundo obrero y sus múltiples manifestaciones políticas que reflejan el debate ideológico de su tiempo. El choque entre estas dos concepciones de la vida hace tambalear las creencias de Roque y anticipa su desmoronamiento posterior. Como él dice “hay dos Isidoras, la de la playa, el mar y la tierra, y la de las minas”, pues en su confusión, el personaje sólo es capaz de expresar su desazón a través del lenguaje del amor: el personal y el de la tierra. El diálogo con que se clausura el capítulo así lo demuestra:
“-¡Viva la hija de la revolución!
El rebaño se queda ronco diciendo vivas.
-No es la hija de la huelga. Es la hija de Roque Altube, del caserío Altubena de Getxo –digo.”


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 En la última parte de su relato, Roque  se mostrará desesperado y rendido a las leyes y costumbres de la orilla derecha del Nervión. Con 38 años y un considerable equipaje emocional a sus espaldas, Roque carga  sobre sus espaldas las consecuencias de los grandes cambios socioeconómicos  producidos en la última década. En 1904, el mismo año en que Josafat Baskardo camina hacia la locura, Roque se muestra apático y desconsolado ante los acontecimientos de la Historia, que no ha sabido entender ni ha podido controlar. Doblemente sometido a los dos poderes que colisionan en Getxo, el de Cristina Onaindia (lo vasco) y el de Ella (lo foráneo), su vida hace aguas, y navega a la deriva con sus discursos tabernarios, las apuestas y su obsesión por crear un sindicato. Su perfil es el de la víctima a la que la Historia ha arrastrado y destruido en su azaroso y fatídico acontecer.


El relato de Asier Altube

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Este es el narrador con mayor presencia en la novela. Sus seis entradas en el relato y la distancia temporal entre los hechos evocados (1889-1969) y el momento de la narración le convierten en el cronista más objetivo del conjunto de personajes. A diferencia de ellos, Asier no ha vivido  aquel pasado de tragedia y mudanza sino que los ha conocido a través de sus lecturas y de los relatos orales de sus mayores. Su discurso narrativo se  imbrica en un conjunto de opiniones y comentarios, de los que extrae sus juicios y recuerdos. Su talante crítico y desapasionado le hace cuestionar a su maestro don Manuel, al que reprocha un nacionalismo sentimental, basado en una fe irracional y excluyente. El relato de Asier se estructura dentro de esas conversaciones o charlas con don Manuel, de forma que los acontecimientos adquieren siempre una doble perspectiva.  

Los cuatro primeros capítulos comprenden prácticamente la historia del País vasco, desde sus orígenes míticos hasta la era industrial, la postguerra  y mediados del siglo XX. Se menciona la mágica aparición de los 48 Fundadores de los Principios en que se asienta el mito de la tierra vasca y la singularidad de sus habitantes. La instalación del cristianismo mediante la surrealista historia de TotaKotxe y la aparición del ángel que representa a su bastardo desaparecido o muerto, trae reminiscencias del realismo mágico, lo mismo que la imagen del gordo Santiago Altube  transportado en su hamaca especial de un lado a otro. Con sutil ironía se resuelve el pasaje sobre la aparición del leño primigenio, el prisma primordial que representa el pasado del hombre de “madera”, vinculado a la tierra mítica. Como las creencias que el mito expande, el leño es pesado y macizo, difícil de arrastrar y mover, como la Historia de los hombres que se sirven de él. Su función intermedia como mostrador y altar convierte al legendario leño en signo asociado al nacimiento de las tradiciones vascas más populares como el “chiquiteo” y las apuestas. Con el mismo humor burlesco que impregna todo el relato, Pinilla traslada los mitos vascos al territorio mágico y a veces surrealista de la leyenda. Más realista y verosímil parece la historia de los vascos que convierten las creencias en lucrativos negocios, como los astutos Ermo, los Baskardo e incluso Cristina Onaindia.

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Junto a estos elementos míticos y otros simbólicos -como las llamas libres y salvajes que irrumpen violentamente en la vida de los vascos más puros-  aparece en el relato fragmentario de Asier la historia de la llegada de Ella con su hambre y la niña Madia de misterioso origen. Lo que para Asier es  lucha por la supervivencia y conquista socio-económica, para don Manuel es manipulación y perversidad. La distante comprensión del primero contrasta con el odio y rabia del segundo, por lo que considera invasión y usurpación de derechos ancestrales y ruptura de leyes inalterables Don Manuel, como el Ama, considera que Ella –en su “metálica” esencia-  es la encarnación del mal, el demonio exterior que viene a contaminar la pureza de la tradición y a destruirla. Pero en el relato se filtran hechos que certifican que, del mismo modo que las llamas han fecundado otras bestias, también se ha producido la unión de lo vasco y lo maketo mediante el matrimonio de Fabi y Román.  Los caminos de la Historia siguen arrastrando a algunos hombres, mientras otros la controlan o dirigen. Como hace notar Asier a su amigo, son los mismos vascos ricos los que han vendido la tierra de la madera a las industrias del hierro.

La única fisura en la pétrea fe de don Manuel es la culpa por el abandono de Isidora por parte de Roque Altube. Como depositario de las esencias del bien, don Manuel se siente responsable de la madre y la hija abandonadas. Su estancia en el poblado minero de La Arboleda posee todas las marcas de un episodio de redención con el que desea poner orden en su caos interior. Su comportamiento evidencia la patológica necesidad de transformar la realidad ajena (que Teresa se haga socialista y se quede en su margen izquierda) para no alterar el mundo propio. Lo forzado y artificioso de tal  procedimiento redentor pone en evidencia que, como Roque, tampoco don Manuel entiende lo que pasa, y que su discurso le sitúa en un bucle sin salida.

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El duelo entre Jaso y Efrén, las dos ramas de Baskardos (con K o C), y el triunfo final del segundo refleja la continuidad de las sangres mezcladas ante la esterilidad de las puras, historia que el autor contará en los otros libros de la trilogía. Como voz narradora, Asier Altube sintetiza y cierra este libro en los dos últimos capítulos. La decadencia de la casa Onaindia y las ideas que representa se manifiestan en la rebelión y deserción de los dos hijos, Jaso y Martxel. Ambos expresan su rabia por lo que consideran la “traición nacionalista” ,ocasionada por la incursión de su Ama en las sucias industrias del hierro, hecho que Asier también reprocha a don Manuel. 

La conclusión del relato incluye el triunfo de todos los elementos que provienen de fuera del país, del exterior: las llamas, los negocios de Seguros de Efrén con la ayuda del indio Ángelo, la herencia y traslado al palacio Galeón con la definitiva instalación y reconocimiento del bastardo legalizado como Bascardo. La castellanización de la grafía vasca inaugura una época nueva de ambiciosas empresas económicas y políticas. Y es muy, muy irónico que el personaje depositario de tal tarea se llame Cándido. Y que sea educado por los jesuitas de Deusto, aún más. Pero ahí está la Historia. Con mayúsculas. GB

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1 comentario:

José Luis Vicent dijo...

Esta síntesis tan clara, precisa y razonada de un libro sumamente extenso, invita a seguir leyendo su trilogía a pesar de que para hacerlo, hay que estar bien preparado y saber a qué te enfrentas.
¡Quién sabe!...tal vez un verano vacacional (o dos, o tres) por los hermosos paisajes del país vasco.
(José L. Vicent)