martes, 8 de septiembre de 2015

La paz como alternativa: Lemaitre



 La paz como alternativa: Lemaitre y Echenoz

En la última sesión del curso comparamos dos novelas sobre la llamada Gran Guerra (1914-1918), cuyos autores, Pierre Lemaitre y Jean Echenoz, comparten temática y nacionalidad. Ambos critican los excesos y terribles efectos de la guerra y ambos son franceses, premiados con el prestigioso Goncourt. Ahí se acaban las similitudes, pues sus respectivas obras no pueden ser más distintas. A reflexionar sobre estas y otras cuestiones dedicamos este comentario con el que cerramos el club de lectura en la primavera de 2015.

Nos vemos allá arriba de Pierre Lemaitre

Respecto a la guerra, Lemaitre denuncia en primer lugar la estupidez e ineficacia de  aquellos que la promueven y gestionan, tanto civiles como militares. La corrupción, asociada al negocio de las armas y la muerte, aparece como fondo temático, y afecta tanto a los nuevos ricos como a las élites económicas y políticas que ostentan y mantienen el poder. Con una estructura lineal  y en paralelo se alternan dos historias,  en torno a las cuales se reúnen a dos clases de personajes: las víctimas, Édouard  Péricourt y Albert Maillard, que han  sufrido el dolor y el miedo del combate, y el grupo de los que han permanecido siempre en el perímetro de la confrontación, como los miembros de la acomodada familia Péricourt y sus sumisos colaboradores. La fragmentación y alternancia de las dos líneas argumentales configura un relato, en el que la dosificación de la tensión narrativa atrapa desde el comienzo la atención del lector, asegurándose así la amenidad de la novela, muy similar a la de los best seller en que se inspira.


La dualidad argumental tiene su correlato en los dos espacios en que transcurren los hechos: los suburbios parisinos en contraste con el centro de una ciudad, donde las mansiones de los ricos y las amplias avenidas y bulevares acogen modos de vida muy diferentes. Mientras los  excombatientes Albert y Édouard luchan por una supervivencia tanto física como psicológica, en que las penurias y el hambre ahogan su presente y su futuro, los acaudalados burgueses se entretienen, tanto en atenuar sus heridas interiores como en intentar ser felices o aprovechar las circunstancias para enriquecerse con dudosas actividades. Así, el señor Péricourt proyecta monumentos funerarios para honrar a un hijo que  rechazó en el pasado; su hija Madeleine espera hacer una buena boda con el apuesto y arribista Henri D´Aulnay-Pradelle, un aristócrata venido a menos, que necesita urgentemente dinero para restaurar sus ruinosos castillos y decadentes blasones.

Las víctimas, Albert y Édouard, se oponen tanto como se complementan, pues los dos representan dos caras de la misma realidad: el primero se identifica con la timidez, el miedo y la insignificancia, con aspiraciones sencillas como trabajar, casarse con su antigua novia y ser feliz en familia; el segundo  combina el ingenio, la sensibilidad y el talento del arte con la rabia y la necesidad de rebelarse contra los que le condenaron a vivir lisiado y fatalmente mutilado. Albert compensa el sentimiento de culpa por haber  obligado a su amigo a vivir,  con el agradecimiento por haber sido rescatado por éste de una muerte segura. La sarcástica y dolorida pasividad de Édouard y su violento comportamiento se contrarrestan con los resignados esfuerzos de Albert por conseguir casa y comida. La evolución de los acontecimientos, plagados de fingimientos, mentiras y la planificación de  la más disparatada estafa que se pueda imaginar, desembocarán en un final catártico que resolverá los conflictos de los dos protagonistas. Un final amable y feliz  para una obra bien concebida, y escrita para una mayoría de lectores, que buscan el entretenimiento tanto como la editorial la venta de ejemplares.

Si Los Péricourt encarnan el poder del dinero y la posibilidad de modificar la realidad según sus deseos, el exoficial Henri DÁulnay- Pradelle personifica la ambición y la falta de escrúpulos para conseguir sus fines. Su desvergonzado, hipócrita y torpe comportamiento le singulariza como el malvado de la historia, por lo que sobre él, sus colaboradores y sus secuaces recaerán todos los castigos y penalidades, necesarios para provocar la antipatía de los complacidos destinatarios del libro. Es evidente que este planteamiento tan maniqueo respecto a los atributos y funciones de los personajes no aporta novedad alguna a la novela, ya que reproduce los artificios más tópicos del relato tradicional. Debido a ello Nos vemos allá arriba carece de uno de los requisitos que Cervantes  exigía en las buenas novelas: la verosimilitud. La mejor que se puede decir de ésta es que la historia está bien contada y se lee bien y con facilidad, que el mensaje antibelicista está meridianamente claro, así como los temas secundarios. Lo peor, que no es en absoluto creíble.

Otro aspecto a considerar es el punto de vista y actitud del narrador, un valor a tener en cuenta a la hora de analizar y enjuiciar cualquier obra literaria. Ironía, comicidad y humor se superponen y conciertan para establecer una voz muy implicada en la historia narrada, que se impregna así de la subjetividad y opiniones  del creador, responsable del texto. Aparte de lo sugerido, que es mucho, con frecuencia se interrumpe el relato para insertar un comentario de forma explícita. Obsérvese en este ejemplo, donde se explican los beneficios que el codicioso Henri espera conseguir por enterrar a los muertos. El primer párrafo es narrativo. El segundo, el comentario:


“A ochenta francos el muerto y con un coste oficial de veinticinco, Pradelle esperaba un beneficio neto de dos millones y medio. Y si el ministerio hacía unos encargos bajo cuerda, descontados los sobornos, se acercaría a los cinco millones.
El pelotazo del siglo. Incluso después de acabada, la guerra ofrece grandes oportunidades para los negocios.” (124)

Y es este humor, que no llega a ser negro, uno de los rasgos de la novela que más gratificante hacen su lectura, dada la empatía que se produce entre narrador y lector. Se trata de un recurso bastante trillado pero no por ello menos apreciado. Hemos seleccionado y clasificado algunos fragmentos de los muchos que salpican el relato. Leídos despacio y atentamente están llenos de sabrosa y malintencionada información:

Retratos y caricaturas

El odioso  Henri DÁulnay- Pradelle, según Albert

“Alto, delgado, elegante, con una buena mata de pelo castaño oscuro y ondulado, la nariz recta y unos labios finos y maravillosamente perfilados. Y los ojos muy azules. […] y encima siempre estaba enfadado. Era un hombre impaciente que no tenía término medio: aceleraba o frenaba; entre lo uno y lo otro, nada. Avanzaba adelantando un hombro como si quisiera empujar los muebles, llegaba hasta ti a toda velocidad y se sentaba de golpe, ésa era su marcha habitual. Era una mezcla curiosa: con sus aires aristocráticos parecía sumamente civilizado y al mismo tiempo absolutamente brutal. En cierto modo, como aquella guerra.” (14)

La convencional  Sra. Maillard

“La señora  Maillard sólo tenía un hijo y adoraba a los jefes. […]  Esa exacerbada veneración por la autoridad le venía de su padre, adjunto del subjefe de gabinete del Ministerio de Correos y Telégrafos, que veía la jerarquía de su administración como una metáfora del universo”. (17)


El esperpéntico general Morieux

“El general Morieux parecía muy mayor y era calcado a los viejos que habían enviado a la muerte a dos generaciones enteras, la de sus hijos y la de sus nietos. Si mezclamos los retratos de Joffre y Pétain con los de Nivelle, Gallieni y Ludendorff, nos sale Morieux: bigotes de foca bajo unos ojos legañosos y enrojecidos, marcadas arrugas y un sentido innato de su propia importancia. (57)

El burócrata y extravagante señor Merlín

“Era un hombre bastante mayor con la cabeza muy pequeña y un corpachón que parecía hueco, como la carcasa de un pollo tras la comida. Tenía las extremidades demasiado largas, la cara rojiza, la frente estrecha y un pelo corto que le nacía muy abajo, y que casi se le juntaba con  las cejas. Y una mirada melancólica. Añadamos a eso que iba vestido como un adefesio, con una raída levita según la moda de antes de la guerra, desabrochada a pesar del frío, sobre una chaqueta de terciopelo marrón llena de manchas de tinta a la que le faltaban la mitad de los botones, un pantalón gris deforme y, para acabar de arreglarlo, unos señores zapatos, unos zapatones tremendos, mastodónticos.” (248)

La Sra. Belmont y su hija Louise

“Su nueva casera, la señora Belmont había perdido a su marido en 1916 y a su hermano un año después. Aún era joven y quizá bonita, pero estaba tan castigada que ya no se sabía […] Vivía modestamente de los alquileres y limpiando aquí y allá. El resto del tiempo permanecía inmóvil tras la ventana, contemplando los cachivaches acumulados en otro tiempo por su marido y ahora inútiles, que se oxidaban en el patio. […] Su hija, Louise, era muy espabilada. Once años, ojos de pato e infinidad de pecas. Y desconcertante. Bulliciosa como el agua de un torrente y, un instante después, pensativa, quieta como una estatua.” (173)

¡Qué sería de la literatura y de la vida sin los significados connotativos de las palabras!  En este caso, vemos que los retratos o caricaturas de los personajes antagonistas, agrupados en la esfera de la malicia, la soberbia o la estupidez, “los malos de las historias”, se construyen a base de un léxico con connotaciones despectivas y abundancia de adjetivos valorativos. Mediante este procedimiento, la opinión del narrador se infiltra en la descripción, dejando poca libertad al lector para restar o añadir algún rasgo al perfil de un sujeto que ya ha sido definitivamente esculpido mediante hipérboles e imágenes peyorativas. En cambio, los personajes de la esfera de los protagonistas, “los virtuosos o buenos”, se describen sucintamente, con un léxico más denotativo y preciso, que sí deja  margen al lector para acabar de imaginarlos a su gusto. Son los trucos del escritor y de la lengua, que es su instrumento. En este  aspecto, la novela es bastante transparente, pues están bien a la vista.


 El desastre de la guerra, “la salvaje matanza” (12)

La ironía, que impregna cada una de las páginas de este libro, deja su huella en perlas como éstas:

Lo que los boches no habían logrado en cuatro años lo iba a lograr un oficial francés” (25)
“El auténtico enemigo para un soldado no es el enemigo sino los mandos” (37)
“El señor Péricourt, que ya ganaba un dineral antes de la guerra era de esas personas a las que las crisis enriquecen” (49)
“En el fondo, una guerra mundial no es más que un intento de asesinato generalizado en un continente” (50)
“Aquel era un hospital militar, o sea, un sitio donde es casi imposible averiguar nada, empezando por la identidad de las personas que realmente mandan” (55)
“Para un militar no hay nada peor que una guerra se acabe” (61)
“En casa de los ricos todo es bonito, se dijo Albert, hasta los pobres.” (205)
“La culpa es de la guerra. Édouard estaba en guerra con la guerra” (237)

Esta novela es la mezcla de muchas ideas y géneros. Emociones como el miedo, la angustia y la ansiedad coexisten con el sentimiento de injusticia, la culpa y la percepción de que un caprichoso azar es el responsable de la tragicomedia vital que arrastra a personajes y situaciones. La alegría, el odio y la ira subsisten en un mundo claustrofóbico donde las personas resuelven sus guerras interiores. Los contrastes entre pobres y ricos, entre víctimas y oportunistas dictan la dialéctica narrativa donde lo cómico convive con lo trágico en una simbiosis que  se extiende a un relato que también aglutina aventura, suspense, humor y crítica. GB






14” de Jean Echenoz



Cuando finalizamos la  lectura de esta breve novela nos queda muy claro que la guerra ejemplifica de forma  indiscutible la estupidez humana, la crueldad y el absurdo, y que es la ineptitud de los dirigentes políticos la responsable principal de las miles de víctimas que genera. Con una sencilla estructura lineal se narran las circunstancias que rodearon el alistamiento, a comienzos de 1914, del joven  de veintitrés años, Anthimes, su hermano Charles y el grupo de amigos de la ciudad de provincias donde residen, en la Vendée. El optimismo inicial de los combatientes se va agotando a medida que van de un lado a otro, cargados con sus pertrechos, sin orden ni concierto alguno,  mientras se exponen al fuego enemigo. Unos caen y otros vuelven heridos a sus ciudades y pueblos, en un inútil intento de reconstruir sus insignificantes vidas. Como hombres sin atributos, los personajes de la obra de Echenoz no se singularizan de un modo particular, pues representan  a la gente corriente, sencilla en su limitada mediocridad. Ellos son la masa, el pueblo que nutre las filas de los ejércitos y se transforma en  victima superviviente, sumergida en el anonimato.

Los dos espacios en que transcurre la escasa acción, el frente y la ciudad, son igualmente grises y opacos, reflejo de la melancólica monotonía que configura la atmósfera del relato. La atonía intranscendente con que se van sucediendo los hechos y la ausencia de relevancia de unos sobre otros iguala  y uniforma lo trágico con lo trivial, y el dolor, la violencia y la muerte con asuntos tan  domésticos como el precio o el diseño de unos zapatos. Este recurso, junto con la sutil presencia de una voz narradora que demuestra su omnisciencia en los pequeños detalles de minuciosas descripciones, aporta al relato una objetividad extrema, propia de un narrador indiferente y distanciado sin implicación alguna en la historia. El tono, cercano a la crónica periodística o al cine documental, vacía al ficticio argumento de cualquier opinión o comentario, como si el texto existiera por sí mismo, independiente de la voz  de la que surge, que parece ausente. Lo cual no quiere decir que tal opinión no exista, sino que está tan escondida que no se  percibe a primera vista.

El procedimiento para conseguir tal efecto se  fundamenta en el uso de frases cortas, léxico denotativo y adjetivos descriptivos, no valorativos. Sin embargo existe una crítica subyacente, una hipérbole camuflada en la que, sin pudor, se enumeran las terribles condiciones de la vida en el frente: “los orines, la suciedad, las ratas, los gases, la basura, la putrefacción, la mierda, el olor de los cadáveres y los caballos muertos”. Y esa terrible imagen,  expuesta con la naturalidad de un paisaje, de los zapadores colgando el capote del brazo que emerge del suelo.
La ironía lenta y melancólica que provoca el relato remite al esquematismo cubista de una experiencia estética, en la frontera del arte abstracto y aún figurativo. La precisión convertida en belleza y emoción profunda, envueltas en un humor exquisito y deslumbrantemente oscuro. Eso es, para mí, 14”, de Echenoz.

Aquí queda una muestra de su talento y del de los traductores de su obra, como colofón a este también breve comentario:

Todo esto se ha descrito mil veces, quizá no merece la pena detenerse de nuevo en esta sórdida y apestosa ópera. Además quizá tampoco sea útil ni pertinente comparar la guerra con la ópera, y menos cuando no se es muy aficionado; aunque la guerra, como la ópera, es grandiosa, enfática, excesiva, llena de ingratas morosidades; como ella arma mucho ruido y con frecuencia, a la larga resulta bastante fastidiosa.” GB



Lemaitre y Echenoz




“NOS VEMOS ALLA ARRIBA” de Pierre Lemaitre y “14” de Jean Echenoz

Por José Luis Vicent.

Si de algo no hay ninguna duda es que ambas novelas se alimentan de la Gran Guerra para construirlas. Podrían por tanto ser parecidas.

Pero no lo son.

Dado que las leí en el orden indicado en el título de este comentario, solo pude establecer la comparación (más sensitiva que razonada), durante y al término de la segunda.

Para evitar malos entendidos, incluso conmigo mismo, debo decir que ambas me han gustado y que la cantidad (más de cuatrocientas páginas la primera y apenas setenta la segunda), no está reñida con la calidad en ningún sentido.

Las diferencias empiezan cuando empiezan, porque “14” lo hace en el 14 –al comienzo de la guerra- y “Nos vemos allá arriba” en el 18 –al final de la guerra-. De hecho, a este último le basta con describir con todo lujo de detalles apenas un solo episodio bélico: el enterramiento en vida de Albert tras el espetón del teniente Pradelle al agujero de un obús que otro cercano se encargó de cubrir y las heridas en pierna y rostro de Edouard cuando consigue sacarlo de allí. “14” sin embargo, nos deleita muy brevemente, casi como en una exposición, con todo tipo de armamento bélico de la época, condimentado eficazmente con la pesada carga de utensilios que un soldado lleva sobre su cuerpo y su mochila.


Ambos casos sirven para repudiar la guerra y confirmar que lo que unos pocos provocan otros muchos lo pagan.

Lemaitre se apoya en un argumento espectacular del que después dirá que la mitad está basado en hechos reales y la otra mitad no, aunque bien pudiera también estarlo. Las dos mitades corresponden a sendas estafas. La de los cementerios es la más indignante por cómo se trata a los muertos y a los sentimientos de sus vivos, y por la serie de artimañas urdidas por quien corrompe y quien se deja corromper (cien años después, esta hermosa labor se ha perfeccionado hasta límites insospechados). La de los monumentos patrióticos es contemplada con mayor benevolencia dado el objetivo y habilidad de sus autores y la lección un tanto humillante al ego de las autoridades y a la fachada cínica de las instituciones.

Echenoz no se apoya en más argumento que el de la propia guerra, desde las vísperas de la llamada a filas con la llamada a quintas rodeada a veces de entusiasmados cánticos, hasta el fin de la contienda, pasando por las kilométricas y extenuantes marchas cargados hasta las cejas, las esperas más o menos tranquilas jugando a los naipes o escribiendo cartas, y la excavación de trincheras bajo el castigo del calor sofocante o del frío paralizador, bajo la lluvia de copos o a la de proyectiles. Sobra y basta para entender lo inentendible metido en el pellejo de un soldado cualquiera.

La narrativa de Lemaitre no es del todo lineal. Viaja al pasado con el objetivo claro de entender el presente en que se encuentra, aunque ese pasado pueda ser el de hace diez minutos o el de hace varios años. Utiliza la ironía que a veces desemboca en lo macabro o en lo grotesco. Incluso a menudo incluye una especie de anticipo para advertir ligeramente de la sorpresa que viene después. Echenoz también utiliza la ironía, pero narra linealmente, sin exagerar en los detalles, pero con una enumeración de datos y efectos nocivos del ante, durante y después de la contienda, que no echas en falta ningún ingrediente adicional.

Mientras los personajes de Lamaitre son perfilados casi al milímetro hasta dejar al lector con escasas posibilidades de imaginarlo de otro modo que no sea el que es, Echenoz se limita a contornearlos. Apenas dice nada de ellos, apenas sabemos nada de ellos, ni siquiera físicamente si no es por lo que les falta (la vista, un brazo), más que por lo que tienen, lo justo para que la mente del lector se remueva y los simpatice o los abomine. Una razón más para que una sea tan larga y la otra tan corta.



La amistad de Albert y Edouard en la novela de Lemaitre, corresponde más a una deuda, a una promesa de no abandonar a quien le ha salvado la vida. La amistad de Anthime con sus otros tres compañeros es anterior a la contienda, son el grupo que en la novela de Echenoz sale del pueblo natal –alguno sonriente, alguno temeroso-, sin saber qué les espera.

Quizá el indeciso Albert, tan mediocre y falto de iniciativa según la voz de su madre metida permanentemente en su pensamiento, podamos darle un parecido con Anthime –hombre de adaptación fácil incluso a las circunstancias más adversas-, aunque su verdadero denominador común es que ambos son o fueron contables. Pero el fatalmente desfigurado Edouard –rico, extravagante y artista poco varón a los ojos de su decepcionado padre- no puede compararse a Padioleau –un endeble y tímido carnicero-, más allá de su desgracia.

Tal vez si la obra de Echenoz se hubiera extendido, encontraríamos a la familia Borne-Séze buscando apoyo en el acaudalado banquero Pericourd -tan cercano al poder político de la otra novela- con el fin de protegerles de las irregularidades en la fabricación del calzado militar en las postrimerías de la contienda. Nada que ver sin duda, con el indeseable teniente Pradelle en la novela de Lamaitre –ascendido a capitán y a yerno del banquero- cuya perversión se inicia acribillando por la espalda a dos de sus propios soldados con la vil excusa de provocar un ataque justificado al enemigo, y termina con el montaje de un suculento negocio con los camposantos, reduciendo la calidad y medidas de los ataúdes que obliga a la amputación de las extremidades en una ubicación caótica de los cadáveres. Finalmente descubierto y acorralado, se verá forzado a pedir ayuda a su suegro -confundido por la melancolía y el fraudulento desastre conmemorativo de los monumentos, que reivindicaría la memoria de su  ahora añorado hijo-, a cambio de facilitarle el responsable del mismo. Una ayuda que Pradelle nunca recibirá quedando en manos de la justicia, y una recompensa en forma de atropello a su enmascarado hijo, que Pericord hubiera preferido no obtener jamás.


Tampoco la dulce y enigmática Blanche –hija de Borne y única heredera de la fábrica de zapatos-, se parece a la hastiada Madeleine –heredera del imperio Pericourt tras la supuesta muerte de Edouard-. La Blanche de Echenoz, con dos pretendientes –los hermanos Charles y Anthime seguramente rivales en más estimas que la de su propio amor-, se casó con este último, tal vez solo porque Charles no sobrevivió en el biplano que por recomendación del doctor Monteil consiguió como destino más seguro que la primera línea de infantería. Línea que Anthime abandonó pocos meses después, al tener la magnífica suerte de que un afilado casco de proyectil suelto le seccionara el brazo derecho a la altura del hombro. La Madeleine de Lamaitre se ve que cayó ante la hermosura y vigorosidad de Pradelle, pagándolo inmediatamente con la infidelidad de éste  (tanto mejor cuanto más cercanas fueran a su entorno las mujeres ajenas), la infelicidad, y finalmente el odio y la venganza.

Y en fin, como tampoco se trata de extenderse en éste último encuentro de la temporada cuya única pero poderosa arma, capaz de construir a quien la ama y destruir a quien la teme, es el libro, decir que hasta los secundarios personajes de Lemaitre, como el general Morieux al que la paz le vence y le envejece, el alcalde de distrito Labourdin tan pendiente siempre de las faldas de su secretaria, el rastrero servidor Dupré o el estrafalario, maloliente pero puntilloso funcionario Merlin, la niña Louise que devolvió la alegría a Edouard o la sonriente criadita Pauline que en un santiamén despejó las dudas de Albert respecto a fugarse con él, merecen ser recordados para mal o para bien. No menos que las suaves pinceladas de Echenoz sobre los inocentes Bossis y Arcenel que partieron casi cantando para no volver. El primero, clavado por los restos de un proyectil en el puntal de una zapa. El segundo, fusilado en un apresurado consejo de guerra, al suponer que desertaba al alejarse en un paseo sin rumbo, impulsado por el pesar de la ausencia de sus amigos.

Como dije, ambas obras me parecen más que interesantes para un lector que, en una solo está obligado a leer y en la otra necesita además apreciar.

 

domingo, 17 de mayo de 2015

Alma Mahler. La novia del viento




ALMA MAHLER (La novia del viento) de SUSSANE KEEGAN
Por José Luis Vicent.

A medida que la proliferación de datos y complicados nombres (muy acertado lo de poner un índice de los mismos), dificultaban la lectura, iba llegando al rescate la buena literatura, tanto de la autora en una exposición biográfica meticulosa y ordenada, como de los personajes reales, plasmado principalmente en sus correspondencias con esta peculiar mujer, hasta no tener más remedio que admitir, que gran parte de sus más de trescientas páginas –algunas espesas-, no son debidas al capricho sino a la necesidad.

Yo, desde el primer extenso borrador, he ido reduciendo el resumen –evitando terminar en el minimalismo biográfico de una lápida-, hasta dejarlo en algo, que exento de opinión, permita al menos no olvidarla demasiado.

El primer capítulo puntualiza la influencia del padre (Emil Jacob Schindler) en una niña que sueña con ser rica para facilitar la labor a los creativos como él, mientras piensa que su madre lo “domesticó”, inhibiendo su labor de artista. Parte de ese tiempo lo pasó en una casa solariega rodeada de naturaleza gracias a un mecenas que confió en las aptitudes de Emil, admirado también por Carl Moll que cinco años después de la muerte de aquel, se convertirá en su padrastro. Alma no siente simpatía por “un hombre de escaso talento” que solo hace de educador, así que, con trece años, se queda sin prototipo al que ayudar en su vida creativa. Alma, que había estimulado su imaginación leyendo a Nietzsche, Schopenhauer y Platón, se adentró en la música alentada por su madre que sí reconoce sus dotes artísticas, en un momento importante en la Viena cultural y política, ampliamente reflejada en estas páginas. En 1896 con 17 años, conoce a Max Burckhard (de 42) que toma la dirección del teatro de Viena y lo sustituye por otro más opulento mejorando su repertorio. Le regala libros y valora su intelecto hasta rendirse a sus encantos, pero ella prefiere conservar su pureza virginal “como rasgo de dominio, no como rasgo de la época”.

En 1897 un grupo de pintores, escultores y arquitectos se alejaron del conservadurismo vienés para formar lo que llamaron la Secesión, donde trataron de abrir el mundo artístico a los ojos de todos. Su primer presidente fue Gustav Klimt al que Alma ya había conocido en algunas reuniones en su casa de Hohe Warte y que a los 35 años, supo ahondar en la “penetración visual” que ella había observado en su padre. Pese a la sensualidad y erotismo de sus pinturas, Alma nunca fue modelo de Klimt. A su madre le preocupa que atraiga a hombres que le doblan la edad y Carl Moll le pide que se olvide de su hijastra. Klimt, en una extensa carta asegura que no es posible ser indiferente ante ella, pero acepta despidiéndose como su “desgraciado amigo”. Alma cree que le ha traicionado porque se ha doblado y aireado sus secretos y se siente al borde del suicidio, pero en su viaje anual a la naturaleza de Goisern, en una forja de melodías llama la atención de Alexander Zemlinsky –feo profesor de 28 años-, que la acepta como discípula, y “suspirando por él al contacto de sus manos al piano” lo pone en aprietos porque “pasa de la amabilidad a la frialdad” en un instante. Alma no sabe bien qué hacer de esta relación profesor-alumna, hasta que Bertha y Emil Zuckerkandl la invitan a una cena para conocer a otro músico: Gustav Mahler de 41 años y 1,65 de estatura, “delgado, de energía nerviosa y que se excita hablando”. Después de discutir sobre una partitura de Zemlinsky y sobre “la relatividad de la belleza”, Alma ya sabe que la “joya suprema” es Gustav.


Los capítulos quinto al octavo están dedicados a su vida con Mahler, hijo de un tabernero de Moravia y de una mujer descendiente de jaboneros, que quedó paralítica en su parto y sometida a la tiranía del marido. A los cuatro años encuentra un piano en el desván que le salva de los azotes del padre. A los 10 debuta como concertista y a los 15 se matricula en el conservatorio de Viena. La muerte de su hermano Ernst a los 13 años por pericarditis y la de su madre –a la que nunca olvidó-, en 1989 le obligan a volcarse en sus otros tres hermanos y a dudar del Dios bondadoso sin hallar respuesta ni en Nietzsche ni en Schopenhauer. Se considera triplemente apátrida: “Bohemio entre los austriacos, austriaco entre los alemanes y judío entre todos los pueblos del mundo”. Considera a Wagner un incendiario cuando éste afirma que la exaltación aria es vital en la obra de arte y piensa que si su vida fuera pacífica “como un río por una pradera”, sería incapaz de componer nada. Mahler va alcanzando éxitos, y en sus tres años dirigiendo la Filarmónica de Viena, consigue poner en su sitio a solistas envalentonados que se situaban por encima del director, sustituye a otros por jóvenes no histriónicos y prohíbe la entrada al público una vez empezada la representación. En diez años dio nueva vida a la ópera frente a décadas de vacías arias.

Pero todo eso, según la crítica de arte Bertha Zuckerkandl, lo consiguió “gracias a una maravillosa muchacha vienesa” con quien Mahler en 1901 ya tiene claro que quiere casarse. Alma no sabe cómo decírselo a Zemlinsky. Con él, las cosas siempre están claras, mientras que con Gustav desconoce querer al hombre, al director o a su arte, aunque afirma que “está por encima de cualquier otro”. En una densa carta, Mahler también expresa sus dudas, no desea relación competitiva, sino que se convierta en lo que él necesita: una mujer, no una colega. Poco después también duda de si será o no capaz de consumar el matrimonio y en su entorno también hay discrepancias respecto a su relación con un hombre casi veinte años mayor que ella. Sin embargo, Alma, que también había pensado en romper, obtiene respuestas para todo, incluso –aun pesándole después por la merma de su respeto-, se entrega antes de la boda y un día en que lo observa de cara en un concierto ya no duda de que su misión es “apartarle toda piedra en el camino y vivir para él”. Pasan los veranos en Maiernigg en un idílico entorno junto a un lago, donde Mahler puede componer en paz. Una vida “tan inhumana en su pureza”, que empieza a ahogarse, porque mientras Gustav engulle cultura, ella siente su ser arrebatado. Él la entiende pero le dice que ha de entregarse a su obra y Alma comienza a convertirse en su gran ayuda, olvidándose de desarrollar sus propias cualidades.



En 1902 nace María. Alma, exhausta y deprimida dice “todo lo que hay dentro de mí, pertenece a Gustav”. En verano de 1904 nace Anna, su segunda hija, mientras Mahler está terminando su sexta sinfonía. 1905 marca el apogeo de Mahler. La crítica de arte Erika Conrat-Tietze dice que “es un prodigioso golpe de fortuna que estos dos seres humanos tan excepcionalmente talentosos, se hayan vinculado entre sí”. Con la octava sinfonía, Alma prepara para Gustav una versión “armonizada” y él alaba su gran memoria para la música. Fue el último verano de paz, belleza y alegría. En 1907 le envían a Frankfurt donde se le acusa de perseguir objetivos personales y se inician campañas contra él alentadas por nacionalistas alemanes. En 1907 el empresario Heinrich Conrad le propone ir a Nueva York tres meses cada año durante cuatro años y él acepta porque “no puede soportar más tiempo a la chusma”. Con 5 años, María fallece de difteria. “Mahler se pasaba el tiempo llorando a mares y sollozando una y otra vez a la puerta de mi dormitorio”. Dos días después, frau Moll, madre de Alma, padece un colapso por tensión que requiere reposo absoluto y a Mahler se le detecta un defecto valvular bilateral congénito.

La casa de Maiernigg queda maldita y cambian a otra en el Tirol. A Alma le atormenta más el estado de su marido “siempre semienamorado de una muerte liberadora, ahora a su alcance”, que la muerte de la niña. Solos en Nueva York –a Anna la han dejado en Viena al cuidado de Carl y frau Moll- y sin el bálsamo del trabajo, se derrumba, lo que hace que Gustav se obsesione menos con su propia pena y se preocupe más por ella, devolviéndola a su apogeo. El verano de 1908 en el Tirol componiendo la novena sinfonía, Mahler siente sus limitaciones cardíacas y cree haber perdido claridad mental, sin embargo en Nueva York, unos accionistas están dispuestos a crear la “Orquesta Mahler”. En sus idas y venidas del nuevo al viejo continente, no siempre están juntos y un verano con Anna en el balneario de Tobelbad conoce a Walter Gropius -arquitecto de 27 años- que revitaliza la casi olvidada adulación masculina, pero estando Mahler en Munich, se escriben cartas muy sólidas que le hacen olvidar a Gropius. Sin embargo, éste, le envía una por error a Mahler, pidiéndole la mano, lo que hace que Alma destape todo su descontento, para finalmente llorar juntos y admitir “la obligación interna con su pareja”.  Alma percibe que su vida está otra vez vacía, pero no se lo confiesa a Gustav, al que Freud asegura que su edad es un atractivo para ella porque enaltece la figura del padre. Gustav vuelve a creer en el amor de ella porque es lo que da sentido a su vida, mientras Alma es a la vez feliz e infeliz. En 1910 estrena en Munich su octava sinfonía con el público en pie, entre ellos Thomas Mann que dice estar en deuda con él por la experiencia vivida esa noche.

Alma a veces piensa en Gropius y aprovecha un viaje a Paris para coincidir con él en el coche-cama del tren. En 1911 estando Mahler en Nueva York, una infección en la garganta y una nueva lesión cardíaca, le obligan a llevarlo a un bacteriólogo en Paris. Es ingresado en un sanatorio con un deterioro progresivo y finalmente trasladado a Viena. Antes de morir dio instrucciones a frau Moll para ser enterrado al lado de su hija Putzi (María). Sus últimas palabras “vivir por ti, morir por ti, Almschi” las garabateó sobre el esbozo de su décima sinfonía. Alma en su quiere irse a la tumba con Mahler, pero el hecho de haber “fallecido día del cumpleaños de Gropius puede ser una señal de esperanza”. Gustav no quiso que le guardara luto y gradualmente reanudó esa actividad que hacía “poblar su jardín de genios”. Sin embargo, ni Schreker “compositor mezcla de otros muchos”, ni el doctor Fraenkel “dotado pero no genial”, ni Paul Kammerer “biólogo experimental”, significaron nada en su vida. Hasta que Carl Moll le habla de un pintor genial llamado Oskar Kokoschka.



En el capítulo “la novia del viento” que subtitula esta obra, el protagonista es este pintor, que como otros artistas, estaba empeñado en deshacerse del post-impresionismo. En su pintura y en su prosa se observan contradicciones entre mente y sexo, entre el amor perfecto y el agresivo de la consumación como problema insoluble y temas conflictivos relacionados con el subconsciente. Como “el hombre sin atributos” de Musil –referenciado en muchas partes de esta biografía-, Kokoschka no sabe bien a donde dirigir su obra. Cuando expone en Viena, Carl Moll queda impresionado, le pide un retrato y le habla de Alma. En su encuentro, ambos afirman que se enamoraron a primera vista. Alma con 33 años, rodeada de recuerdos vivos y fantasmas, piensa que él, al que le saca siete, “solo es un novicio en el jardín de los genios”, pero cae bajo su hechizo y le promete casarse si pinta una obra maestra. Entonces le dedica “la novia del viento”, obra maestra expresionista según el propio autor. Pero a Alma solo le atrae su ferocidad y Kokoschka cree que perderá sus dotes si no están juntos y que jamás se casarán porque ha sido capaz de abortar el hijo de ambos que se gestaba en su vientre.  Cuando estalla la guerra, se va al frente donde es herido varias veces. Ella se lleva las cartas de su estudio pensando que ha muerto y en agosto de 1915, estando él en el frente de Ucrania, se casa con Gropius. En 1919, recuperado de las heridas ideó hacer una muñeca de tamaño natural que aparentara la edad de Alma y en una fiesta organizada por él mismo, la expuso como “la imagen de un amor dilapidado y exorcizado”.

El matrimonio es guardado en secreto durante algún tiempo y Gropius solo dos días después del enlace, se marcha a servir en los Húsares de Francia. Pasan juntos las Navidades de 1915 y en febrero de 1916 está embarazada de una niña aria que nacerá en octubre. Cuando Walter Gropius consigue un permiso para verla, Alma se muestra reticente a su proximidad y a la de la niña, a la que prácticamente le impide tocar.  Gropius consigue triunfar como director de escuela de artes y oficios y de la academia de bellas artes con un nuevo edifico que une arquitectura, escultura y pintura, pero para ese momento, las diferencias con Alma son grandes y ella acaba de conocer a Franz Werfel, “el más humano de los poetas experimentales” que formó en Hamburgo junto a Max Brod, Franz Kafka y el filósofo Félix Weltsch, un grupo de intelectuales judío-alemanes. Cuando se conocen, Alma tiene 38 años y Werfel –adorador de la música de Mahler-, solo 27.  A Gropius, que piensa “los judíos son nuestra ruina” no le valió su brillantez ni tener una hija de pureza wagneriana y en pocos meses, las visitas de Werfel son una clara “tentación romántica”. En el entreacto de un concierto sucumben y en agosto de 1918 nace prematuramente su cuarto hijo, Martín, en un hemorrágico parto. Werfel se echa la culpa por su impetuosidad y Gropius, creyendo ser el padre, la acompaña en la ambulancia. Un día que la escucha tutear a Werfel por teléfono cae derrumbado al saber la verdad. En Austria comienza un periodo de enfermedades y pobreza. Alma encuentra en Werfel apoyo y sostén y piensa que si se salvara el niño, todo iría bien. Pero el niño muere. Antes lo bautizó, y Gropius, al que finalmente le pide el divorcio, se comportó “con toda su grandeza, pero como siempre, incapaz de ayudarle”. Werfel se hace cargo de ella y cuando lee “el hombre espejo” comienza su éxito.

Los últimos cinco capítulos son dedicados casi exclusivamente a su relación con Werfel que piensa que Alma es la compañera ideal y que sin ella, “su vida sería como un café vienés, lleno de discusiones”. Alma estimuló su producción, alcanzando fama como novelista y autor de obras dramáticas. Ella podría entonces componer, pero sin el visto bueno de Mahler, prácticamente abandona. En Werfel encuentra en lugar de un padre, un hijo de amor perfecto “obediente, creador, de buen carácter y varón”.  En su eterna confusión antisemita, perdona su judaísmo en favor de su creatividad. La relación con sus hijas es una mezcla de amor, indiferencia y celos. En poco tiempo Anna se casa y se separa varias veces. Su madre cree que es debido a que no busca “el tipo superior”. De Manon –la hija no mestiza-, tampoco alardea porque no es más que el resultado de su existencia pro-creativa. Así que a Alma solo le preocupa “allanar el camino del genio masculino”. Pasan ocho años sin casarse, con paradas en Venecia, Berlín, Palestina y en la Riviera italiana, aunque no siempre juntos y es cuando ella, con 48 años dice “sentirse lejos del aliento de su vida”. En el terreno político, la izquierda cree muertos los ideales y la derecha despotrica de la intromisión de los intelectuales. Werfel cree en la justicia y el proletariado. Alma no. En julio de 1929 con casi 50 años, se casan. Con el caldo de cultivo del nazismo de fondo, Mussolini –por el que Alma siente simpatía-, es incapaz de detener los deseos de Hitler de integrar a Austria en el tercer Reich. Se queman libros y pinturas (algunas de Kokoschka). También son años de grandes diferencias con Anna, que según ella, sacaron lo peor de su madre, y con Werfel –políticas principalmente-.



La muerte en abril de 1935 de su hija Manon, tras una poliomielitis y una larga parálisis, a diferencia de la de María que la separó un tiempo de Mahler, la unió más a Werfel como única cosa en común en aquel torbellino mundial, que les hará vender la casa de Venecia y después, en 1937 con fiesta incluida, abandonar la de Viena, y emprender rumbo al nuevo mundo en un largo y complicado alejamiento de Europa. Alma y Anna acuden a Milán para reunirse con Werfel, que durante un tiempo ha estado refugiado en Capri. Pasan por Praga, Budapest, Zagreb y Trieste, llegando a Francia desde Suiza donde respiran por primera vez desde que salieron de Viena. Un atisbo de normalidad llega mediante una invitación desde Holanda -con entrega del manuscrito de sus memorias con Mahler- y una escapada a Londres, donde Anna les espera y Werfel hace tratos con editores. Llegan noticias de sus amigos, algunos sonreídos por la suerte, alguno suicidado y otros encarcelados. Vuelven a Francia instalándose en Paris con la idea de hacer vida normal. Anna -a la que ya no verían en ocho años-, se queda en Londres. Alma viaja al sur de Francia en busca de una casa de verano y Werfel sufre un ataque al corazón del que tarda en recuperarse. Poco después frau Moll muere. Alma bebe a diario y Werfel empeora. Cuando cae Bélgica, se trasladan a Marsella para huir a EEUU sin éxito (hay colas de varios días para obtener el visado). Lo intentan desde Burdeos, Hendaya y Lourdes, hasta que un salvoconducto les permite volver a Marsella, donde semanas después les confirman el visado americano y recuperan un baúl que contenía sinfonías de Mahler. En septiembre de 1940 caminan hacia Perpignan por senderos perdidos hasta la frontera española. Ven una Barcelona devastada por la guerra civil y parten en tren a Madrid y luego a Lisboa donde tras dos semanas inician la travesía atlántica.

Durante sus años en California, Werfel da conferencias, sigue escribiendo y termina “la canción de Bernardette”, en la que dice que “no se trata de una guerra entre naciones sino de un nihilismo radical, donde el ser humano no es la imagen de Dios sino una máquina amoral, frente al metafísico de que el Cosmos es el propio espíritu y cada átomo posee su propio significado”. El desarrollo espiritual de Werfel como el de Mahler era parte del Todo Universal. Alma, a lo suyo, ha sido capaz de convertir a un mayordomo, callado en extremo, en una persona creativa, enseñándole a escribir obras dramáticas, mientras sus comentarios anti-judíos fluctúan caprichosamente hasta el punto de tildar de cobardes a los aliados y de superhombres a los alemanes, no dando credibilidad a todo lo que se dice de los campos de concentración. Son momentos en los que Werfel enfurece pero Alma es capaz de mostrar un anti semitismo que no permite a otros porque se considera superior y porque los judíos tratados por ella, como Mahler y Werfel son “casos aparte, relevantes por alguna causa”. Werfel con la salud deteriorada, escribe lejos de casa y Alma que se da cuenta piensa que no podrá vivir sin él. El 26 de agosto de 1945, se lo encuentra en el suelo de su escritorio en la parte posterior de la casa.



Alma no acude al funeral porque dice que nunca va a los entierros, pero sí lee la oración fúnebre que la cambia con frases referentes al bautismo cristiano, después de tener a la concurrencia una hora esperando.  Alma siente el vacío después de 30 años con él: “perdí a un tesoro, a mi niño grande, ¿por qué sigo viva?”. Se dedica a ordenar sus papeles y empieza su propia biografía. Acusa de fraude a Carl Moll, su hija Anna –a la que visita en Londres- y su yerno por temas de herencia. Viaja a la ruinosa Viena donde ya no encuentra ni cartas ni manuscritos y regresa a Nueva York donde una discusión acerca de la propiedad intelectual entre Mann y Schonberg sobre la música dodecafónica, la satisface porque sigue influyendo en los hombres eminentes. Gropius se mantiene como un “viejo amigo” mientras las sombras de Mahler y Werfel se agrandan. Incluso con 70 años recibe una espléndida carta de Kokoschka llena de literatura. Envejece acompañada de su ya habitual Benedictine, al tiempo que van desapareciendo grandes hombres con quienes mantuvo amistad. En sus últimos años, Anna (que siempre fue ninguneada por su madre) se desplaza a vivir con ella a Nueva York donde continúa realizando buenas esculturas. En 1958 con 80 años, Alma da muestras de avanzada demencia senil y es atendida por la antigua enfermera Ida que se traslada desde Viena. Fallece el 11 de diciembre de 1964 con 86 años habiendo sido consolada con las lecturas de su amigo Suma Morgensten para mitigar su temor a la muerte. Cinco años después a petición propia, sus restos son trasladados junto a los de su hija Manon.


Seguro que Sussane Keegan, siendo mujer, se las ha tenido que arreglar ella sola para componer una obra dan densa, tan documentada y tan cálida en cuanto al reflejo de caracteres y sentimientos. Ya me hubiera gustado a mí encontrar una musa que concediera a este resumen, la décima parte de la calidad que Alma –aunque fuera por egoísmo-, concedía a sus genios.


Alma Mahler:una romántica encubierta




Alma Mahler, una romántica  encubierta


Un libro singular

Cuando nos adentramos en la vida de Alma Mahler, tal y como aparece en la excelente biografía de Suzanne Keegan, se desvanece la idea de una mujer impulsada  por anhelos espirituales o  intereses exclusivamente artísticos. Sólida y rigurosamente documentado en una extensa bibliografía, que recoge tanto publicaciones históricas como escritos biográficos y testimonios personales de las personas que vivieron junto a la protagonista, este libro  reúne dos propiedades que la singularizan. Por un lado sitúa con gran detalle y precisión al personaje en su contexto, de modo que vemos cómo se desvelan ante nosotros las claves de uno de los momentos más interesantes e intensos de la historia europea: los grandes cambios políticos que se suceden tras la caída del imperio austrohúngaro con el nacimiento de la nueva Europa de las naciones, cuyas tensiones desembocan en las dos guerras mundiales; las transformaciones socioeconómicas que alteran la vieja estructura de  clases, donde la aristocracia pierde definitivamente su protagonismo para ser sustituida por la burguesía comercial y financiera; y, sobre todo, el refrendo de  los movimientos de vanguardia al nuevo mundo de ideas que emerge con fuerza en el campo de la filosofía, la ciencia y el arte.

En fin, que podemos acompañar a Alma Mahler en su periplo vital mientras observamos cómo hierve la vida cultural centroeuropea: Freud, Klint, Schömberg, Kockoschka, Gropius, Werfel, el suicida Rodolfo, Bismark…  En los grandes salones vieneses podemos asistir a discusiones y debates sobre  pintura y música, sobre el estilo tonal o el dodecafónico, sobre el romanticismo decadente o los nuevos “ismos” estéticos. En estos ambientes crece y se desarrolla la personalidad de Alma Mahler y sin su conocimiento difícilmente podríamos acercarnos al interior del personaje. El resultado de la lectura de esta biografía, que huye de los tópicos por su carácter más ensayístico que novelado, es  la intuición de que estamos más cerca de la inclemente exactitud de la Historia que del deleite de la ficción. Pues nada se oculta ni dulcifica, y tampoco se juzga, o eso parece. El intérprete es el lector, superviviente de una experiencia donde los datos importan más que las opiniones, los hechos más que la amena narración.


Alma, en clave freudiana

Al finalizar el libro, podríamos pensar que Alma Mahler  ha sido, sobre todo, una mujer pragmática. Inteligente, bella, culta, brillante y seductora, también. Amante del arte y de la música, sin duda. Pero todos esos atributos están dentro del cliché que han posibilitado filmes como el dirigido por Bruce Beresford en 2001 cuando se pusieron de moda los biopic. Lo que resulta sorprendente es descubrir su talento para gestionar los réditos sociales y económicos del apellido de su primer marido, y su pericia para incrementar  su capital en el negocio del arte.

Alma-adulta confiesa sin vergüenza que prefiere vivir bien y sin apreturas financieras, quizá por  el recuerdo de los aprietos económicos  padecidos por su padre Emil Schlinder, un paisajista bohemio y malpagado, en los primeros años de su matrimonio. El carácter de Alma parece forjarse en los románticos paisajes del castillo de Plakenberg, donde pasó su infancia y se nutrió de la concepción del arte como comunión poética entre la naturaleza y  las grandes preguntas filosóficas sobre la esencia del hombre, los orígenes de la creación y el sentido de la vida. Los bellísimos cuadros que pintaba su padre expresan la fusión de la emoción intimista, estética y mística. El romanticismo idealista,  influido por Schopenahuer y Wagner, contribuye a conformar el carácter de una joven que hace del anhelo de conocer la esencia de las cosas y la búsqueda de su sentido, el objetivo que le garantice un gran papel en el teatro de la vida.

Así se expresa Schlinder, en cuyos cuadros apenas había personas, excepto aquel en que aparece Alma-niña entre enormes girasoles:

Todo lo que es hermoso y poético se puede hallar sólo en la naturaleza. Entre los humanos se ha perdido el último átomo de poesía. Pero cuando estoy rodeado por la naturaleza me siento como ningún hombre se ha sentido jamás. “



De hecho, Alma Mahler, a pesar de su arrogante y juvenil narcisismo, se inmola cual heroína trágica cuando accede a la petición de Gustav Mahler y renuncia a su carrera musical y como compositora. Esa conducta le satisface porque considera que su sacrificio la hace más  grande y trascendente como musa y mujer redentora, pues ella muere como artista para que él triunfe. Curiosamente, cuando Mahler consulta a Freud durante la crisis de su matrimonio, debida a la irrupción de Gropius, aquél le dice que tiene “complejo de la Virgen María” o fijación por la madre, mientras Alma busca al hombre mayor, al padre (complejo de Edipo). Pero lo cierto es que Alma sobrevive a sus fracasos en el amor mediante la gestión de la vida familiar y profesional de Gustav Malher y, sobre todo, la del escritor  Franz Werfel, su último marido. Es como si buscara  compensar la pérdida de su vocación artística en el control del éxito musical o literario de sus cónyuges. El pragmatismo vital a cambio de la inmolación heroica, pues cuando Alma se da cuenta de que ha dejado de ser musa se convierte en matriarca.

Si bien esta transformación  se puede interpretar como el inevitable paso de la juventud a la madurez, lo cierto es que su evolución parece responder a motivos más complejos y relativos al conocimiento del carácter de Alma. Sus ideales románticos sólo se entienden en el ambiente donde creció entre la belleza de la naturaleza y del arte. En sus diarios refleja la añoranza por los jardines y la atmósfera idealizada de los eventos familiares de su niñez, con una conciencia clara de ser una persona especial destinada a grandes  empresas. Su desinhibida relación con sus amantes y su rol de mujer inteligente y sensible satisfacen las ansias de libertad que perdió en su matrimonio con Gustav Mahler, libertad que conservó hasta el fin de sus días,  como si el sufrimiento por el fracaso amoroso y la muerte de dos de sus hijos fuesen su personal baño de realidad. En este aspecto, Alma Mahler no se distingue del resto de las mujeres. Pero lo que no debemos olvidar es su congénito narcisismo o quizá egocentrismo: la necesidad de ser el centro de atención y brillar en los círculos culturales y sociales de Viena podría interpretarse como la continuación de su protagonismo infantil, cuando su talento y conducta siempre fueron celebrados y aplaudidos. Pero también podría reflejar la necesidad de atención y afecto que todo ser humano  precisa. Si analizamos su depresión cuando, tras la muerte de su hija, es consciente del fracaso de su matrimonio con Gustav Mahler, lo que parece buscar Alma es simplemente que la quieran y la mimen, que la atiendan. También en esto se parece a cualquier otro ser humano.


Esta es la rabia de Alma-desengañada tal y como reproduce su diario:

No sé cómo empezar, ¡tal es la silenciosa batalla que se libra dentro de mí! ¡Tengo también un anhelo tremendo de que alguien piense en MÍ y me ayude a ENCONTRARME! ¡Me estoy ahogando bajo el altar de la vida familiar! Entré en la habitación de Gustav. Tenía sobre la mesa un abstruso libro de filosofía, y pensé para mis adentros: ¿por qué no me hace compartir algo con él, concederme una participación, en vez de engullírselo todo él? Me senté al piano y me embargó el pensamiento de que yo había cruzado aquel puente de una vez para siempre: alguien me había cogido brutalmente del brazo y me había arrebatado a mi propio ser”

Y como el resto, Alma Mahler es un ser contradictorio y acomodaticio, que supo adaptarse a las circunstancias y cambios sociales que la llevaron a acabar sus días en Estados Unidos, el país de las oportunidades y del pragmatismo vital y financiero. Quizá su periplo, de Europa a América, es también  un símbolo de su viaje interior, de heroína a matriarca. Aunque nunca perdió  aquel espíritu de clase que le llevaba a combinar el antisemitismo de la época con la defensa de los judíos de élite, o como ella decía, “los suyos”, maridos incluidos, naturalmente. Pero, si bien ésa es otra cuestión, no deja de evidenciar que Alma, como muchos otros, ha sido un oxímoron viviente, pura y simple contradicción.

Y si nos preguntamos qué  ha hecho de especial para merecer una biografía, nos atrevemos a sugerir que ha vivido en medio de gentes y hechos que pertenecen a una época, una cultura, un arte donde la crisis y el cambio  convulsionaron el mundo, de modo que conocerlo en su proceso nos permite comprender los tiempos que nos rodean tanto como a nosotros mismos. El destino colocó a Alma Mahler como testigo de la historia, en los ambientes donde se gestaron las líneas maestras de algunos aspectos del mundo contemporáneo. Lo que no es poco.

Con sus más de setenta años seguía teniendo la piel limpia y tersa, oculta su figura bajo los vuelos de sus vestidos negros de costumbre, un collar de perlas al cuello y el pelo recogido en bucles sobre la cabeza […] La primera impresión de Dika Newlin: ¡Vaya, si parece una exprimera vedette del Follies! Pero unos cuantos minutos de conversación con ella disiparon totalmente aquella impresión. Es una persona encantadora y tuvo que resultar impresionante verla en sus años más jóvenes

 Y como  un círculo que se cierra en el punto de su origen, siempre fue fiel a su papel -nacido de sus ideales juveniles- de musa romántica y trágica. Sus declaraciones ante la mortal enfermedad de Werfel lo acreditan:

Franz está mortalmente enfermo desde ayer y tiene ahora el corazón terriblemente débil. Sin él no podré seguir viviendo. Él es hoy la razón de mi existencia.”


Decir que la muerte de Werfel la dejaba sin trabajo puede parecer cruel, así que no lo diremos. Alma Mahler continuó su labor de agente literario y musical, participando en eventos culturales y debates sobre el arte hasta su muerte el 11 de diciembre de 1964. GB