domingo, 8 de marzo de 2015

Jesús Carrasco. Intemperie (GB)






Intemperie
En clave de western

Hemos encontrado una de las claves esenciales para entender o interpretar la primera novela de Jesús Carrasco en la biografía del autor y sus preferencias literarias y cinematográficas, a partir de las cuales parece haber construido su particular universo creativo. Tal como leemos en el artículo  que resume su biografía, desde pequeño se empapó de los argumentos e imágenes del western y de relatos como La carretera, de su admirado Cormac McCarthy. Con estos ingredientes no es de extrañar que el argumento se resuelva como una historia itinerante, donde el camino se convierte en metáfora del viaje como ámbito de los acontecimientos que posibilitan los cambios esenciales de los personajes.

En este caso nos encontramos ante una historia de iniciación y transformación de un niño, que huye del dolor y del maltrato de sus mayores en busca de la libertad. Su lucha por la supervivencia será doble pues ha de enfrentarse tanto a la dureza e inclemencias del  territorio  como a sus perseguidores. En este sentido, el paisaje adquiere los rasgos de personaje antagonista, que se alza con toda su fuerza como una poderosa criatura dispuesta a devorar a su presa. Se trata de un espacio inhóspito, árido, seco y agresivo con aquellos que osan desafiar sus extremas condiciones. El calor sofocante durante el día hiere la piel desprotegida e inocente del niño tanto como absorbe la humedad orgánica de su cuerpo. La supervivencia se asocia así a la búsqueda del agua como precioso alimento físico y espiritual, en cuanto que adquiere las connotaciones del sueño mítico  que impulsa al protagonista en su    migración hacia un salvador y edénico norte.

La naturaleza arquetípica de los personajes sugiere la intención de construir un relato canónico y con alto contenido simbólico, de forma que el lector no dude del contenido del mensaje moral que la historia transmite. Estos personajes, sin nombre propio que los individualice, nos remiten al genérico común que sintetiza sus atributos. Así, el niño, el alguacil y el cabrero constituyen el triángulo que sitúa a cada uno de ellos en el vértice que le corresponde. El niño se presenta como víctima propiciatoria y  mercancía, ofrecida por unos padres insensibilizados por la sed y el hambre, al alguacil de vicios innombrables. Es asimismo la presa que huye de sus depredadores, con la fuerza de aquellos que persiguen una supervivencia cimentada en mínimos: comer, beber, respirar, vivir. Como el héroe condenado injustamente por el poder que abusa de sus siervos, emprende  en solitario el viaje  a través del desierto afrontando peligros y  franqueando obstáculos.

Las descripciones minuciosas del paisaje y su vacía inmensidad  acrecientan la soledad del protagonista en su itinerario físico y vital, donde el polvo y las piedras aportan la dureza y sequedad de  la tierra  enemiga. La escasa y casi ausente vegetación conforma un entorno lleno de trampas y riesgos como  anticipación constante de la muerte. El relato se alimenta de las pequeñas acciones cotidianas que permiten seguir vivo a nuestro héroe, por lo que se produce la falsa impresión de que apenas ocurre nada significativo que dé emoción a la historia. Y sin embargo el lector se encuentra inmerso en el argumento, suspendido y pendiente del leve acontecer del tiempo. Pues siendo esta novela esencialmente descriptiva, es mérito del autor interesar y conmover a sus destinatarios, llevándoles a través de  un árido territorio ficcional mediante la voz de un narrador omnisciente, externo y aparentemente ajeno a la  terrible historia narrada.

Como en el relato tradicional y popular del que el western es un buen ejemplo, el héroe al que se suele llamar coloquialmente “el bueno” tiene su ayudante o cómplice en el personaje del cabrero. Éste desempeña en parte  una función similar a los amos de la novela picaresca española: es maestro e instructor  en las artes de la lucha por la vida. Como tal, trasmite a su discípulo una doble información, práctica y moral. Cómplice y protector del niño, le enseña las artimañas propias de los habitantes curtidos en la superación de las dificultades y amenazas del medio. También le educa para afrontar los dilemas morales que se les presentarán en el futuro. El valor, la fidelidad, y sobre todo, la dignidad de comportarse como personas ante la violencia devastadora de los poderosos.

Los adversarios o enemigos se agrupan en tres personajes: los padres, el alguacil y el inválido que se aprovecha de su ingenua buena voluntad  e inocencia. La  brutalidad  desatada entre el niño y el tullido se sustenta en el relato como una forma de superación del miedo a morir de hambre, sed o soledad en una tierra que se percibe como trampa mortal. El pánico amenaza a estos personajes cuyo único afán es huir y alejarse del lugar que les tiene atrapados en la desesperanza. El niño-héroe, en este momento de la historia, ya ha crecido lo suficiente para hacerse responsable de aquel que hasta el momento  era su guía y protector. Se ha hecho mayor al cuidar al cabrero herido de muerte, hecho que señala el inicio de un sentimiento de empatía entre ambos personajes, algo que no había sucedido hasta el momento.

El nacimiento de las emociones como parte de la naturaleza de un ser humano en formación se produce en su doble vertiente: como amor y venganza. El niño siente el impulso de la revancha en su conducta con el mezquino lisiado, pero esa actitud es modificada por su mentor en la última lección moral y solidaria que precede a su muerte. La inmolación del cabrero para posibilitar la salvación del héroe es fácilmente reconocible como ingrediente sentimental del western. Lo mismo podríamos decir respecto al apoteósico tiroteo  en el que el moribundo cabrero abate a todos los enemigos. Un fin de película.

En resumen, una novela sencilla, intensa, bien escrita y amena. No es poco para lo que hoy se publica. GB



  




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