lunes, 10 de febrero de 2014

Capítulos XIII-XXIV



Capítulos XIII-XXIV

Podríamos dividir estos capítulos en cuatro partes: aventuras con el Caballero del Bosque (XIII-XV), encuentro con el Caballero del  Verde Gabán (XVI- XVIII), Las bodas de Camacho (XIX-XXI), la Cueva de Montesinos (XXII-XXIII).

El caballero del Bosque

Este misterioso personaje, mencionado en el capítulo anterior, se muestra al lector a través de las conversaciones que los dos escuderos mantienen sobre   sus oficios  y sobre sus respectivos amos. Respecto a lo primero, contrastan las visiones de Sancho y el del Bosque, pues aunque comparten opinión sobre la dureza de su trabajo, disienten en lo relativo a premios por sus servicios. 

Mientras Sancho le da vueltas a las ventajas de la ínsula frente al monacato, el del Bosque propone dejar las aventuras y volver a la tranquilidad de la vida aldeana y doméstica. Esta actitud evidencia la diferencia entre el carácter genuino e idealista de Sancho frente al espurio y prosaico de el del Bosque, la misma que se da entre las dos clases de locura de sus amos: la original y la del imitador. En las palabras de éste último se desliza la alusión al fingimiento  planeado por los amigos de DQ para curar a éste de su locura, y que relatado más adelante (XV), pone de manifiesto la omnisciencia del narrador.

Así que cuando Sancho afirma de su amo que tiene más de loco que de caballero, se queja el del Bosque del suyo pues porque cobre otro caballero el juicio, se hace el loco. De modo que queda al descubierto la farsa de los disfrazados personajes y sus ficticias enamoradas, objeto de sabrosos y humorísticos comentarios por parte de los escuderos, sin que falten las reflexiones sobre la  primacía de la locura sobre la discreción. Sobre esto último se destaca el sentido común de Sancho y su pragmatismo popular:

Mas si es verdad lo que comúnmente se dice, que el tener compañeros en los trabajos suele servir de alivio en ellos, con vuestra merced podré consolarme, pues sirve a otro amo tan tonto como el mío.

Sin embargo es la conversación entre los dos caballeros la que permite acceder a los artificios cervantinos y sus manipuladoras intenciones. Cuando el Caballero del Bosque afirma haber vencido a DQ y héchole confesar ser más hermosa su Casildea que su Dulcinea, se produce el choque entre dos  realidades ficcionales, una dentro de la otra: la realidad fingida de el del Bosque ante la realidad “vivida” de DQ, la imitación ante el original, la parodia ante el modelo.

A partir de aquí la aventura  se desarrolla dentro de esta dualidad, recurso que nos permite reflexionar sobre la inferioridad y mala fortuna de los remedos, incluido el del denostado Avellaneda. Todo resulta cómicamente paródico: la hiperbólica y quevedesca nariz del escudero, la ridícula y figura del caballero y su vestimenta de espejuelos y plumas multicolores, el gongorino y artificioso amanecer. El caballero del Bosque pasa a ser el Caballero de los Espejos, abatido, derrotado y humillado en el combate por  el auténtico y loco DQ, el personaje que es fiel a su  perfil literario y, por lo tanto, destinado a vencer a los grotescos remedos. Desvelada la mentira, el de los Espejos y su escudero, mohínos y malandantes, se apartaron de don Quijote y Sancho, con intención de buscar algún lugar donde bizmarle y entablarle las costillas.

Y no hay que olvidar cuán diferentes y opuestas son las actitudes de los dos caballeros, pues mientras DQ sigue con satisfacción su camino, Sansón Carrasco planea una venganza que será fuente de nuevas y futuras aventuras.
En el plano metaliterario  recordemos la relación entre los personajes de esta segunda parte y lo que conocen de la primera. Puesto que han leído el libro, se sienten con derecho a comentarlo o sintetizar lo que les conviene o interesa. Veamos los argumentos de el del Bosque  para convencer a DQ de que le conoció y venció:

- ¿Cómo no? -replicó el del Bosque- Por el cielo que nos cubre que peleé con don Quijote, y le vencí y rendí; y es un hombre alto de cuerpo, seco de rostro, estirado y avellanado de miembros, entrecano, la nariz aguileña y algo corva, de bigotes grandes, negros y caídos. Campea debajo del nombre de Caballero de la Triste Figura, y trae por escudero a un labrador llamado Sancho Panza; oprime el lomo y rige el freno de un famoso caballo llamado Rocinante, y, finalmente, tiene por señora de su voluntad a una tal Dulcinea del Toboso, llamada un tiempo Aldonza Lorenzo; como la mía, que, por llamarse Casildea y ser de la Andalucía, yo la llamo Casildea de Vandalia. Si todas estas señas no bastan para acreditar mi verdad, aquí está mi espada, que la hará dar crédito a la mesma incredulidad.



Encuentro con el Caballero del Verde Gabán

Frente a los capítulos anteriores, éstos discurren por plácidos y satisfactorios vericuetos. La alegría y felicidad de DQ por haber salido por primera vez tan bien parado de una aventura, no se truncan en ningún momento. Las charlas con Sancho discurren tranquilas sobre los habituales cauces de lo que es verdad e ilusión, y se resuelven, como es habitual, con el recurso de los encantadores que disfrazan la realidad y la hacen parecer lo que no es.

Mayor interés tiene su encuentro con don Diego de Miranda, viajero e hidalgo, cuyo aspecto y vestimenta justifican su sobrenombre. De nuevo, Cervantes, tras la voz de un narrador externo, evidencia su talento en la presentación y descripción del personaje:

En estas razones estaban cuando los alcanzó un hombre que detrás dellos por el mismo camino venía sobre una muy hermosa yegua tordilla, vestido con un gabán de paño fino verde, jironado de terciopelo leonado, con una montera del mismo terciopelo; el aderezo de la yegua era de campo, y el de la jineta asimismo de morado y verde. Traía un alfanje morisco pendiente de un ancho tahalí de verde y oro, y los borceguíes eran de la labor del tahalí; Las espuelas no eran doradas sino dadas con un barniz verde.

En cambio DQ se presenta a sí mismo en primera persona a la par que  enumera los principios que sustentan su carácter caballeresco. Orgulloso de su naturaleza literaria cuyo destino es seducir a los lectores, DQ  menciona con confianza la novela en que se compendian sus hazañas, de modo que los límites entre ficción y realidad se desdibujan y atenúan en un juego metaliterario que permite a los personajes desplazarse hacia otras realidades más allá de su particular idiosincrasia:


Salí de mi patria, empeñé mi hacienda, dejé mi regalo, y entrégueme en los brazos de la Fortuna, que me llevasen donde más fuese servida. Quise resucitar la ya muerta andante caballería, y ha muchos días que, tropezando aquí, cayendo allí, despeñándome acá y levantándome acullá, he cumplido gran parte de mi deseo, socorriendo viudas, amparando doncellas y favoreciendo casadas, huérfanos y pupilos, propio y natural oficio de caballeros andantes, y así, por mis valerosas, muchas y cristianas hazañas he merecido andar ya en estampa en casi todas y las más naciones del mundo. Treinta mil volúmenes se han impreso de mi historia, y lleva camino de imprimirse treinta mil veces de millares, si el cielo no lo remedia.

Obsérvese que el perfil de este DQ literario, que surge de los labios del DQ-personaje, lo es porque su discurso se ajusta a las convenciones librescas del género. Está más basado, pues, en lo leído y menos en lo narrado o “vivido” por el personaje, de forma que reproduce el canon del caballero concebido en la rigidez normativa propia de la caballería literaria. Así que este DQ, que toma conciencia de su naturaleza como personaje de libro, va creciendo en autonomía e independencia, pues se va alejando paulatinamente del DQ de la primera parte, tan vapuleado e incomprendido.

De esta manera se transforma en el observador de su propia historia y de la de los personajes que le rodean, va tomando distancia respecto a un contexto social del que se va sintiendo más despegado y lejano. Veremos cómo, a medida que el resto de personajes vaya aceptando el universo novelesco de DQ, lo interiorice e imite, este nuevo DQ se va retirando paulatinamente hacia otros espacios interiores y abstractos, donde lo que importa no es el carácter episódico de la historia sino las reflexiones que suscita. Es como si DQ se hubiera transformado en el esquema de sí mismo y se encontrara cómodo en ese limbo desde el que puede contemplar lo que sucede sin implicarse demasiado, como si el personaje estuviera migrando desde la esfera de la novela a la del mito:

Finalmente, por encerrarlo todo en breves palabras, o en una sola, digo que yo soy don Quijote de la Mancha, por otro nombre llamado el Caballero de la Triste Figura, y puesto que las propias alabanzas envilecen, esme forzoso decir yo también las mías, y esto se entiende cuando no se halla presente quien las diga; así que, señor gentilhombre, ni este caballo, esta lanza, ni este escudo ni escudero, ni todas juntas estas armas, ni la amarillez de mi rostro, ni mi atenuada flaqueza, os podrá admirar de aquí adelante, habiendo ya sabido quién soy y la profesión que hago.

El tiempo que DQ y Sancho pasan con el hidalgo de verde ropaje sirve para que ambos conversen sobre temas relacionados con la literatura. Los pensamientos de DQ sobre la poesía, exaltada en su carácter universal de verdad y belleza, contrastan  con el desprecio que le suscita el engreimiento de los poetas, ligados a vanidosas e inanes conductas. Asimismo vuelve nuestro caballero a disertar sobre los bienes de la andante caballería, resumidos en una especie de manifiesto o radiografía moral del caballero virtuoso (XVIII). En medio se intercala el episodio del intento de lucha de DQ y el león enjaulado, una secuencia llena de comicidad y talento narrativo. La forma de  mostrar el miedo de los testigos  ante la locura  de DQ y el modo en que se dosifica su angustia se evidencian en una tensión narrativa ascendente, que se  diluye en  el cómico anticlímax  de un final feliz.

Las bodas de Camacho

En los tres capítulos dedicados  a este conocido y popular festejo, el narrador inserta o interpola de nuevo  un relato sentimental en el que encontramos el habitual conflicto provocado por el triángulo amoroso: el rico Camacho, pretendiente de la hermosa Quiteria, la cual a su vez es enamorada del pobre Basilio. Lo más interesante de estos sucesos son las detalladas y bellas descripciones del ambiente festivo, las comitivas, ropajes y viandas que en ellas suelen  ofrecerse.

Compartimos como lectores la sabiduría cervantina sobre  celebraciones y gastronomía, y asistimos como testigos a las antitéticas conductas de caballero y escudero, en lo que se refiere a sus estímulos sensoriales. El comportamiento de DQ discurre por morosas y placenteras sensaciones,  provocadas por las alegres danzas de las doncellas, las carreras de los mozos o alegóricas representaciones teatrales sobre la lucha entre el Amor y el Interés. En cambio la felicidad de Sancho  proviene sobre todo de los olores y emanaciones de la abundante comida y bebida que se le ofrece, de forma que mientras las experiencias de DQ son más visuales, las de Sancho son más olfativas:

-De la parte desta enramada, si no me engaño, sale un tufo y olor harto más de torreznos asados que de juncos y tomillos; bodas que por tales olores comienzan, para mi santiguada que deben ser abundantes y generosas.

Del mismo modo en que ambos se distinguen por lo que perciben, se diferencian en los temas de sus discursos. DQ aprovecha la ocasión para reiterar sus ideas sobre el loco amor y las ventajas de un buen matrimonio, las armas y las letras, la fuerza y la destreza, todo ello asociado a la virtuosa orden de caballería. Mientras tanto Sancho hace el elogio y alabanza del dinero:

[…] bien boba fuera Quiteria en desechar las galas y las joyas que le debe de haber dado y le puede dar Camacho, por escoger el tirar de la barra y el jugar de la negra de Basilio. [...] Habilidades y gracias no son vendibles […]; pero cuando las tales gracias caen sobre quien tiene buen dinero, tal sea mi vida como ellas parecen. Sobre un buen cimiento se puede levantar un buen edificio, y el mejor cimiento y zanja en el mundo es el dinero.

El ingenio de Sancho y su talento para hilvanar dichos y refranes es reconocido por su amo en este fragmento sobre la Muerte, muestra que no nos resistimos a ofrecer, pues pone de manifiesto tanto la sabiduría popular del escudero  como la viveza de la pluma cervantina:

…no hay que fiar en la descamada, digo, en la muerte, la cual tanto come cordero como carnero; y a nuestro cura he oído decir que con igual pie pisaba las altas torres de los reyes como las humildes chozas de los pobres. Tiene esta señora más de poder que de melindre; no es nada asquerosa, de todo come y de todo hace, y de toda suerte de gentes, propiedades y preeminencias hinche sus alforjas. No es segador que duerma las siestas, que a todas horas siega, y corta así la seca como la verde yerba, y no parece que masca sino que engulle y traga cuanto se le pone delante, porque tiene hambre canina, que nunca se harta; y aunque no tiene barriga, da a entender que está hidrópica y sedienta de beber solas las vidas de cuantos viven, como quien se bebe un jarro de agua fría.

El final del conflicto amoroso (XXI) tiene a la vez un carácter teatral y burlesco, muy al gusto del tono cómico y apacible de las aventuras de esta Segunda Parte. La estratagema de la falsa muerte de Basilio y  su boda con Quiteria in articulo mortis se acercan más a la comedia de enredo que al relato sentimental. Esta fusión de géneros y  usos cierra el relato con un DQ que diserta sobre la felicidad matrimonial y un Sancho que se entristece por la pérdida del ansiado banquete junto con sus exquisitos y copiosos manjares.


La cueva de Montesinos: crítica literaria

Estos dos capítulos en que se narra la visita de DQ a la cueva de Montesinos contienen una de las más feroces críticas a las novelas de caballerías y a sus episodios más emblemáticos. El sarcasmo y la ironía de Cervantes calan hondo en personajes, sucesos y discursos. Cervantes se ceba en el ridículo primo del licenciado, acompañante y guía de los viajeros como paradigma del escritor necio y vanidoso, que investiga sobre  asuntos inútiles como si fueran importantes aportaciones a la humanidad. 

La parodia impregna a este personaje, émulo de la estupidez máxima, en su afán de componer libros[…] sobre quién fue el que tuvo el primer catarro en el mundo […] o el que primero se rascó en la cabeza, temas que interesan sobremanera a Sancho. Para rematarlo, este personaje es presentado como gran lector de novelas de caballerías, con lo que la demoledora misión de acabar con los malos libros queda consumada.

El descenso a la cueva de Montesinos y la alucinada narración de DQ es otro  golpe al género caballeresco y uno de los puntales de la parodia donde la socarronería del autor alcanza las más altas cotas  de la sátira.  La intención evidente es ridiculizar las imaginarias cuevas literarias habitadas por magos y encantadores, donde solían descansar los restos de los héroes y sus damas. La descripción responde al tópico de los fantásticos recintos de marmóreas y brillantes paredes, sede de amores imposibles como los de Tristán e Iseo. 

Todo ello, claro está, tamizado y aderezado con la chispa del humor cervantino, que en este caso tampoco deja títere con cabeza. Por eso el cuerpo de Durandarte  es de carnemomia, su corazón está  amojamado, y para colmo, su amada Belerna  aparece encarnada en la más cruel caricatura:

…venía una señora, que en la gravedad lo parecía, asimismo vestida de negro, con tocas blancas tan tendidas y largas que besaban la tierra. Su turbante era mayor dos veces que el mayor de alguna de las otras; era cejijunta y la nariz algo chata; la boca grande, pero colorados los labios; los dientes, que tal vez los descubría, mostraban ser ralos y no muy bien puestos, aunque eran blancos como unas peladas almendras; traía en las manos un lienzo delgado y entre él, a lo que pude divisar, un corazón de carnemomia, según venía de seco y amojamado.

Y lo mejor es que es el propio DQ el relator de tamaño disparate, ante los oídos maravillados pero escépticos de Sancho y quizá del primo. La hiperbólica y disparatada descripción de lo vivido o soñado en la cueva concluye con los consejos de Sancho a DQ sobre la conveniencia de olvidar tal locura y volver a tomar las riendas de su vida como caballero andante. Curiosamente Sancho parece ejercer de psiquiatra de su amo y, como tal, distingue dos clases de locura: la habitual e inofensiva de la orden caballeresca, aceptada e interiorizada por todos, y esta otra más subterránea, peligrosa y desconocida:

-En mala coyuntura y peor sazón y en aciago día bajó vuestra merced, caro patrón mío, al otro mundo y en mal punto se encontró con el señor Montesinos, que tal nos le ha vuelto. Bien se estaba vuestra merced acá arriba, con su entero juicio, tal cual Dios se le había dado, hablando sentencias y dando consejos a cada paso, y no agora, contando los mayores disparates que pueden imaginarse.

No deja de conmovernos la ternura de Sancho hacia su amo y su preocupación por su salud y  bienestar. Claro que su pragmatismo y suspicacia se despiertan cuando se entera de que DQ le ha dado cuatro reales a la fantasmal encarnación de Dulcinea, hecho que hace dudar al lector de la presunta inocencia de estos sucesos. Otro indicio de un posible enigma, destinado a ser desvelado en su momento, cuando el omnisciente narrador decida.

La crítica a las malas novelas de caballería se completa con el comentario del ficcional Cide Hamete (XXIV) sobre la falta de verosimilitud del episodio anterior y sus dudas sobre  la cordura de DQ, al que considera el más noble caballero […] incapaz de mentir. El supuesto autor se extraña de que tal aventura fuera verdadera, argumentando que las hasta aquí sucedidas han sido contingibles y verisímiles. Es decir, que también el Cide Hamete distingue, como Sancho, grados de locura. Lo que están cambiando las cosas: hasta el narrador se ha “quijotizado”. GB


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