sábado, 21 de abril de 2018

Cuatro amigos




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Cuatro amigos o las “neuras” de la treintena


De nuevo nos encontramos ante un relato en primera persona donde el narrador oculta a su personaje, Solo, que se presentará al lector más adelante, en el capítulo 2, ya iniciado el relato y presentados los personajes. Solo, será el cronista de las disparatadas y también tópicas aventuras veraniegas de un viaje vacacional que clausurará la tardía adolescencia del grupo al tiempo que revelará sus ocultas miserias. Claudio, Raúl, Blas y Solo representan diversas formas de huida de una realidad que les exige algún tipo de compromiso, personal o profesional, que les abocaría a una vida que ellos consideran mediocre o vulgar.

Su viaje se convierte en un atolondrado recorrido hacia los placeres más comunes, como los que se derivan del alcohol y el sexo rápido e inmediato, sea comprado o compartido. Beber y follar son los objetivos aparentes de estos cuatro amigos que ven cómo se les viene encima  el tiempo de  una  madurez que temen y de la que desean evadirse a toda costa. Solo narra los hechos en un tono desenfadado y coloquial combinando la comicidad de algunos episodios con  una reflexión retrospectiva y analítica mediante la que desvela –con un notable grado de implicación- claves del pasado y define, en el presente, su estado emocional y el de sus amigos. Incluso se permite algunas prospecciones respecto a  un futuro que se muestra tan incierto como inevitable.

La novela se convierte así en el interesante fresco de una generación nacida en los años 70 del pasado siglo y criada en una democracia más o menos progresista, que no ha evitado la frustración producida por la imposibilidad de hacer realidad los deseos. David Trueba armoniza magistralmente el sarcasmo de la parodia con una melancolía tierna y evocadora, impregnada de humor inteligente. Con una mirada lúcida hacia las carencias y despropósitos de sus criaturas, desmenuza sus comportamientos y actitudes, los observa y analiza, para rematar su diagnóstico convirtiendo el retrato en caricatura.

Dividida en tres partes, los títulos de cada una nos orientan sobre su contenido:

El título de la primera parte, Veinte mil leguas de viaje subnormal contiene la valoración del narrador sobre las desmadradas aventuras del grupo en una destartalada furgoneta que “huele a queso”.  A modo de presentación, la narración va derramando datos sobre unos personajes cuyos perfiles psicológicos evocan tópicos encarnados:

Raúl, el casado del grupo con bebé adjunto, se siente atrapado en la convención de un matrimonio percibido como una trampa tras un embarazo sorpresa. El viaje como terapia de evasión, tras arrancar el permiso a su mujer, personifica el intento de cimentar una relación y una vida que le aterran. El humor del narrador se evidencia en la justificación de su aventura, que el personaje presenta ante los otros, que, como los lectores, no se la cree:

un respiro sería positivo para la pareja/ hay que oxigenar la relación/hay que enfocarlo con nuevas perspectivas/echarse de menos es maravilloso/la distancia engrandece el amor…”

La implícita e irónica crítica de los manidos libros de autoayuda se emplea aquí para evidenciar la necesidad de Raúl de ocultar sus miedos, ya que la mentira y el fingimiento son una constante en los personajes de D. Trueba. Todos mienten y se mienten.

Como Gaspar, de Abierto toda la noche, Raúl está poseído de un furor sexual excesivo y enfermizo. El narrador, con ácida y provocadora precisión, hilvana su caricatura:

El torrente de esperma retenido con forma humana que es Raúl desarrolló su priapismo mental a lo largo de los años en que fuimos amigos. Nunca se le dieron mal las chicas, habían de ser del género rápido, decidido, era negado para el romanticismo o el flirteo civilizado. Era un seductor de casa de socorro.

Esta última frase es una muestra excelente de la capacidad de síntesis del autor para destacar con pocas palabras un rasgo esencial de un personaje. David Trueba, como los clásicos, tiene esa virtud: más que describir diagnostica.

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El desvelamiento de la verdad que encubre este personaje llegará casi al final, cuando todos dejen caer sus máscaras y muestren aquello que escondían tras tanto desvarío.

Añoraba, supuse, la inocencia, la inopia vital, la falta de ataduras. Raúl ladeó su mirada hacia la ventanilla. En cierto modo avergonzado. Era su carácter. Antes de ser padre también solía perseguirlo un sentido insatisfecho de la vida, la sensación de estar perdiendo el tiempo. Raúl era incapaz de disfrutar un solo momento, siempre pensaba que ese instante le hacía perder otro.”


Claudio, el líder carismático, se muestra más estable respecto el rol que le ha tocado: triunfador, atractivo y cínico, no tiene problemas en mantener el tipo y la apariencia de ligón triunfante, desenfadado y anclado en su  libertina mocedad. Con el papel bien aprendido y las defensas firmes se pondrá, como siempre, al frente del grupo y de la función. Atrapado en su personaje hasta el final, el mismo lo certifica: “Ya me conoces, soy un follaviejas.”

Blas, el gordito simpático que nuca liga, es el gracioso del grupo, el colchón confortable en que apoyar el hombro. De nuevo las palabras del narrador lo definen con irónica exactitud:

Blas desplegó su estrategia mutante hasta transformarse en una inmensa y acogedora oreja, amable, comprensiva, un gordo y callado escuchador de desgracias ajenas […] Blas, como un muro de lamentaciones con ojos, escuchaba y se frotaba las manos ante la perspectiva de un revolcón cariñoso y rápido mientras la chica te llora en el hombro”

Como los demás, Blas está dominado por el deseo sexual, pero nunca consigue satisfacerlo. Incluso cuando cree hacerlo resulta ser una farsa. A su manera, este personaje es el más sincero de todos, el que menos finge ser otro. Con su anorak asfixiante en pleno agosto de acuerdo con un delirante plan de adelgazamiento, resulta tierno e inocente. Y físicamente fuerte, pues es capaz de superar la calva quemada por el sol, la incomodidad de una diarrea aguda y violenta y el odioso chándal.

En esta parte, el argumento avanza con las atolondradas y malogradas aventuras de los amigos por atestadas playas levantinas y carreteras aragonesas, donde la humedad se mezcla con el calor polvoriento de los caminos, campings cutres y aparcamientos abandonados. Las reacciones gamberras del grupo y sus miserables recursos para conseguir comida, bebida o un polvo apresurado en cualquier puticlub  miserable se impregnan de  esa comicidad  paródica, desesperada  y crepuscular, propia de  las historias de solterones desnortados.

En medio de tanto disparate, la historia de Solo y su fracaso amoroso se dejan ver entre evocadoras secuencias de un pasado marcado por una educación liberal y la necesidad de matar al padre. El relato deriva hacia el proceso de auto- psicoanálisis de un personaje atormentado por la frustración profesional y el miedo al compromiso con  quien cree fue el amor de su vida. El dolor por la pérdida, combinado con su falta de fe en la posibilidad de ser feliz nos muestran a un ser perdido que busca algún tipo  de anclaje para ubicarse en el mundo. Sus opiniones sobre su estado y el de sus amigos son contundentes y nada compasivas.

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Como su nombre indica, Solo se aparta de las personas y de los hechos para tomar distancia y elaborar sus juicios. El miedo, la soledad y la frustración emergen de la mentira que percibe en sí mismo y su entorno. La causa de su infeliz estado se encuentra en un error básico y muy común que consiste en  creer que la libertad se encuentra con los amigos y no con el amor. Escéptico, melancólicamente irónico y muy observador, la voz narradora de Solo se resuelve en diálogos eficaces, comentarios sintéticos y descripciones  sucintas con la precisión y el acierto de –repetimos- un diagnóstico.

“…pensé que las cosas más decisivas de la existencia suelen suceder de un modo accidental, lo cual debería darnos una pista sobre nuestra ilimitada importancia, y sin embargo persistimos en tomarnos demasiado en serio. Ni siquiera somos víctimas, somos trozos de madera en un mar caprichoso.”

La segunda parte, Solo en ninguna parte, actúa en el relato como transición o pausa entre la desventurada y fallida peripecia del viaje y la apoteosis final del tercer acto de la representación. La soledad del lugar, el calor del aire y el sudor de los cuerpos son síntomas del malestar interior de los personajes, de su cansancio inmenso y de su necesidad de detenerse, de parar. El paisaje desértico en que se ubica la extravagante casa de cartón piedra que les acoge conforma un solitario y simbólico universo de espera en el que se producirá algún atisbo de la verdad que pugna por emerger y despojar a los personajes der algunos de sus disfraces.

Este espacio, habitado por la vieja y sabia Estrella como émulo mítico de una Circe seductora o una sirena de secano, es el marco simbólico del aislamiento de Solo, que rompe la enfermiza pasividad de su ego maltratado y dolorido. Su bloqueo emocional y sentimental se disuelve en el excesivo y generoso vómito de “fabada y whisky”, y también de otras cosas imposibles de digerir, como la pérdida de su relación con Bárbara, el amor de su vida. La habitación de Estrella provoca reminiscencias cinematográficas, asociadas a un realismo mágico cercano al surrealismo, presentes también en algunos diálogos que recuerdan el teatro del absurdo:

El recepcionista, cuando ya empezábamos a alarmarnos, dejó caer que su hermano era mecánico.
-¿Ah, sí? ¿Y dónde está tu hermano? -El chaval parecía contagiado de la planicie del paisaje.
-¿Y él podría venir a arreglarnos la furgoneta?
-No sé. Está de vacaciones.
¿Dónde?
-En su casa.”

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En la tercera parte, Es tan duro vivir sin ti o milonga triste, se rompen por fin los hilos que sujetaban las máscaras de los personajes, que se ven así  forzados a mirarse desnudos y explorar los hechos y circunstancias  relativos a su carácter y su vida. Las cómicas y paródicas escenas de la llegada de los cuatro amigos en limusina a la finca cántabra donde se celebra la boda de Bárbara, contiene todos los elementos para satirizar el evento y a los personajes que participan. Desde el nuevo rico del cemento al correcto y posmoderno concejal y la suegra con perrito… nada escapa a la pluma del autor, camuflada en la voz de Solo, narrador y voluntario y desmadejado personaje, que irrumpe en la vida de una ex-novia que ya no le necesita. Este es el capítulo donde todos capitulan y se rinden ante lo evidente: la aceptación de la derrota y su inevitable soledad.

Se trata de experimentar y dejar constancia de la catarsis final, donde se libera la sensualidad del deseo en los muslos tersos e incitantes de Bárbara como cárcel de amor, a la vez que se conmemora el fin del viaje como despedida de toda simulación. La mentira se acaba y la solitaria evidencia del fracaso solo encuentra consuelo en la calmante presencia de los amigos en el vagón del tren que les conduce a su punto de partida. Las cínicas palabras de Solo ilustran la desesperada lucidez de un personaje consciente de lo que se oculta tras las apariencias:

“Respirar. Hoy es mañana  y en la boda de Bárbara me asfixiaba, navegaba en alcohol. Eso sí, libre como un pájaro, como a Claudio le gustaba, con tanta libertad que necesitábamos ser cuatro para transportarla a hombros. Nuestras veinte mil leguas, nuestra gran ruta, nuestro viaje era una forma de sacar a pasear nuestra libertad y restregársela por la cara al mundo. Somos libres. A Raúl le abrasaba la culpa y la responsabilidad. Blas eludía todos sus problemas con la creación de un problema enorme: estoy gordo. Claudio aparcaba la certeza de que en una semana estaría de nuevo empalmando noches con días para repartir cajas de bebida, libre, eso sí…”

Demoledora reflexión sobre el gran teatro del mundo, aplicada en esos momentos, a la cotidianeidad de la vida de unos treintañeros que no quería crecer. Una comedia muy ácida donde el viaje simboliza el recorrido interior de Solo, desde el dolor de la pérdida a la lúcida aceptación de la soledad en amistosa compañía. GB

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Algunas cuestiones y citas dignas de recordar

¿Dónde comienza la novela? Atención a la cita inicial:
Amor mío, amor mío.
Y la palabra suena en el vacío. Y se está solo.
VICENTE ALEIXANDRE

La soledad que resulta de la pérdida del amor es la esencia de Solo, el personaje señalado para representarla:

Supongo que la soledad me acompaña desde el día en que nací. Está ahí, agazapada, esperando que todos desaparezcan para significarse, para recordarte que ella nunca te abandona.” (Pág. 28)

Las palabras de Estrella y su voz oracular:
“-Sólo hay una razón para que existan las familias –nos explicó Estrella-. Por la soledad.” […]
–A usted no parece asustarle la soledad –le dije.
-No lo parece, ¿verdad? Es que finjo muy bien. (pág. 145)

La soledad que acompaña al hombre desde el nacimiento a la muerte. Alguien dijo que las cosas que pasan en medio son una distracción, algo para no pensar demasiado.

 Y lo que no se muestra pero está ahí:

Mientras subía los escalones de terrazo pensé en la vida oculta de tantas personas, los seres que no trascienden, esa especie de topos que sobreviven sin necesidad del resto del mundo, que consumen la comida en latas y que guardan los libros debajo de la cama. Gente que se niega a pertenecer, eso que tanto obsesiona a otros. Quizá todos unidos formaran un país subterráneo, inexistente, pero no muerto.” (pág. 136)

La comicidad y el imaginario del cine son rasgos recurrentes en las novelas de David Trueba:

El simulacro de folleteo colectivo en el puticlub es una escena desternillante (pág.85), igual que la berlanguiana procesión con el Cristo herido y empalmado (pág. 100). Y, entre otras, la  descripción del ambulatorio de urgencias, donde la hipérbole es el ingrediente principal de la parodia:

En el pueblo más cercano, la caseta de la Cruz Roja presentaba un aspecto desolador. El letrero caído y la cruz reventada a pedradas. Sentado en el quicio, un enfermero en manga corta hinchaba preservativos a soplidos. Nos detuvimos frente a él. Le pregunté si estaba abierto el puesto. Borracho, alzó los ojos hacia mí, cegado por los faros de la furgoneta. Contestó que él mismo nos atendería y ensayó varias veces el movimiento para ponerse en pie.” (pág. 121)

La boda en su conjunto, con la llegada de la limusina, la gente correteando y escondiéndose, los discursos rabiosos y alcohólicos, y el desfile de personajes propios de tales celebraciones, es una muestra del humor de Trueba y de las fuentes en que se inspira. ¿Alguien se atreve a ilustrarnos sobre ello?

La descripción de las experiencias periodísticas de Solo no tiene desperdicio y animamos al lector a buscarlas. En la página 231 y siguientes encontrará el moco verde de la Pfeiffer, una molesta diarrea en la entrevista con García Márquez, y los sorprendentes hechos que rodearon las conversaciones con Stephen Hawking, Jack Nicholson y Woody Allen.

Y no nos resistimos a mencionar el estilo en el que la eficacia de los diálogos, la síntesis en comentarios y las metáforas e imágenes en las descripciones dotan al relato de una gran fuerza expresiva:

Me di cuenta de que el humor de mi padre era siempre altivo. Se reía de algo, de alguien, desde el Himalaya de su inteligencia. (pág.156)

Y Claudio, disfrazado de monjita buena, psicóloga comprensiva, lanzó la invitación de boda y se esfumó. Escuché alejarse sus pasos, lentos, la suela de sus zapatillas gastadas, siempre con una ligera inclinación hacia adelante, como un toro antes de embestir. Definía su carácter. Yo, en cambio, camino con los pies demasiado abiertos, con pasos desiguales, es la manera de andar de quien no quiere llegar a los sitios adonde se dirige. (pág. 165)

Y este diálogo con Bárbara:

- La gente cambia, Solo.
- Nadie cambia. Se acostumbra como mucho. (pág.248) 

Y para acabar, hay que considerar los fragmentos escritos en las servilletas, que señalan el itinerario del viaje interior de Solo, sus reflexiones como hilo conductor  del significado del libro:

La futilidad del verano como metáfora de la intrascendencia frente a la importancia del amor. (27)

La persistencia del dolor emocional por encima de todo (60)

La tristeza y la duda sobre nuestros actos y mucho más (76)

La rabia y la rabia (98)

Balance en el tiempo y conciencia de fracaso. (126)

La realidad y el deseo. (Ah, los poetas…) (153)

La vocación del narrador bajo la que se oculta el autor, David Trueba. (178)

La intensidad de los sentimientos humanos y gatunos (235)

Como vemos, hay mucho sobre lo que pensar, mucho sobre lo que hablar. 
GB.


Nota. Las páginas que se indican entre paréntesis remiten a citas que se encuentran en la edición de Anagrama, Colección  Compactos, 2016.

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