sábado, 21 de abril de 2018

Saber perder





Saber perder o la fragilidad de “los seres que no trascienden


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"…pensé en la vida oculta de tantas personas, los seres que no trascienden, esa especie de topos que sobreviven sin necesidad del resto del mundo, que consumen la comida en latas y que guardan los libros debajo de la cama. Gente que se niega a pertenecer, eso que tanto obsesiona a otros. Quizá todos unidos formaran un país subterráneo, inexistente, pero no muerto.” (Cuatro amigos, pág. 136)

Esta cita de Cuatro amigos, la anterior novela de David Trueba, hace referencia a la gente corriente cuyas vidas sin relieve esconden historias muy vivas. Quizá el observador impenitente puso su mirada en estas gentes anónimas para escarbar en  su interior y crear el complejo universo donde existen como personajes. Esta novela, plural y diversa, parte de un suceso azaroso, el accidente que una adolescente, Silvia, sufre cuando es atropellada por Ariel, una joven estrella del fútbol argentino que ha sido fichado por un importante equipo madrileño. A partir de este hecho, el hilo que une a los dos personajes genera su propio universo sentimental al tiempo que se extiende hacia el exterior,  se multiplica y nutre con la vida de aquellos que conforman  sus respectivos ámbitos vitales. Los enredos emocionales y las vivencias existenciales de  todas esas vidas se entrelazan y anudan para formar el tejido espacial y temporal que es la trama de la novela. Diversidad de personajes, diversidad de argumentos, diversidad de temas.

El relato sitúa los hechos en los años 2004-2005, cuando aún no se sentían los síntomas de la crisis económica y campaban a sus anchas los sueños de aquellos que se dejaron arrastrar por el espejismo del negocio fácil y especulativo de la burbuja. Como dijimos, los hechos son escasos y la narración mínima. Dos accidentes –el atropello de Silvia y la caída de su abuela Aurora- desencadenan una serie de acciones secundarias que sirven al propósito de presentar a los personajes, colarse en sus conflictos y acceder a sus biografías. La fragmentación de las historias permite al lector  participar en la reconstrucción del puzle que es esta novela. La ralentización del tiempo contribuye a la sensación de estar ante un relato muy descriptivo donde las múltiples retrospecciones permiten aproximarse al interior de los personajes y escuchar sus reflexiones y comentarios. Este acercamiento se produce ocasionalmente de forma directa, mediante monólogos interiores insertados sin más en el discurso narrativo, o bien a través de una voz narradora externa pero absolutamente omnisciente, lo que nos autoriza a conocer sus contradicciones y secretos.

Ariel personifica el mito del ídolo caído pues en él confluyen dos ideas sobre el fútbol: el negocio y el deporte, el juego. Formado en La Argentina por el emblemático entrenador Simbad Colosio, “El Dragón”, Ariel experimenta el desgarro del deportista que ha crecido con la emoción del juego y se ve forzado a convertirse en una estrella de la gran empresa del fútbol y a someterse a unas reglas que no controla. En este proceso, que también es el de la pérdida de la inocencia, la ingenuidad de Ariel  deviene en confusión, dolor, soledad y nostalgia de lo que dejó atrás.

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Al tiempo que vamos conociendo las inquietudes y contrariedades que padece Ariel asistimos al despliegue de un fresco que disecciona y radiografía el mundo del fútbol. Desde el método para crear una estrella-producto que sea rentable y mediático, a las corruptelas de conseguidores, directivos y todo tipo de intermediarios. La manipulación y el chantaje, los costosos y pretenciosos hábitos de jefes y aspirantes VIPS, los tópicos del futbolista con deportivo, chalet y novia modelo, las formas de ocio superficial y vacío, todo pasa ante los ojos de un Ariel desorientado y humillado. Cuando espera encontrar consuelo en la esposa de un compañero bien instalado, familiar y profesionalmente, aquella le lee la Biblia. Humor aliñado con sarcasmo que no falte.

El miedo al fracaso y la dependencia de su hermano Charlie, su  promotor  y enigmático representante de un mundo que no entiende y donde se siente desplazado, marcan los primeros días de Ariel en un ámbito culturalmente ajeno. La música, como memoria de una feliz rebeldía del pasado, y la relación con Silvia atenúan el doloroso aislamiento sentimental y profesional de este personaje, que acusa la fatiga del vencido en la vida y en el juego, en el juego de la vida. Como metáfora de la humana condición del héroe, su cara más vulnerable es su dependencia de  una idea del fútbol que ya no existe. Y si no existe, tampoco existe Ariel, pues ese, el juego, es su esencia, la razón de ser de su identidad. Muerto el juego, Ariel se queda sin nada.

Como el resto de personajes, debe buscar su lugar en el mundo. Lo hará con vacilaciones  y  pasivamente, dejándose llevar por los acontecimientos, tanto en el  desafío emocional como en los otros. Al final no sabemos si lo consigue, sólo intuimos que se desplaza a otro lugar donde posiblemente le espere más de lo mismo. El que no será el mismo es Ariel, que quizá encuentre en la aceptación de su destino cierta estoica resignación para seguir adelante.

Silvia y su familia completan el imaginario universo de la novela. Los hombres, el padre, Lorenzo, y el abuelo, Leandro comparten el fracaso y la frustración por no haber podido hacer realidad sus sueños y parecen perdidos y empeñados en lamentarse por su maldita mala suerte. En cambio las mujeres,  Silvia y Aurora,  se muestran más calmadas y capaces de mirar más allá de sus ombligos. ¿Es ésta un constante en la narrativa de David Trueba?

El itinerario vital de Silvia, una adolescente que  persigue su proyecto de vida, va desde los inevitables encuentros de iniciación sexual cutre, a una pausada relación con Ariel, que va procesando con cautela y precaución, actitudes que le permiten reflexionar sobre su experiencia y sacar conclusiones. Su inteligencia le permite distanciarse ligeramente de los acontecimientos y verlos desde fuera, como evidencia su irónica visión del ambiente de su instituto, sus profesores y compañeros. El monólogo interior que  muestra su visión del mundo es casi una parodia del mundo escolar y sus criaturas. Como otros personajes, vive una doble vida  mintiendo a los demás más que a sí misma, pero finalmente acepta con filosofía su soledad y encaja sin estridencia su ruptura sentimental. Consciente de la falsedad de los hechos y de la gente que la rodea, reconoce su soledad y admite pagar ese precio por su independencia.  Más madurez no se puede pedir.


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Lorenzo, el padre de Silvia, pertenece al tipo de desengañado irascible que practica un victimismo a tono con la mediocridad que origina su frustración.  Acabado para los negocios, intenta compensar su vacío con el sexo sublimador del ego, y con el fútbol como catarsis y evasión. Se vale de las mentiras para sobrevivir con máscaras que no engañan a nadie y mucho menos al comisario que le investiga por un misterioso crimen. Su relación con la cuidadora ecuatoriana de su madre discapacitada roza el esperpento, debido al contraste entre las diferentes formas de entender la Historia y las cosas de Dios. Siempre a la defensiva e incapaz de asumir sus fracasos, los va acumulando hasta el trágico y doloroso absurdo de tener como confidente a un anciano senil. Oculta su desesperación ante los demás pero no puede huir de sí mismo. Un hombre tan corriente como otros y con un mar de fondo que le lanza sin compasión a simas cada vez más profundas.


Y llegamos a Leandro, un personaje al tiempo trágico y grotesco. La frustración por su mediocridad profesional se intensifica con la envidia de los que sí triunfaron, intensificando su rencor e irritación contra el mundo. El abuelo de Silvia podría haber sido un jubilado peripatético y aburrido como otros, si la fractura de cadera de su mujer no le hubiera  lanzado hacia el sexo de pago como forma de huir de una realidad que se le hace insoportable. El color gris de su vida impregna su primera incursión en la casa de citas, donde conocerá a Osembe, en un nebuloso  atardecer de domingo, como si el paisaje evocara su desorden interior. Enfermo de dolor y miedo a un futuro que sabe muy negro, se siente arrastrado hacia la mentira que, a medida que se incrementa, se hace más pesada y le impulsa en su huida hacia adelante. Ofuscado por un obsesivo deseo sexual con el que pretende encubrir su soledad y falta de afecto emprende una alocada y autodestructiva carrera hacia ninguna parte. Aislado en un matrimonio viejo y en circunstancias adversas, cada paso que da para buscar compañía le conduce al prostíbulo, donde la piel tersa y oscura de Osembe pone precio a la necesidad de compañía de un hombre desesperado por alcanzar un imposible: reconstruir una vida que se acerca a su fin.

Leandro es consciente de la decrepitud del cuerpo de los viejos cuando observa la mano de su nieta sobre el rostro de Aurora, la esposa también mayor, cuya dignidad para aceptar su condición es el contrapunto de la furia desbordante del marido:

“Leandro envidió la caricia de las manos de la chica al posarse sobre el rostro de Aurora y recorrerle la frente y las mejillas. Esas manos sin marcas, sin erosiones aún, con todo por sucederles”


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Como lectores, no podemos evitar sentir una mezcla de ternura y horror ante el caótico y desconcertante recorrido vital de este personaje, que es, a la vez, consciente e inconsciente, que combina lucidez  y ceguera, como símbolo de la contradictoria naturaleza humana. Como lo es el disfraz con que juega su rol social y familiar, con la mentira como alimento de la supervivencia. Hasta que la representación se haga imposible y no haya ningún telón que encubra la verdad. Su lucidez nos admira tanto como el talento del narrador para  transformar las descripciones en diagnósticos:

“Se atusa el pelo frente al espejo. […] Nadie sospechará por su aspecto la inmensa desolación que esconde. Ve a un hombre muerto al fondo de sus ojos. Leandro se dedica a sí mismo una mirada inteligente para controlar cualquier emoción. Frío.”


No olvidemos los personajes secundarios como elementos necesarios del paisaje urbano que arrincona a una clase que ha visto muy rebajadas sus expectativas: los inmigrantes, rechazados por sus empleadores que miran con displicencia de nativos a los nuevos vecinos llegados de fuera, son a la vez víctimas y verdugos de sus propios congéneres, sobreexplotando viviendas y trabajadores; algunas ONG que chantajean o se cobran beneficios a costa de aquellos que dicen defender; la burlona descripción de la vida okupa y sus falsos valores, que la rebelde Mai experimenta en propia carne antes de caer en la decepción de las revoluciones fingidas.


Los personajes de las novelas de David Trueba comparten el miedo al futuro y a la muerte, la huida, el fingimiento y la mentira como formas de superar la soledad y  vulnerabilidad que los acerca a la parte más íntima y entrañable de sus lectores. Como alguien dijo una vez, eso es empatía. GB

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