Cada uno de sus 22 capítulos es como un mini ensayo y se ocupa de un aspecto concreto referido a la lectura. Incluye una ligera introducción, a menudo personal, que enlaza con un desarrollo temporal y finaliza con una reflexión, una conclusión, o incluso una duda, un pro y un contra, o un interrogante que nos obliga a detenernos y a pensar antes de acometer el siguiente capítulo.
De hecho, dada la complejidad de abarcar la obra como un todo, quizá fuera necesario extraer un poco de cada uno, algo así como una muestra de sangre dispuesta a ser analizada en un laboratorio de más largo alcance que mi simple vista. Por tanto, pasaré someramente por ellos con no muchas más palabras que las que contienen su propio título.
En “leer sombras” habla de la evolución del proceso de la lectura, genético, sensorial, etcétera, hasta las complejas connotaciones personales que deciden sea el lector quien sirve al texto y no al revés.
En “Los lectores silenciosos” trata del camino hasta llegar a ellos, nosotros mismos, puesto que al principio la mayoría de la gente no sabía leer y se limitaba a escuchar. De ahí viene “prestar oídos” a un relato o ese texto “no suena bien”. Leer para uno mismo en silencio posee la gran ventaja de no requerir del tiempo estricto para pronunciarlo, alargándolo o acortándolo a nuestro interés.“El libro de la memoria” centra su atención en toda la sabiduría que, de viva voz, fue pasando de generación en generación y por eso cuando en África muere un anciano, arde una biblioteca.
“La primera página en blanco” empieza con un texto de Kafka afirmando que toda lectura es alegórica y por tanto objeto de otras lecturas. Hace mención a Dante que diferenció la lectura literal de la alegórica o mística que subdividió en otras tres y a Tomás de Aquino que contaba con la “intencionalidad del autor”. Finalmente vuelve a profundizar en Kafka que de niño elaboró su propia manera de leer y de adulto afirmó que un libro debe ser escrito para que “quiebre el mar helado de nuestro interior”. Existen alrededor de 15.000 títulos acerca del estudio de su obra. De su Metamorfosis se dice que incita a la risa, a la parábola religiosa, al bolcheviquismo, a la decadencia burguesa, etcétera, y El Castillo no posee la última página porque el lector puede continuar a través de los infinitos niveles de texto.
En “lecturas de imágenes”, entramos en una galería de arte atemporal con dibujos prehistóricos, grabados en pergaminos, pinturas religiosas sobre lienzos, paredes o vidrieras y obras talladas en madera o en piedra, mostrando una narrativa concreta o a menudo sujeta a la libre interpretación.
En “las formas del libro” hay un extenso repaso a la historia de los soportes de la palabra escrita en tablas de arcilla, rollos de papiro o pergamino y el códice hasta la invención de la imprenta y la actualidad.
En “lectura privada” pone el ejemplo de Colette que busca su espacio para la lectura ante el rechazo de su padre y la vigilancia de su madre y se nos insta a hacer lo propio pero con plena libertad. En la antigüedad se leía recostado y los monjes lo hacían en los catres de sus celdas. Hoy sigue estando muy extendido leer en la cama, pero también es agradable hacerlo en el ferrocarril, bajo un árbol, en la arena de la playa, en unas rocas, en el sillón bajo el foco de una luz eléctrica e incluso en el retrete. Cada cual tiene su lugar preferente para cada tipo de lectura.
En los “ordenadores del universo” profundiza en el mundo de las bibliotecas desde aquella primigenia en Alejandría hasta nuestros días y la necesidad de organizar y catalogar la inmensidad de creaciones.
En “leer el futuro” trata las escrituras bíblicas y visionarias como la de Constantino que terminó por convertir a él y a Roma al cristianismo. Más adelante los que fueron perseguidos se constituyeron en perseguidores. Los textos pueden ser como oráculos que hablan enigmáticamente y que el ser humano a veces descifra como única lectura y otras como sujeta a muchas interpretaciones.
En “el lector simbólico” hay un paseo minucioso sobre fotos, cuadros e imágenes donde el libro es objeto principal destacando algunas contradicciones de tipo religioso, como la Anunciación de Martini donde la Virgen lleva un libro rojo en la mano, frente al hecho de que en la Catedral de Constantinopla ninguna imagen de ella porta libro alguno entre sus manos.
“Lectura de interiores” nos plantea los prejuicios de leer libros inadecuados según el grupo humano al que pertenezcamos, no solo por el supuesto contenido sino por el color de la tapa. Profundiza bastante en la segregación de las mujeres en la lectura con ejemplos sangrantes de las viejas costumbres japonesas y nos invita finalmente a atravesar la barrera de la destinación del libro.
“El autor como lector” es un paseo a lo largo de los siglos donde autores como Heródoto, Plinio el Joven y más tarde Moliére o Dickens, leían sus obras al público aplicando técnicas más o menos teatrales para seducir al oyente. Costumbre que el autor de esta obra compara tibiamente con las lecturas parciales que otros autores hacen de las suyas cuando las presentan en público a grupos reducidos.
En “El traductor como lector” pone en valor la importancia de los traductores y su habilidad para ir más allá y entender, interpretar o actualizar el objetivo del autor. Destaca la figura del poeta Rilke que siempre buscaba los verdaderos significados de obras como las de la francesa Louiese Labé a las que al traducir al alemán decía gozar de dos lecturas simultáneas ganándole profundidad frente a la sencillez original motivada por el momento cultural de la época. También la Biblia y sus numerosas revisiones son tema de interés en este capítulo.
“Lecturas prohibidas” aborda el poder de la palabra tan temida por los tiranos y se hace eco de numerosos intentos por mantener el analfabetismo, como es el caso de los negros en EEUU, o al menos evitar lecturas de determinados libros, desde Calígula que ordenó quemar las obras de Homero hasta Pinochet prohibiendo el Quijote porque defendía la libertad personal y atacaba la autoridad convencional. En cualquier caso, concluye, todo lector se convierte en su propio censor cuando subordina el texto a su conveniencia.
En “El loco de los libros” un humanista alemán estableció siete especies de locos relacionados con los libros en base a una obra de Sebastián Brant que se hizo popular. Eso y una dedicación exclusiva al papel de las gafas como símbolo de intelectualidad y elemento inseparable del libro completan este curioso capítulo.
Por último, en “Los guardas del libro” se advierte en base a un relato de Hemingway, de la inmensidad oceánica de lo escrito y por escribir. A partir de ahí, conecta con ese libro imaginario llamado “La historia de la lectura” en el que escribiría cosas referidas a algunas falacias sobre las reacciones del lector, opciones y objetivos de escribir en primera, segunda o tercera persona, y numerosas apreciaciones en las que deja ver su absoluto reconocimiento al poder del lector.
Como es lógico hay más diferencias pero también bastantes coincidencias sobre todo en los referentes históricos. Los hechos son hechos y eso no es interpretable, pero en los libros, en todos los libros, incluso en este, hay algo de ficción, sugerencias, reflexiones, adornos narrativos, etcétera, que conceden al lector la capacidad de enjuiciarlos, de ser o no sensible a ellos, en definitiva, de disponer de ese espacio secreto que según el propio Manguel, existe entre el lector y su libro.
Un espacio que se me ha presentado como un acordeón, unas veces tan estrecho que he podido escuchar su música como un abrazo, y otras tan ancho que he necesitado aguzar bien el oído para disfrutarla.














