Jonathan Swift
Los viajes de Gulliver
Por Gloria Benito
Publicada
en 1726, esta novela rompe las convenciones del racionalismo humanista de su
tiempo. Lo que en principio podría parecer un relato fantástico, una ficción
destinada al entretenimiento, resulta ser una fábula moral que apunta a la
modernidad. Pensemos en lo irónico que resulta hacer compatibles la intención
del autor de “contar la verdad” y “ser honesto con el lector”, con los
extravagantes y sorprendentes mundos creados por su imaginación desbordante. Pues
lo consigue.
La
ironía que impregna todo el relato exige no formarse un juicio simple sobre el
libro, pues el imperativo distanciamiento del narrador favorece la observación
de los extraños habitantes desde varias perspectivas, lo que enriquece y
complica la interpretación de su rica temática. Por lo que sabemos, el autor fue
un gran entendido en las principales obras satíricas de la Historia,
especialmente en la de Juvenal, al que tradujo. Entre otras, conocía la
“mazarinadas” satíricas de Cyrano De Bergerac contra el cardenal Mazarino y las
pantagruélicas historias de Rabelais.
El
humor se infiltra también en las dos cartas ficticias que el capitán Gulliver, narrador
de la historia, intercambia con su editor. Si el primero se queja de que se han
mutilado sus textos, el segundo, se lamenta de la prolijidad de detalles, a su
juicio, innecesarios. Significativa es la protesta del capitán
Gulliver por ser considerado injurioso con las instituciones, monarquía
incluida. Su enfado sobre su supuesta y desmentida falta de respeto hacia la
reina Ana, evidencia sus límites respecto a la crítica política y su
personalidad y pensamiento moderados. Pero su protesta más emotiva se refiere a
la falta de consideración, por parte de la prensa y otros medios, con sus
queridos “yahoos” y el maltrato que la sociedad inglesa, que él rechaza
radicalmente, les infringe.

Como
se afirma en la introducción del profesor Robert de María Jr. en su edición de
Penguin Clásicos, Los viajes de Gulliver es una obra subversiva que
difícilmente se etiquetaría como libro de viajes canónico, pues se trata de una
transgresión del género en toda regla. Precisamente Gulliver, como alter ego
de Jonathan Swift, denuncia las falsedades y mentiras que tales libros
contienen. Se diría que el viajero-narrador mantiene que él transmite más
verdad con sus fantásticas historias que los relatos de viajes al uso, llenos
de falsedades.
Las
cuatro partes en que se dividen Los viajes de Gulliver se corresponden
con las cuatro culturas, países o civilizaciones adonde llega tras los
naufragios que dan comienzo a cada aventura. Al comienzo del capítulo Liliput,
el narrador traza una brevísima biografía sobre su formación como médico y su
embarque en uno de los barcos de la flota comercial inglesa a finales del siglo
XVII. Liliput y Brobdingnac, el primer y segundo
lugar a los que llega nuestro viajero, exigen al protagonista un cambio radical
de punto de vista respecto a su entorno. Encontrarse primero ante lo minúsculo
y después ante lo enorme exigen al observador un desplazamiento muy
significativo respecto a la percepción, valoración y posterior análisis de la realidad.
En cierto sentido, el tamaño se puede entender como imagen de una metáfora cuyo
sentido sería que lo grande externo resulta ser, moral e interiormente, más pequeño,
y viceversa. De hecho, el viajero presenta una visión más amable de los
liliputienses que de los gigantes de Brobdingnac. El primer y exótico
territorio merece un elogio sobre las costumbres y actitud de sus habitantes,
si bien se deja constancia de lo absurdo de su administración y de la
corrupción, malicia y rencillas políticas que provocan su precipitada huida.
Algunas escenas y situaciones de tipo escatológico provocan más sonrisas que
rechazo. Los problemas ocasionados por el tamaño y cantidad de las deposiciones
de Gulliver priman lo cómico sobre lo desagradable, algo que no ocurre en el
segundo caso, donde el feísmo de algunas escenas y situaciones se acentúa y
exagera con el propósito de realizar una crítica cáustica que alimente la
sátira.
En
ambos casos, a pesar de lo fantástico de personajes, costumbres y situaciones,
el relato resulta verosímil debido a la gran cantidad de detalles que se ofrecen
sobre medidas, cantidades, costumbres y forma de gobierno de Liliput. En cuanto
a la tierra de los gigantes, se hace hincapié en la amplificación del sonido,
el tamaño del granizo y el peligro ante enormes perros y arañas que podrían
haber inspirado el argumento de El increíble hombre menguante, la
película de Richard Matheson (1957). El naturalismo de las descripciones de ratas,
moscas, avispas y otros bichos dan más asco que miedo. Este tratamiento feísta se
extiende a algunas mujeres de la nobleza que al pequeño Gulliver le parecían
tan malolientes como repugnantes los granos y poros del pecho de una nodriza.
Este rechazo, físico y moral, del viajero hacia los habitantes de Brobdingnac,
contrasta con algunas opiniones de su rey sobre la buena y mala política, que
el narrador aprovecha para criticar a los gobernantes de Gran Bretaña, una
constante en todo el relato.
El
humor llevado al absurdo llega a su apogeo con la descripción de Laputa, el
tercer lugar que Gulliver visita. La singular isla flotante, desde la cual los
próceres del reino vigilan a sus habitantes, responde a una tecnología que
aparenta ser la vanguardia de los inventos científicos, sensación que
desaparece cuando el viajero toma tierra en la capital, Laguda, y recorre el
territorio con ojos asombrados. La suma de disparates es tan exagerada como
cómica, como si el narrador hubiera reunido en el país a los más locos del país
para mostrar al viajero el mundo al revés. Investigadores inútiles,
planificadores que lo destruyen todo y máquinas de escribir libros constituyen
una brutal metáfora del peor gobierno de un país. Remata esta hiperbólica y satírica
visión del mundo, la fantasmal procesión de héroes de la Historia desmontando
todas las mentiras que de ellos se han dicho y difundido.

Los
viajes de Gulliver es un libro político en cuanto que
critica sin trabas todos los vicios de los gobernantes, cuestión que se
comprueba en la cuarta parte el País de los Houyhnhnms. El nombre podría ser una
onomatopeya del relincho de los caballos, los humanizados y admirados
gobernantes del lugar donde el capitán permaneció más tiempo y más feliz. Para
el narrador, los Houyhnhnms reunían todas las virtudes esenciales:
razonamiento, bondad, sobriedad, diligencia, ejercicio y limpieza. Como
contraste, la más cruel y feroz crítica
la reserva para los Yahoo, los gobernados y odiosos habitantes a los que
atribuye todos los vicios que, con maliciosa ironía, asocia con los ingleses:
falsedad, irracionalismo, caos, codicia y lujuria. El sarcasmo está servido en
esta cita cuyo contenido y tono son relativamente suaves:
“…existía
una especie de jefe yahoo (del mismo modo que en nuestros parques hay siempre
un ciervo jefe o guía), que era siempre el más deforme y el peor intencionado
de todos”
Con
esta y otras valoraciones, culmina Jonathan Swift este libro de aventuras que
es en el fondo una fábula moral. A lo largo de la narración se intercalan
abundantes comentarios y reflexiones sobre lo que observa en cada lugar, para
abstraer y universalizar su juicio sobre la naturaleza humana y sus estúpidos
actos. Cuando, tras quince años, vuelve a su tierra, el capitán Gulliver ha procesado
su conocimiento sobre el ser humano, hecho que le sumerge en una ligera melancolía,
consecuencia de la lucidez. Tiene muy clara su decisión y su idea de la
felicidad:
“Mis
caballos me entienden bastante bien. Suelo hablar con ellos un mínimo de cuatro
horas diarias. Desconocen la brida y la silla: viven una gran amistad conmigo,
y en armonía entre ellos.”