lunes, 10 de febrero de 2014

Capítulos XIII-XXIV



Capítulos XIII-XXIV

Podríamos dividir estos capítulos en cuatro partes: aventuras con el Caballero del Bosque (XIII-XV), encuentro con el Caballero del  Verde Gabán (XVI- XVIII), Las bodas de Camacho (XIX-XXI), la Cueva de Montesinos (XXII-XXIII).

El caballero del Bosque

Este misterioso personaje, mencionado en el capítulo anterior, se muestra al lector a través de las conversaciones que los dos escuderos mantienen sobre   sus oficios  y sobre sus respectivos amos. Respecto a lo primero, contrastan las visiones de Sancho y el del Bosque, pues aunque comparten opinión sobre la dureza de su trabajo, disienten en lo relativo a premios por sus servicios. 

Mientras Sancho le da vueltas a las ventajas de la ínsula frente al monacato, el del Bosque propone dejar las aventuras y volver a la tranquilidad de la vida aldeana y doméstica. Esta actitud evidencia la diferencia entre el carácter genuino e idealista de Sancho frente al espurio y prosaico de el del Bosque, la misma que se da entre las dos clases de locura de sus amos: la original y la del imitador. En las palabras de éste último se desliza la alusión al fingimiento  planeado por los amigos de DQ para curar a éste de su locura, y que relatado más adelante (XV), pone de manifiesto la omnisciencia del narrador.

Así que cuando Sancho afirma de su amo que tiene más de loco que de caballero, se queja el del Bosque del suyo pues porque cobre otro caballero el juicio, se hace el loco. De modo que queda al descubierto la farsa de los disfrazados personajes y sus ficticias enamoradas, objeto de sabrosos y humorísticos comentarios por parte de los escuderos, sin que falten las reflexiones sobre la  primacía de la locura sobre la discreción. Sobre esto último se destaca el sentido común de Sancho y su pragmatismo popular:

Mas si es verdad lo que comúnmente se dice, que el tener compañeros en los trabajos suele servir de alivio en ellos, con vuestra merced podré consolarme, pues sirve a otro amo tan tonto como el mío.

Sin embargo es la conversación entre los dos caballeros la que permite acceder a los artificios cervantinos y sus manipuladoras intenciones. Cuando el Caballero del Bosque afirma haber vencido a DQ y héchole confesar ser más hermosa su Casildea que su Dulcinea, se produce el choque entre dos  realidades ficcionales, una dentro de la otra: la realidad fingida de el del Bosque ante la realidad “vivida” de DQ, la imitación ante el original, la parodia ante el modelo.

A partir de aquí la aventura  se desarrolla dentro de esta dualidad, recurso que nos permite reflexionar sobre la inferioridad y mala fortuna de los remedos, incluido el del denostado Avellaneda. Todo resulta cómicamente paródico: la hiperbólica y quevedesca nariz del escudero, la ridícula y figura del caballero y su vestimenta de espejuelos y plumas multicolores, el gongorino y artificioso amanecer. El caballero del Bosque pasa a ser el Caballero de los Espejos, abatido, derrotado y humillado en el combate por  el auténtico y loco DQ, el personaje que es fiel a su  perfil literario y, por lo tanto, destinado a vencer a los grotescos remedos. Desvelada la mentira, el de los Espejos y su escudero, mohínos y malandantes, se apartaron de don Quijote y Sancho, con intención de buscar algún lugar donde bizmarle y entablarle las costillas.

Y no hay que olvidar cuán diferentes y opuestas son las actitudes de los dos caballeros, pues mientras DQ sigue con satisfacción su camino, Sansón Carrasco planea una venganza que será fuente de nuevas y futuras aventuras.
En el plano metaliterario  recordemos la relación entre los personajes de esta segunda parte y lo que conocen de la primera. Puesto que han leído el libro, se sienten con derecho a comentarlo o sintetizar lo que les conviene o interesa. Veamos los argumentos de el del Bosque  para convencer a DQ de que le conoció y venció:

- ¿Cómo no? -replicó el del Bosque- Por el cielo que nos cubre que peleé con don Quijote, y le vencí y rendí; y es un hombre alto de cuerpo, seco de rostro, estirado y avellanado de miembros, entrecano, la nariz aguileña y algo corva, de bigotes grandes, negros y caídos. Campea debajo del nombre de Caballero de la Triste Figura, y trae por escudero a un labrador llamado Sancho Panza; oprime el lomo y rige el freno de un famoso caballo llamado Rocinante, y, finalmente, tiene por señora de su voluntad a una tal Dulcinea del Toboso, llamada un tiempo Aldonza Lorenzo; como la mía, que, por llamarse Casildea y ser de la Andalucía, yo la llamo Casildea de Vandalia. Si todas estas señas no bastan para acreditar mi verdad, aquí está mi espada, que la hará dar crédito a la mesma incredulidad.



Encuentro con el Caballero del Verde Gabán

Frente a los capítulos anteriores, éstos discurren por plácidos y satisfactorios vericuetos. La alegría y felicidad de DQ por haber salido por primera vez tan bien parado de una aventura, no se truncan en ningún momento. Las charlas con Sancho discurren tranquilas sobre los habituales cauces de lo que es verdad e ilusión, y se resuelven, como es habitual, con el recurso de los encantadores que disfrazan la realidad y la hacen parecer lo que no es.

Mayor interés tiene su encuentro con don Diego de Miranda, viajero e hidalgo, cuyo aspecto y vestimenta justifican su sobrenombre. De nuevo, Cervantes, tras la voz de un narrador externo, evidencia su talento en la presentación y descripción del personaje:

En estas razones estaban cuando los alcanzó un hombre que detrás dellos por el mismo camino venía sobre una muy hermosa yegua tordilla, vestido con un gabán de paño fino verde, jironado de terciopelo leonado, con una montera del mismo terciopelo; el aderezo de la yegua era de campo, y el de la jineta asimismo de morado y verde. Traía un alfanje morisco pendiente de un ancho tahalí de verde y oro, y los borceguíes eran de la labor del tahalí; Las espuelas no eran doradas sino dadas con un barniz verde.

En cambio DQ se presenta a sí mismo en primera persona a la par que  enumera los principios que sustentan su carácter caballeresco. Orgulloso de su naturaleza literaria cuyo destino es seducir a los lectores, DQ  menciona con confianza la novela en que se compendian sus hazañas, de modo que los límites entre ficción y realidad se desdibujan y atenúan en un juego metaliterario que permite a los personajes desplazarse hacia otras realidades más allá de su particular idiosincrasia:


Salí de mi patria, empeñé mi hacienda, dejé mi regalo, y entrégueme en los brazos de la Fortuna, que me llevasen donde más fuese servida. Quise resucitar la ya muerta andante caballería, y ha muchos días que, tropezando aquí, cayendo allí, despeñándome acá y levantándome acullá, he cumplido gran parte de mi deseo, socorriendo viudas, amparando doncellas y favoreciendo casadas, huérfanos y pupilos, propio y natural oficio de caballeros andantes, y así, por mis valerosas, muchas y cristianas hazañas he merecido andar ya en estampa en casi todas y las más naciones del mundo. Treinta mil volúmenes se han impreso de mi historia, y lleva camino de imprimirse treinta mil veces de millares, si el cielo no lo remedia.

Obsérvese que el perfil de este DQ literario, que surge de los labios del DQ-personaje, lo es porque su discurso se ajusta a las convenciones librescas del género. Está más basado, pues, en lo leído y menos en lo narrado o “vivido” por el personaje, de forma que reproduce el canon del caballero concebido en la rigidez normativa propia de la caballería literaria. Así que este DQ, que toma conciencia de su naturaleza como personaje de libro, va creciendo en autonomía e independencia, pues se va alejando paulatinamente del DQ de la primera parte, tan vapuleado e incomprendido.

De esta manera se transforma en el observador de su propia historia y de la de los personajes que le rodean, va tomando distancia respecto a un contexto social del que se va sintiendo más despegado y lejano. Veremos cómo, a medida que el resto de personajes vaya aceptando el universo novelesco de DQ, lo interiorice e imite, este nuevo DQ se va retirando paulatinamente hacia otros espacios interiores y abstractos, donde lo que importa no es el carácter episódico de la historia sino las reflexiones que suscita. Es como si DQ se hubiera transformado en el esquema de sí mismo y se encontrara cómodo en ese limbo desde el que puede contemplar lo que sucede sin implicarse demasiado, como si el personaje estuviera migrando desde la esfera de la novela a la del mito:

Finalmente, por encerrarlo todo en breves palabras, o en una sola, digo que yo soy don Quijote de la Mancha, por otro nombre llamado el Caballero de la Triste Figura, y puesto que las propias alabanzas envilecen, esme forzoso decir yo también las mías, y esto se entiende cuando no se halla presente quien las diga; así que, señor gentilhombre, ni este caballo, esta lanza, ni este escudo ni escudero, ni todas juntas estas armas, ni la amarillez de mi rostro, ni mi atenuada flaqueza, os podrá admirar de aquí adelante, habiendo ya sabido quién soy y la profesión que hago.

El tiempo que DQ y Sancho pasan con el hidalgo de verde ropaje sirve para que ambos conversen sobre temas relacionados con la literatura. Los pensamientos de DQ sobre la poesía, exaltada en su carácter universal de verdad y belleza, contrastan  con el desprecio que le suscita el engreimiento de los poetas, ligados a vanidosas e inanes conductas. Asimismo vuelve nuestro caballero a disertar sobre los bienes de la andante caballería, resumidos en una especie de manifiesto o radiografía moral del caballero virtuoso (XVIII). En medio se intercala el episodio del intento de lucha de DQ y el león enjaulado, una secuencia llena de comicidad y talento narrativo. La forma de  mostrar el miedo de los testigos  ante la locura  de DQ y el modo en que se dosifica su angustia se evidencian en una tensión narrativa ascendente, que se  diluye en  el cómico anticlímax  de un final feliz.

Las bodas de Camacho

En los tres capítulos dedicados  a este conocido y popular festejo, el narrador inserta o interpola de nuevo  un relato sentimental en el que encontramos el habitual conflicto provocado por el triángulo amoroso: el rico Camacho, pretendiente de la hermosa Quiteria, la cual a su vez es enamorada del pobre Basilio. Lo más interesante de estos sucesos son las detalladas y bellas descripciones del ambiente festivo, las comitivas, ropajes y viandas que en ellas suelen  ofrecerse.

Compartimos como lectores la sabiduría cervantina sobre  celebraciones y gastronomía, y asistimos como testigos a las antitéticas conductas de caballero y escudero, en lo que se refiere a sus estímulos sensoriales. El comportamiento de DQ discurre por morosas y placenteras sensaciones,  provocadas por las alegres danzas de las doncellas, las carreras de los mozos o alegóricas representaciones teatrales sobre la lucha entre el Amor y el Interés. En cambio la felicidad de Sancho  proviene sobre todo de los olores y emanaciones de la abundante comida y bebida que se le ofrece, de forma que mientras las experiencias de DQ son más visuales, las de Sancho son más olfativas:

-De la parte desta enramada, si no me engaño, sale un tufo y olor harto más de torreznos asados que de juncos y tomillos; bodas que por tales olores comienzan, para mi santiguada que deben ser abundantes y generosas.

Del mismo modo en que ambos se distinguen por lo que perciben, se diferencian en los temas de sus discursos. DQ aprovecha la ocasión para reiterar sus ideas sobre el loco amor y las ventajas de un buen matrimonio, las armas y las letras, la fuerza y la destreza, todo ello asociado a la virtuosa orden de caballería. Mientras tanto Sancho hace el elogio y alabanza del dinero:

[…] bien boba fuera Quiteria en desechar las galas y las joyas que le debe de haber dado y le puede dar Camacho, por escoger el tirar de la barra y el jugar de la negra de Basilio. [...] Habilidades y gracias no son vendibles […]; pero cuando las tales gracias caen sobre quien tiene buen dinero, tal sea mi vida como ellas parecen. Sobre un buen cimiento se puede levantar un buen edificio, y el mejor cimiento y zanja en el mundo es el dinero.

El ingenio de Sancho y su talento para hilvanar dichos y refranes es reconocido por su amo en este fragmento sobre la Muerte, muestra que no nos resistimos a ofrecer, pues pone de manifiesto tanto la sabiduría popular del escudero  como la viveza de la pluma cervantina:

…no hay que fiar en la descamada, digo, en la muerte, la cual tanto come cordero como carnero; y a nuestro cura he oído decir que con igual pie pisaba las altas torres de los reyes como las humildes chozas de los pobres. Tiene esta señora más de poder que de melindre; no es nada asquerosa, de todo come y de todo hace, y de toda suerte de gentes, propiedades y preeminencias hinche sus alforjas. No es segador que duerma las siestas, que a todas horas siega, y corta así la seca como la verde yerba, y no parece que masca sino que engulle y traga cuanto se le pone delante, porque tiene hambre canina, que nunca se harta; y aunque no tiene barriga, da a entender que está hidrópica y sedienta de beber solas las vidas de cuantos viven, como quien se bebe un jarro de agua fría.

El final del conflicto amoroso (XXI) tiene a la vez un carácter teatral y burlesco, muy al gusto del tono cómico y apacible de las aventuras de esta Segunda Parte. La estratagema de la falsa muerte de Basilio y  su boda con Quiteria in articulo mortis se acercan más a la comedia de enredo que al relato sentimental. Esta fusión de géneros y  usos cierra el relato con un DQ que diserta sobre la felicidad matrimonial y un Sancho que se entristece por la pérdida del ansiado banquete junto con sus exquisitos y copiosos manjares.


La cueva de Montesinos: crítica literaria

Estos dos capítulos en que se narra la visita de DQ a la cueva de Montesinos contienen una de las más feroces críticas a las novelas de caballerías y a sus episodios más emblemáticos. El sarcasmo y la ironía de Cervantes calan hondo en personajes, sucesos y discursos. Cervantes se ceba en el ridículo primo del licenciado, acompañante y guía de los viajeros como paradigma del escritor necio y vanidoso, que investiga sobre  asuntos inútiles como si fueran importantes aportaciones a la humanidad. 

La parodia impregna a este personaje, émulo de la estupidez máxima, en su afán de componer libros[…] sobre quién fue el que tuvo el primer catarro en el mundo […] o el que primero se rascó en la cabeza, temas que interesan sobremanera a Sancho. Para rematarlo, este personaje es presentado como gran lector de novelas de caballerías, con lo que la demoledora misión de acabar con los malos libros queda consumada.

El descenso a la cueva de Montesinos y la alucinada narración de DQ es otro  golpe al género caballeresco y uno de los puntales de la parodia donde la socarronería del autor alcanza las más altas cotas  de la sátira.  La intención evidente es ridiculizar las imaginarias cuevas literarias habitadas por magos y encantadores, donde solían descansar los restos de los héroes y sus damas. La descripción responde al tópico de los fantásticos recintos de marmóreas y brillantes paredes, sede de amores imposibles como los de Tristán e Iseo. 

Todo ello, claro está, tamizado y aderezado con la chispa del humor cervantino, que en este caso tampoco deja títere con cabeza. Por eso el cuerpo de Durandarte  es de carnemomia, su corazón está  amojamado, y para colmo, su amada Belerna  aparece encarnada en la más cruel caricatura:

…venía una señora, que en la gravedad lo parecía, asimismo vestida de negro, con tocas blancas tan tendidas y largas que besaban la tierra. Su turbante era mayor dos veces que el mayor de alguna de las otras; era cejijunta y la nariz algo chata; la boca grande, pero colorados los labios; los dientes, que tal vez los descubría, mostraban ser ralos y no muy bien puestos, aunque eran blancos como unas peladas almendras; traía en las manos un lienzo delgado y entre él, a lo que pude divisar, un corazón de carnemomia, según venía de seco y amojamado.

Y lo mejor es que es el propio DQ el relator de tamaño disparate, ante los oídos maravillados pero escépticos de Sancho y quizá del primo. La hiperbólica y disparatada descripción de lo vivido o soñado en la cueva concluye con los consejos de Sancho a DQ sobre la conveniencia de olvidar tal locura y volver a tomar las riendas de su vida como caballero andante. Curiosamente Sancho parece ejercer de psiquiatra de su amo y, como tal, distingue dos clases de locura: la habitual e inofensiva de la orden caballeresca, aceptada e interiorizada por todos, y esta otra más subterránea, peligrosa y desconocida:

-En mala coyuntura y peor sazón y en aciago día bajó vuestra merced, caro patrón mío, al otro mundo y en mal punto se encontró con el señor Montesinos, que tal nos le ha vuelto. Bien se estaba vuestra merced acá arriba, con su entero juicio, tal cual Dios se le había dado, hablando sentencias y dando consejos a cada paso, y no agora, contando los mayores disparates que pueden imaginarse.

No deja de conmovernos la ternura de Sancho hacia su amo y su preocupación por su salud y  bienestar. Claro que su pragmatismo y suspicacia se despiertan cuando se entera de que DQ le ha dado cuatro reales a la fantasmal encarnación de Dulcinea, hecho que hace dudar al lector de la presunta inocencia de estos sucesos. Otro indicio de un posible enigma, destinado a ser desvelado en su momento, cuando el omnisciente narrador decida.

La crítica a las malas novelas de caballería se completa con el comentario del ficcional Cide Hamete (XXIV) sobre la falta de verosimilitud del episodio anterior y sus dudas sobre  la cordura de DQ, al que considera el más noble caballero […] incapaz de mentir. El supuesto autor se extraña de que tal aventura fuera verdadera, argumentando que las hasta aquí sucedidas han sido contingibles y verisímiles. Es decir, que también el Cide Hamete distingue, como Sancho, grados de locura. Lo que están cambiando las cosas: hasta el narrador se ha “quijotizado”. GB


miércoles, 29 de enero de 2014

CREMATORIO de Rafael Chirbes



COMENTARIO GENERAL (José Luis Vicent Marin)

Un rato puede ser inmensamente largo si eres capaz de describir todos los pensamientos que los atraviesa: mientras vas de casa a la parada del autobús puedes haber recorrido cien o doscientos metros, haber cruzado una o dos calles, haber saludado a una o dos personas, pero quizá en tu mente hayan sucedido muchas más cosas, quizá has pasado por decenas de meses o años, has recordado un sinfín de conversaciones o discusiones o incluso has planificado un trozo de futuro.
Una de las dificultades de este libro la encontré cuando empecé a tomar notas sobre él ya que su estructura laberíntica me impedía colocar las cosas ordenadamente cada vez que un personaje (y es así todo el libro) comienza a hablar de sí mismo y sobre todo de los demás.
Eso es al fin y al cabo lo que hacemos todos cada día, hablar poco sobre nosotros mismos y tal vez demasiado sobre los demás, lo que demuestra que el conocimiento propio es sumamente pobre comparado con el que creemos descubrir en el ajeno, aunque no sea así (cuando Rubén recuerda haber visto siendo niño a su padre llorando, asegura que nunca se conoce bien a nadie, ni siquiera a los que tenemos tan cerca).
También demuestra que la vida se construye a base de pensamientos: detrás de un hecho siempre hay una idea. Y  que valen tanto los que se apartan porque son molestos como los que se retienen gratamente.
La narración va y viene de un presente de un par de horas a un pasado de largos años y viceversa formando un conjunto finalmente comprensible.
Ese es el tiempo que emplea Rubén en su coche camino del tanatorio, o de Mónica contemplándose en el espejo, o de Silvia hacia y en el aeropuerto despidiendo a su hijo, o de Juan llegando a casa de Brouard, o de Collado con su cuerpo quemado en una cama del hospital.
La historia se construye en base al personaje que se acaba de morir, Matías, hermano de Rubén que es el eje de la novela. Es lo que solemos hacer, al revisar la vida que se pierde revisamos las que cuelgan a su alrededor, pero en realidad es la historia de muchos otros y puede decirse que trata de corrupción aunque tanto o más, de relaciones humanas, de odios, de divergencias ideológicas, o de enfermedades y muerte. Por todo ello pasa con la misma intensidad.
Por ejemplo, podemos decir que lo principal es la historia de amistad infantil o juvenil y su posterior separación ideológica (los hermanos Rubén y Matías y sus amigos Federico Brouard el escritor y Montoliu el pintor), pero también es la de Rubén con su hija Silvia siempre tan cerca de Matías y tan lejos de él. O la de su incondicional Collado que lo tuvo por su gran maestro, más que un padre, en el pedestal de la admiración y fidelidad. O la de él mismo como triunfador en la vida material pero gran fracasado en la sentimental, ahora como padre y antes como hijo ya que nunca sintió el calor de una madre autoritaria que jamás le cogió de la mano,  ni la de un padre más capacitado para cultivar amistades que para atender y cuidar de su entorno familiar.
También es la historia de la gran corrupción, especialmente urbanística, pero siendo socialmente importante, trascendental en la situación del país, lo lleva por el camino del hombre con ambición que simplemente se aprovecha de las ventajas – a menudo ilegales – que le brindan los políticos.


lunes, 13 de enero de 2014

Alice Munro, Mi vida querida

La vida tal como es

La lectura de la última obra de Alice Munro nos ha conmovido y asombrado. La escritora, Premio Nobel de Literatura 2013, desconocida hasta ahora para las personas que asistimos a este club de lectura, nos ha desvelado un universo literario tan sugerente como inquietante. La opinión general destaca la singularidad de sus relatos, muy alejada de lo que se entiende por cuento clásico o tradicional. Si bien este antiguo y difícil género ha evolucionado mucho desde sus orígenes, anclados en la oralidad y en la expresión de los conflictos colectivos, no deja de sorprender cómo el talento puede seguir innovando el arte de contar historias.

En general hemos observado que sus relatos configuran escenas de la vida cotidiana, pobladas por personajes corrientes que se desenvuelven con  una naturalidad propia de  aquellos que no se consideran extraordinarios. Puesto que sus historias no se ajustan a estructuras narrativas estandarizadas, el final abierto cierra el relato pero no la historia, que simplemente queda suspendida en unos hechos que nunca llegan. Esta apariencia de relato inacabado y el hecho de que los personajes no destaquen del conjunto -bien por su singularidad física o psicológica, bien por sus habituales actos- producen en el lector la sensación de estar contemplando un fragmento  de vida que ha sido trasladado al papel tal como es, sin  modificación alguna.
En otras ocasiones hemos comentado que algunos libros deben ser leídos muy despacio y muchas veces, porque lo interesante no es lo que los personajes hacen sino su forma de estar o existir. Y en este sentido, los libros de A. Munro, como la poesía, son muy contemplativos a pesar de ser parcos en descripciones. Más que parecerse a la vida, la muestran tal cual, como si una cámara cinematográfica hubiera registrado gestos y hechos sin seleccionar ni resaltar nada ni a nadie en especial.

Ese carácter documental de los cuentos que hemos leído se acentúa con el uso de un punto de vista distante y sutilmente irónico. La indudable y extrema sensación de objetividad derivada de tal actitud narradora se traduce en  un respeto por los personajes y sus conflictos, que fácilmente se podría confundir con indiferencia. Éstos parecen haberse  introducido casualmente en la historia con todo su bagaje de sueños, frustraciones y miserias, como si nadie los hubiera elegido o imaginado, como si nadie los hubiera creado o manipulado. De ahí que, habitualmente, los hechos narrados discurran en un tiempo no lineal ni cronológico, de modo que  las historias no arranquen necesariamente del principio, sino que comiencen en su mitad (in media res) con frecuentes retrospecciones y prospecciones temporales, como sucede en la vida, donde los actos y los recuerdos se alternan con los deseos.

Si bien los personajes de los relatos de Munro son sobre todo femeninos y es el universo de las mujeres, sus  crisis y fracasos, el que puebla sus historias, no podemos afirmar que ellas sean las protagonistas. Sus vidas sin relieve están tejidas con las de los demás, en una relación constante y necesaria para conformar la singular trama de estos cuentos, cuyos mundos parecen flotar en una inconsistencia que los hace leves y transparentes, como si la ausencia de  reglas argumentales se impusiera a la narración, que, falta de ataduras,  transcurre libre y fuera del control de su creadora.
Algunos hemos interpretado este rasgo como una forma de plantear la importancia del destino y sobre todo del azar en la existencia de las criaturas de A.Munro, pues ellas se limitan a gozar o sufrir con  su habitual naturalidad, sin  tomar las decisiones que les permitirían dirigir o  fiscalizar sus vidas. Ellas no controlan nada, simplemente las cosas les pasan. Y la voz narradora no ayuda a conformar ni ordenar la existencia de sus personajes, porque simplemente muestra lo que hay y nos permite acceder al interior de los hombres y mujeres que viven en  sus historias. 

Cuando leemos, contemplamos lo que les sucede, lo que hacen o sienten, pero nadie opina ni juzga. Da igual que el narrador sea externo (3ª persona) o interno (1ª persona), pues no hay una idea moral en los relatos de Munro. Sólo –y no es poco- seres vivos en su insignificancia intrascendente y a cuyo interior hemos tenido la suerte de acceder y el lujo de mirar, sentir y pensar.

Sin embargo, y a pesar del minimalismo narrativo de los cuentos de Munro, sentimos que las historias son reconocibles en un contexto cultural e histórico. Las alusiones a las guerras mundiales, las enfermedades incurables como la tuberculosis (Amundsen) o los personajes que sufrieron la polio, como Corrie. Y sobre todo, los avatares y dificultades que impregnan  una vida  en la que nos reconocemos. Pues a pesar de que la mayor parte de la obra de A. Munro se desarrolla en Canadá, tanto en los rurales y aislados Castairs como en las zonas urbanas de Toronto o Vancouver, nos sentimos cerca de las situaciones y lances que reflejan las transformaciones de un mundo cada vez más globalizado.

En cuanto a los temas, casi nada escapa a la mirada lúcida de Munro. La insatisfacción femenina y la recuperación del deseo  en la Greta  de Llegar a Japón, con un final deliciosamente irónico. La dureza de la vida en el frío de los aserraderos, donde el desconcierto juvenil de la anónima narradora se combina con el extravagante (o quizá lúcido) miedo al compromiso del doctor Alyster (Amundsen). Los cambios familiares y sociales vividos por Ray Elliot, testigo de la escabrosa vida de Leah, esa adolescente que aprende a vivir a través de las películas de los años 40 (Irse de Maberley). Terrible e inquietante el relato del posible suicidio de una niña atrapada por los usos y costumbres de uno padres hippies e irresponsables (Grava). Muy irónico es el relato Santuario, con sus sarcásticos comentarios sobre las religiones, en voz de la narradora. La desaparición de una clase social  de ricos empresarios, cuya prole se ahoga en su propia incapacidad para vivir, queda documentada en Orgullo. Los amantes poco clandestinos y muy chantajeados de Corrie, uno de los relatos con un final más contundente en cuanto a dejar constancia de la avaricia de los hombres. La necesidad compulsiva de huir que sufre, con serenidad envidiable, Jackson, un personaje que ha seducido a muchos lectores (Tren). Las erráticas pesquisas de una anciana senil y el mundo tal como lo ve y que nos permite compartir (A la vista del lago). Personas mayores y entrañables en la vitalidad sentimental que muestran, en el último de los relatos: Dolly.

Una gran variedad de personajes y vivencias que configuran el rico universo literario de A. Munro. Los  cuatro relatos agrupados en Finale “no son exactamente cuentos”, como dice su autora. Constituyen una especie de testimonio íntimo y relativamente autobiográfico de la “propia vida”. Narrados en primera persona, nos remiten a un paisaje rural y de costumbres pueblerinas, en las que se descubren la muerte, el sexo y el terror  ante algo tan incomprensible como el asesinato. Todo un mundo de asombro y aprendizaje que remite a las más entrañables y duras experiencias de la existencia de los seres humanos.

Confieso que Munro me ha enamorado y me ha hecho adicta. Como la estoy leyendo hacia atrás (voy por los años 90) voy encontrando claves y señales que me hacen comprender mejor lo más reciente. Creo que, cuando acabe este experimento lector, comenzaré de nuevo en  el orden cronológico, pues  no me canso. Se han quedado fuera muchos matices, muchas observaciones, pero para eso están vuestros comentarios, que todos esperamos. Hay mucho de lo que hablar. 

Lo que queda es la percepción de esa misteriosa atmósfera que vuela entre las palabras, esa energía que emerge del vacío de lo invisible: la magia y el placer de la literatura de verdad. GB


domingo, 12 de enero de 2014

2ª PARTE, CAPÍTULOS I-XII







Cápítulos I-XII

El prólogo

Nos adentramos en la lectura de esta Segunda Parte del Ingenioso Caballero Don Quixote de la Mancha, publicada en 1605, diez años después de la Primera. Ya en el Prólogo al lector nos reencontramos con la fina ironía cervantina, al defenderse de los vituperios y agravios, recibidos del más polémico de sus contemporáneos, el autor de El Quijote de Avellaneda. Haciendo gala de la elegancia del indiferente opta por no responder a las injurias del que llama "el asno, el mentecato y el atrevido", aunque no deja pasar las burlas sobre su manquedad, insistiendo en el origen heroico de la misma y en la nobleza del oficio de soldado. Tras hacer sarcástica ostentación de su pobreza y de la naturalidad con que la fama premia las obras ingeniosas, nos ofrece continuar las aventuras de nuestro caballero:

"...te doy a don Quijote dilatado, y, finalmente, muerto y sepultado, porque ninguno se atreva a levantarle  nuevos testimonios..."

 Así, el autor rescata a sus criaturas literarias de falsas imitaciones, restituyéndolas al universo ficcional al que pertenecen.

Capítulos I-VII: Conversaciones literarias

Los primeros siete capítulos transcurren en la aldea, donde DQ se recupera de las heridas y contusiones, recibidas en su última aventura con los disciplinantes. En estos capítulos todo gira alrededor de las conversaciones y charlas que unos mantienen con otros: el ama y la sobrina con DQ y Sancho, el cura y el barbero con DQ, y éste a su vez con el bachiller Sansón Carrasco. También Sancho conversa y discute con su mujer, Teresa Panza, de modo que todos hablan con todos durante los siete u ocho días necesarios para la recuperación de DQ,hasta la preparación de su tercera salida, que tendrá lugar en el capítulo VIII.

El mayor interés de estos capítulos estriba en el tema de las charlas que mantienen los personajes, y que singulariza esta Segunda Parte como un comentario de la primera. Los personajes cobran conciencia de su propia realidad, saben que son famosos y literarios, y toman las riendas de sus actos y sus palabras. De esta forma los personajes de la Segunda Parte parecen más "reales" y los de las primeras más ficcionales. 

Esta ilusión de un doble plano realidad-ficción, es uno de los logros más innovadores de la novela y uno de los  puntales de su carácter metaliterario. En la medida en que DQ y Sancho son personajes ya construidos y definidos, su función no será la de transformar la realidad literaria sino comentarla. Los encargados de llevar adelante la narración serán el resto de personajes, capitaneados por sansón Carrasco y su ocurrencia de disfrazarse también de caballero que emula las hazañas quijotescas. Mientras los que rodean a DQ se quijotizan desempeñando el papel de locos vulgares, el modelo, el loco genial, reflexiona sobre sí mismo y sobre su naturaleza.

Así que estos capítulos abordan algunos temas ya conocidos como el elogio de la caballería andante (I), las diferencias entre héroes históricos y literarios, o la clasificación de los caballeros y su evolución en la vida(VI). Estos asuntos pertenecen al discurso enloquecido de DQ, que con sospechosa ironía intercala comentarios unas veces jocosos y otras muy razonables sobre los salarios de los escuderos (que él no quiere pagar) y el papel de Sancho como gobernador. En este sentido llaman la atención las descripciones de Amadís, Roldán y Angélica, que aparecen en la voz de DQ como personas cercanas a su propio entorno, por lo que se refiere a ellas con términos coloquiales y nada idealizados:

" vi a Amadís de Gaula, que era hombre alto de cuerpo, blanco de rostro, bien puesto de barba, aunque negra, de vista entre blanda y rigurosa, corto de razones, tardo en airarse y presto en deponer la ira.."

Roldán... ancho de rostro, de color bermejo, los ojos bailadores y algo saltados, puntoso y colérico en demasía, amigo de ladrones y de gente perdida"

Angélica...fue una doncella distraída, andariega y algo antojadiza, y tan lleno dejó el mundo de sus impertinencias como de la fama de su hermosura"

Como se ve, habla de ellos como si los conociera de toda la vida, como sus iguales, lo que en el fondo es cierto ya que todos viven en el mismo mundo.

En el capítulo II se afianza la interdependencia y complementariedad entre DQ y Sancho, pero también se realiza la primera incursión metaliteraria, ya que Sancho da noticia del libro en que se cuentan las aventuras de ambos, las opiniones sobre los personajes y sobre el autor de la novela. Más adelante, DQ se lamenta del origen morisco del Cide Hamete Benengeli, expresando así los sabidos prejuicios cervantinos sobre esta cultura (III) y sus supuestos defectos.

Los comentarios sobre el libro, sus críticos y sus lectores son trasladados por Sansón Carrasco que, como alter ego de Cervantes, no regatea elogios sobre la claridad y al verosimilitud de la novela, su amplia difusión y sus muchas traducciones. Hasta Sancho  comenta y corrige  sus hazañas y los supuestos fallos  de la Primera Parte, a instancias de Sansón Carrasco. Como es de suponer, sus rectificaciones constituyen una materia sustanciosa de la comicidad de la novela (IV).

Otro aspecto interesante es la evolución de Sancho y su comportamiento ante su mujer. Como DQ, intenta  atraer a Teresa  hacia la causa caballeresca, aunque ésta no se deja convencer. De esta forma, Sancho se desplaza hacia  el lugar ficcional e idealizado correspondiente a DQ, ya que el personaje de su esposa se ha apropiado del espacio materialista y real, que antes le pertenecía.  

Capítulos VIII-XII: comienza la aventura

En su tercera salida hacia el Toboso para honrar a Dulcinea, las cabalgaduras conducen a los protagonistas hacia el pueblo donde DQ espera que Sancho le muestre el palacio de su amada. Como esto no es posible ya que Sancho mintió a su amo sobre su anterior visita, dan vueltas y vueltas por las calles y plazas para dar otra vez con la iglesia, lo que lleva a DQ a pronunciar su conocida frase "Con la iglesia hemos dado, Sancho" (IX). Esta expresión, que sintetiza la confusión y la desorientación meramente geográfica de los personajes, ha adquirido con el tiempo otras connotaciones y significados relativos a otros poderes más divinos que humanos.



La única salida posible del enredo en que se encuentra Sancho  es ampliar y consolidar la mentira para que la ficción  y el relato continúen. Sancho toma las riendas  de la narración haciendo creer a su amo que las tres labradoras del camino son Dulcinea y sus damas. El truco del encantamiento, que Sancho ha interiorizado con astucia, invierte los papeles del caballero y el escudero. Mientras Sancho se expresa con las más exquisitas palabras para elogiar la belleza sin par de la dama, DQ se lamenta de no poder  disfrutar de tal beldad en virtud del maldito encantador que le atormenta (X). 

Se trata de un deslizamiento en la función de los personajes, fruto de la dialéctica de las fuerzas narrativas que definen esta genial novela. Como en el capítulo anterior, los personajes intercambian sus roles en función del equilibrio del relato y sus reglas. El contraste también contribuye a crear una atmósfera de humor y comicidad, esenciales tanto para la crítica como para la amenidad de la obra.

Hemos de destacar dos fragmentos especiales por la sensibilidad, belleza o humor de su discurso. Uno de ellos es el parlamento donde DQ instruye a Sancho para que observe e interprete los gestos de Dulcinea. Este fragmento es casi un tratado de  análisis psicológico de la conducta:

"Ten memoria y no se te pase de ella cómo te recibe: si muda las colores el tiempo que le estuvieres dando mi embajada; si se desasosiega y turba oyendo mi nombre; si no cabe en la almohada, si acaso la hallas sentada en el estrado rico de su autoridad; y si está en pie, si se pone ahora sobre el uno, ahora sobre el otro pie; si te repite la respuesta que te diere dos o tres veces; si la muda de blanda en áspera, de acceda en amorosa; si levanta la mano al cabello para componerle aunque no esté desordenado; finalmente, hijo, mira todas sus acciones y movimientos, porque si tú me los relatares como ellos fueren, sacaré yo lo que ella tiene escondido en lo secreto de su corazón"

El otro fragmento, también en el capítulo X, es el soliloquio de Sancho, que habla consigo mismo mientras reflexiona, desesperado, sobre la imposible misión de encontrar a Dulcinea y su morada. Dada la extensión de este monólogo tan interesante como sarcástico, reproducimos sólo el comienzo:

"-Sepamos agora, hermano Sancho, adónde va vuesa merced. ¿Va a buscar algún jumento que se le haya perdido? -No, por cierto.-Pues, ¿qué va a buscar? -Voy a buscar, como quien no dice nada,  a una princesa, y en ella al sol de la hermosura y todo el cielo junto. [...] -Y bien, ¿de parte de quién la vais a buscar? -De parte del famoso caballero Don Quijote de la Mancha, que desface los tuertos, y da de comer al que ha sed y beber al que ha hambre...

En el capítulo XI, el encuentro de nuestros protagonistas con un grupo de cómicos ataviados con los disfraces de los personajes del auto Las Cortes de la Muerte, no solamente permite al lector conocer los usos y costumbres de estas compañías itinerantes y sus pícaros comportamientos, sino que da pie para que DQ diserte sobre la gran comedia del mundo y sus hipócritas fingimientos. La prudencia y discreción con que ambos finalizan esta aventura, pone de manifiesto la madurez de los dos protagonistas y su nuevo carácter más reflexivo y menos impetuoso.



La oportuna aparición del misterioso Caballero del Bosque y su quejumbroso discurso darán lugar a nuevas aventuras tanto para los señores como para los escuderos (XII). Pero eso lo veremos en los siguientes capítulos. GB



domingo, 9 de junio de 2013

Lo que leemos

Aquí podemos añadir los títulos de los libros que consideramos interesantes. Por ejemplo,  para  este verano, algunos que ya se recomendaron el año pasado:





Las correciones, de Jonathan Franzer



Yo confieso, de Jaume Cabré


Crematorio, de Rafael Chirbes




En la orilla, de Rafael Chirbes 





Ven y dime  cómo vives, de Agatha Christie





Tierra   desacostumbrada, de Jhumpa Lahiri  






Leer siempre:


Las novelas de Petros Markaris, Dona León, etc..., muy  entretenidas

Releer, os sorprenderéis, pues no son  relatos para niños, como nos hizo creer Walt Disney, ese "gran corruptor de menores" según Rafael Sanchez Ferlosio:

Los viajes de Gulliver, de Jonathan  Swift

Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll.






Maestros antiguos, de Thomas Bernhard






Muerte de una heroína roja

 LA NOVELA NEGRA CHINA

Muerte de una heroína roja es una de las novelas del escritor chino afincado en Washington, Qiu Xiaolong. Hemos elegido esta obra para poner punto final a nuestro club de lectura, con una historia más ligera. Tras las cuatro novelas relacionadas con el tema  de este año, “El viaje como metáfora de la vida”, necesitábamos una lectura entretenida, sencilla y asequible a la mayoría de los miembros del club. Hay que tener en cuenta que las cuatro novelas de este año han supuesto un esfuerzo para muchos de nosotros, debido a su complejidad temática, su lenguaje  y su  dificultad formal. Sin duda, la más complicada ha sido Lord Jim, de Conrad, pero también pensamos que ha sido la más sugerente e interesante, por lo que quizá alguien se anime a leerla o releerla con  otra perspectiva.

Con la lectura de Muerte de una heroína roja nos hemos acercado a un género que conocemos bien: la novela negra actual. Este autor nos ha parecido interesante, no tanto por la trama criminal que investigan el inspector Chen y su ayudante el agente Yu, sino por el contexto en que se desarrolla la historia. La  aparición del cadáver de una mujer que ha sido modelo de conducta en la China socialista, pone en marcha una maquinaria investigadora que abarca desde los más altos funcionarios del partido hasta los protagonistas del despertar capitalista en la China actual. Todo un universo de personajes y situaciones, que muestran al lector cómo es la sociedad del Shangai moderno, con sus casas colectivas, sus calles abarrotadas de gente y puestos ambulantes de comida, sus  mercados, sus comercios, parques y bibliotecas.

La historia desvela los entresijos de la política de partido, el poder emergente de los nuevos ricos y las mafias relacionadas con la construcción y otros negocios avalados por  funcionarios corruptos. Como en la novela negra clásica, se confunden las instancias más altas con el hampa  siempre inmune al imperio de la ley. Pero el desarrollo del argumento y el descubrimiento del delito es más amable que en el género original, con un detective que es  funcionario del estado y también poeta, un pensador con algo de filósofo. Situado en una cómoda ambigüedad, el inspector Chen recorre el camino que le conduce a su indagación a la par que escribe poesía o realiza una investigación literaria. Sus reflexiones están salpicadas de aforismos poéticos de los escritores clásicos y contemporáneos de la literatura china, lo que hace muy agradable y sensitiva la lectura de las novelas de Xiaolong.


También resultan nuevos y sugerentes para el lector occidental los nombres de las calles y lugares, así como el vocabulario específico de objetos, sentimientos y situaciones propios de una cultura que le resulta aún exótica y lejana. A todas estas particularidades hay que añadir la crítica política, no sólo la propia de un sistema excesivamente jerarquizado y autoritario, sino la de épocas pasadas, como la revolución roja de los años 40, y  el movimiento maoísta posterior, a la que se añade la incertidumbre por la irrupción de la economía de mercado de la actualidad. Así que concluimos que esta novela nos ofrece un mosaico de temas que forman el telón de fondo de la trama policiaca, lo que resulta agradable de leer al tiempo que instructivo y motivador. Una lectura fácil y entretenida, que, junto a la última novela de Petros Márkaris, Liquidación final, nos ha alegrado la última sesión del club. GB.

Quijote capítulos 38-52

Quijote 38-52

Estos quince capítulos narran el final de las aventuras de DQ y Sancho. Culminan con el regreso a la aldea, de la que salieron al comienzo de  esta primera parte de la novela, en busca de  lances caballerescos  así como de los obligados méritos en honor a su imaginaria e ideal dama. El capítulo 38 contiene la continuación del discurso sobre las armas y las letras iniciado en el capítulo anterior. Con esta exposición, que sale de la boca de un DQ tan coherente como ingenioso, rinde Cervantes tributo a un discurso argumentativo de  raíces clásicas, muy arraigado en la tradición cultural y literaria española. Se trata de los diálogos, disputas  o debates donde se contrastaban y comparaban las virtudes y defectos de diferentes menesteres o cometidos, actitudes o creencias. A la conocida y popular disputa  sobre las bondades amatorias del caballero y del clérigo, se suma ahora la que confronta las ventajas del oficio del soldado con las del hombre de letras.

Caricaturas de uno y otro aparte, el argumento por el que nuestro caballero  defiende el trabajo del soldado, se funda en la afirmación de que la profesión de las armas exige tanta o más inteligencia y  entendimiento para tener éxito en las artes de la guerra, que la que usan aquellos que sólo ejercitan el espíritu. Además –dice DQ- el soldado es más sacrificado y generoso que el licenciado, pues la miseria de su paga, que viene tarde o nunca, es proporcional a los premios que recibe, también escasos. A estas razones  valedoras de la profesión militar, añade el orador una apasionada defensa de las armas como garantes de la paz y de la elaboración y cumplimiento de las leyes, si bien nos llama la atención sobre los peligros de la artillería y de la guerra en el mar, que tanto bienes y vidas sacrifica. Claro que DQ es parte interesada en sus conclusiones pues, como buen caballero andante, manifiesta su temor de que las nuevas armas  le resten méritos:

…todavía me pone recelo pensar si la pólvora y el estaño me han de quitar la ocasión de hacerme famoso y conocido por el valor de mi brazo y filos de mi espada, por todo lo descubierto de la tierra.

Tanto en este alegato como en la interpolación de la historia del cautivo y su enamorada Zoraida (capítulos 39-41) proyecta Cervantes su experiencia militar y marinera.  Los viajes del soldado cautivo por el Mediterráneo dan fe del conocimiento que el autor tenía de la geografía, las costumbres y la historia de su tiempo. La biografía del pirata Uchalí Farfax es el complemento de un universo social plagado de renegados, conversos de conveniencia, cautivos y pícaros, que constituyen un mosaico de gentes y vidas   emanadas de la tradición de los romances y relatos moriscos.

La emoción fácil y el llanto sin tasa que adornan este género novelesco tienen su continuidad en la historia del enamorado don Luis, disfrazado de mozo de mulas para ir tras su amada, la hija del oidor, que también se aloja en la venta. El desenlace de esta historia de amor tiene lugar en el capítulo 44, tras muchas lágrimas y gemidos, cuando todos los enredos se deshacen, y el final feliz reúne a cada amante con su amada y los problemas se resuelven favorablemente para todos y todas. Este género narrativo exigía que el relato estuviera plagado de sufridas huerfanitas y desinteresados o generosos varones prontos al rescate amoroso de las destinatarias de sus favores. El almibarado comportamiento de los personajes, delicia de un público femenino y poco ilustrado, era un tópico necesario y conveniente  para este género novelesco cercano a lo romántico y sentimental.

No podemos olvidar el juego entre lo real y ficcional, esencia de la novela cervantina, pues mientras los viajeros cuentan sus historias, el cura y el barbero junto al resto de personajes, representan sus papeles como escolta del andante caballero y su escudero, en busca de micomiconas aventuras y dignos trofeos. En esta historia donde los personajes fingen ser otros para dar gusto a DQ en el seguimiento de su engaño, se produce ese fenómeno que algunos han llamado quijotización, necesario  para que los personajes de una ficción formen parte de la historia. Así que la increíble falta de verosimilitud de los relatos interpolados, plagados de tramas inconcebibles y prodigiosas casualidades, hace que la disparatada conducta de DQ resulte más  coherente y creíble que la de los artificiosos personajes de la novela morisca o sentimental.

Inversión y contraste en este alarde de habilidades  narrativas de Cervantes que, además de desmontar los componentes del relato para dar una lección metaliteraria a los lectores atentos, exhibe un muestrario de géneros que evidencian su talento. Tampoco olvidamos la comicidad por  contraste y acumulación, en estos capítulos, en los que un amoscado DQ manifiesta su preocupación por la escasa atención que le prestan aquellos que le rodean, más atentos a las vicisitudes de los azarosos acontecimientos de cautivos y enamorados, que a su caballeresca misión.

La decisión de DQ de velar el descanso de las supuestas damas bajo el ventanuco de la venta, y la broma de Maritornes atando a Rocinante, dan con los huesos de DQ en el suelo, cuando las cabalgaduras de los huéspedes olfatean los efluvios del rocín. Esta situación cómica sirve de contrapunto a tanta aflicción y sufrimiento, pues DQ no osaba hacer movimiento alguno, y no pudiendo soltarse, recurre al truco del encantamiento, comodín que explica todas sus desventuras. La voz narradora que conduce el relato pone de manifiesto la rabia y frustración del caballero mediante una enfática acumulación de anáforas, recurso de intensificación que humaniza al disparatado personaje atribuyéndole, paradójicamente, una conducta más cercana a lo real que a lo ficticio:

Allí fue el desear de la espada de Amadís, contra quien no tenía fuerza de encantamiento alguno; allí fue el maldecir de su fortuna; allí fue el exagerar la falta que haría al mundo el tiempo que allí estuviese encantado, que sin duda alguna se había creído que lo estaba; allí fue el acordarse de su querida Dulcinea del Toboso; allí fue el llamar a su buen escudero Sancho Panza, que, sepultado en sueño y tendido en el albarda de su jumento, no se acordaba en aquel instante de la madre que lo había parido…[…] allí..[…] allí… y finalmente, allí le tomó la mañana, tan desesperado y confuso que bramaba como un toro…

Otra escena cómica tiene lugar en los capítulos 44 y 45 cuando la discusión entre don Luis y sus criados se  simultanea con la pelea del ventero con los huéspedes que se marchan sin pagar. Mientras tanto, Sancho, sumido en su ficcional disparate, se enfrenta al barbero por la bacía que es yelmo o el yelmo que es bacía.  Al final todos pelean con todos y cada vez se suman más personajes a la trifulca, en  tal número y cantidad de gente, que recuerda a la secuencia del camarote de los hermanos Marx, salvando las distancias, claro. La descripción de la pelea es excelente en su expresiva y dramática vivacidad, por lo que no nos resistimos a transcribirla:

Los criados de don Luis rodearon a don Luis, porque con el alboroto no se les fuese; El barbero, viendo la casa revuelta, tornó a asir de su albarda, y lo mismo hizo Sancho. Don Quijote puso mano a su espada y arremetió a los cuadrilleros. Don Luis daba voces a sus criados, que le dejasen a él y acorriesen a don Quijote, y a Cardenio, y a don Fernando, que todos favorecían a don Quijote. El cura daba voces, la ventera gritaba, su hija se afligía, maritornes lloraba, Dorotea estaba confusa, Luscinda suspensa y doña Clara desmayada. El barbero aporreaba a Sancho, Sancho molía al barbero; don Luis, a quien un criado suyo se atrevió a asirle del brazo, porque no se fuese, le dio una puñada que le bañó los dientes en sangre; el oidor le defendía; don Fernando tenía debajo de sus pies a un cuadrillero, midiéndole el cuerpo con ellos muy a su sabor; el ventero tornó a reforzar la voz, pidiendo favor a la Santa Hermandad: de modo que toda la venta era llantos, voces, gritos, confusiones, temores, sobresaltos, desgracias, cuchilladas, mojicones, palos, coces y efusión de sangre.

En este punto de la historia, Cervantes hace reaccionar a su criatura literaria con un comportamiento paradójicamente ambiguo, pues es el loco el que pone cordura y orden en la refriega, finalizando el capítulo con un excelente e idealizado discurso sobre la auténtica justicia de la andante caballería. Los oyentes, entre  los que se incluyen los miembros de la Santa Hermandad que portan la orden escrita  para detener al caballero, se quedan con las ganas gracias al engañoso complot  que traman el resto de personajes. Parten hacia la aldea, tan contentos con la representación de un engaño tan loco como el de DQ.

Los siguientes capítulos relatan la salida de la venta y las conversaciones que unos y otros mantienen por los caminos que llevan a la aldea, donde acabarán el viaje y esta primera parte de la novela. Llenas de humor son las pláticas entre DQ y su escudero, contraponiendo como viene siendo habitual el idealismo ficcional del caballero  al realismo acomodaticio de Sancho. Así, los besos de don Fernando a su amada Dorotea, el olor que aquel desprende…, todo es resultado de maléficos encantamientos y desatinos novelescos. Hay que añadir que, inmersos en el engaño ficción al, los personajes se comportan y hablan con el pulido y parodiado lenguaje de la vieja caballería andante, como sucede con el discurso de despedida del barbero, lleno de cómicos augurios y referencias librescas.

Muy interesante es la conversación que mantienen el canónigo y el cura en este capítulo y  los siguientes sobre los libros y el arte de las comedias, pues de nuevo se filtra el juicio cervantino en los parlamentos de estos dos personajes. Respecto a los libros de caballería, reiteran ambos el peligro de que los lectores confundan ficción y realidad, y así pierdan el seso. Por el contrario, defienden las buenas novelas que, según ellos dicen, deben ser ficciones verosímiles y que cuenten historias bien cohesionadas que sirvan de entretenimiento, sin descuidar el provecho y el estilo digno. Se elogian aquí las bellas descripciones de la naturaleza y otros espacios, los personajes nobles como los héroes clásicos, y sus ejemplares hechos; todo ello adornado por un arte de narrar que aproxime el relato a lo verdadero.

-Y siendo esto hecho con apacibilidad de estilo y con ingeniosa invención, que tire lo más que fuere posible a la verdad, sin duda compondrá una tela de varios y hermosos lazos tejida, que después de acabada, tal perfección y hermosura muestre, que consiga el fin mejor que se pretende en los escritos, que es enseñar y deleitar conjuntamente, como ya tengo dicho. Porque la escritura desatada destos libros  da lugar a que el autor pueda mostrarse épico, lírico, trágico, cómico, con todas aquellas partes que encierran en sí las dulcísimas y agradables ciencias de la poesía y la oratoria; que la épica también puede escribirse tanto en prosa como en verso.

Este discurso metaliterario, muestra del gusto por la tradición y la modernidad del autor de El Quijote, se completa con una profunda y clara reflexión sobre la influencia del público en la calidad de las obras literarias, que nada envidia al debate actual sobre los contenidos de la TV o de otros medios. Afirma el canónigo, ese alter ego de Cervantes, que a los ignorantes les gustan los disparates y a los sabios la verdad, de tal forma que los buenos libros agradan a unos pocos, y los malos son los más populares. Las palabras del cura trasladan la crítica a la falta de verosimilitud de las comedias contemporáneas a Cervantes, y eximen de la culpa a los autores, pues son los que comercian con el arte los que han convertido las obras en mercadería vendible. Elogia, por el contrario, las buenas virtudes de la comedia sustentada en el respeto y aplicación de la regla de las tres unidades, de tiempo, espacio y acción, como no podía ser de otro modo. Y así como se lamenta de que, por dineros, haya tan malas obras publicadas, mientras otras buenas duerman en el cajón, afirma que debía haber una autoridad que controlara la calidad de lo que se publica. Más moderno, actual y universal, imposible.

Y entre humorísticas y sutiles pláticas discurren los dos últimos capítulos de la primera parte de El Quijote, en las que el caballero argumenta sobre la verdad de su encantamiento, ante el escepticismo burlón de Sancho. Así que entre los dislates de DQ, que da igual valor a los héroes históricos que a los librescos, y sus lúcidos argumentos para defender la necesidad de la fantasía y la ilusión en nuestras vidas, se contagia Sancho de tal modo que también discursea sobre el placer de ver sus deseos realizados:

-No sé esas filosofías –respondió Sancho Panza- mas yo sólo sé que tan presto tuviese yo el condado como sabría regille; que tanta alma tengo yo como otro, y tanto cuerpo como el que más, y tan rey sería yo de mi estado como cada uno del suyo; y siéndolo haría lo que quisiese; y haciendo lo que quisiese haría mi gusto; y haciendo mi gusto estaría contento; y en estando contento no tiene más que desear, acabóse, y el estado venga, y a Dios y veámonos, como dijo un ciego a otro.

Como siempre, Sancho adapta las ideas de DQ a su realidad y a sus intereses, y tan contento. Tras encontrar  a un cabrero que vaga por los montes con su cabra, éste les relata su historia de amores fallidos con la hermosa Leandra. Esta nueva interpolación es otro relato sentimental en el que los amantes se disfrazan de pastores para llorar en la naturaleza sus fracasos. Pero el encuentro acaba mal al arremeter DQ contra el cabrero, primero y contra una procesión de disciplinantes, después. Tras muchos y cómicos revolcones, puñadas y golpes, entran todos en la  aldea ante el asombro de sus habitantes y el llanto de las mujeres que cuidaban a DQ. Pues allí se renovaron las maldiciones de los libros de caballerías; allí pidieron al cielo que confundiese en el centro del abismo a los autores de tantas mentiras y disparates.

Destacamos aquí el planto de Sancho ante un DQ caído y maltrecho, al que cree muerto. Toda una parodia de estas elegías, que evidencia hasta qué punto Sancho se ha contagiado de los sentimientos y del lenguaje  de su amo:

-¡Oh flor de la caballería, que con sólo un garrotazo acabaste la carrera de tus bien gastados años! ¡Oh honra de tu linaje, honor y gloria de toda la Mancha, y aún de todo el mundo, el cual faltando tú en él, quedará lleno de malhechores, sin temor de ser castigados de sus malas fechorías!  ¡Oh liberal sobre todos los Alejandros, pues por solos ocho meses de servicio me tenías dada la mejor ínsula que el mar ciñe y rodea! ¡Oh humilde con los soberbios y arrogante con los humildes, acometedor de peligros, sufridor de afrentas, enamorado sin causa, imitador de los buenos, azote de los malos, enemigo de los ruines, en fin, caballero andante, que es todo lo que decir se puede!

Pone fin al capítulo la voz indirecta del narrador, que, en nombre del autor,  cierra esta parte y promete una tercera salida de DQ y nuevas aventuras, y pide a los lectores que den a su historia el mismo crédito que suelen dar los discretos a los libros de caballería. Cierran esta primera parte un conjunto de sonetos y poemas satíricos, similares a los del inicio y tan imaginarios y disparatados como los primeros. Versos encontrados en unos supuestos pergaminos guardados en una misteriosa y conveniente caja hallada en las ruinas de una ermita. Ofrecemos una muestra del último de ellos, junto con la invitación a leer el resto, con diversión asegurada:

De Tiquitoc, académico de Argamasilla,
En la sepultura de Dulcinea del Toboso

Epitafio

Reposa aquí Dulcinea;
y, aunque de carnes rolliza,
la volvió en polvo y ceniza
la muerte espantable y fea.
Fue  de castiza ralea
y tuvo asomos de dama;
del gran Quijote fue llama,
y fue gloria de su aldea.


GB

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