domingo, 5 de mayo de 2013

Quijote: capítulos 28-37


Quijote, capítulos 28-37

Se inicia la cuarta parte de la novela con el capítulo 28, en el que el narrador, consciente de lo divertida que resulta su historia, elogia a su personaje y comenta su obra, así como los relatos insertados. Pues afirma que en aquellos tiempos -de crisis, como ahora- eran necesarios “alegres entretenimientos, no sólo de la dulzura de la verdadera historia, sino de los cuentos y episodios della, que, en parte no son menos agradables y artificiosos y verdaderos que la misma historia”
  
Por eso los capítulos 28 y 29 giran alrededor del relato de Dorotea, a la que descubren en el monte mientras se lava los pies en un arroyo, quedando todos – “el cura y los que con él estaban”- deslumbrados por la blancura de sus piernas “de blanco alabastro”.El retrato de Dorotea se ajusta al canon de belleza femenino, con las pertinentes y habituales exageraciones:

“Los luengos y rubios cabellos no sólo le cubrieron las espaldas, mas toda en torno la escondieron debajo de ellos, que si no eran los pies, ninguna otra cosa de su cuerpo se parecía; tales y tantos eran. En esto les sirvió de peine unas manos, que si los pies en el agua habían parecido pedazos de cristal, las manos en los cabellos semejaban pedazos de apretada nieve”

Esta interpolación, el relato de Dorotea, es un reconocimiento de la fuerza de este personaje femenino. Su discurso en primera persona defendiendo el derecho de la hidalguía al honor y a la honra, pese a la desigualdad de clase, reproduce  los  valores que sustentan la comedia lopesca y barroca. La narración de la historia de Dorotea atrapa la atención de los que la escuchan por su amenidad basada en un uso magistral de la tensión narrativa. La aparición del personaje de don Fernando articula este relato con el de Cardenio y Luscinda, con lo que todo queda bien atado y las tramas mezcladas. Además Dorotea reflexiona sobre las convenciones sociales, los matrimonios desiguales y la independencia de la mujer justa e ilustrada.  Además queda en evidencia la lujuria masculina, pues todos los hombres que conocen o ayudan a Dorotea en su huida acaban deseando  sus favores. Sólo su firmeza y valor la libran de ese destino y la conducen a una vida pastoril alejada de un mundo amenazante. 

Estos capítulos también son una muestra del perspectivismo cervantino, pues el lector conoce la triste historia de Cardenio desde otro punto de vista. Otros ejemplos de este recurso los encontramos en la aparición de personajes “salvados” anteriormente por DQ. El relato que hace el cura del desafortunado asalto y liberación de los galeotes pone en evidencia tanto el diferente punto de vista como la lucidez de DQ al disimular avergonzado ante las consecuencias de sus actos. Lo mismo podríamos decir de la aparición del propio Ginés de Pasamonte, con su verdadera cara de ladrón y maleante, y del  azotado Andrés, que se ceba en un afligido DQ, debido a las grandes desgracias reales que le sobrevinieron tras ser rescatado  por el loco caballero.

Precisamente Cardenio, al reconocerse como personaje del relato de Dorotea, cobra conciencia de su disparatada conducta y lamenta la nefasta pasividad de su comportamiento cobarde ante la huida de Luscinda. Así que pasa a la acción y participa en el complot urdido por el cura y resto de personajes para preparar la representación caballeresca, que les permitirá rescatar a DQ de su locura y llevarle a su casa. De modo que para salvar al protagonista  de su enajenación, simulan todos ser personajes ficcionales de la más absurda y paródica novela de caballerías.

El relato del reino Micomicón, su reina y el rey Tinacrio el Sabidor, el gigante Pandafilando de la Fosca Vista -pues era bizco- resulta tan cómico y extravagante como el lenguaje  caballeresco que hilvana la descabellada historia (cap. 30). El humor viene dado sobre todo por el contraste entre lo fantástico de la ficción y el pragmatismo de Sancho, muy preocupado por su futuro, tanto en lo que se refiere al nombramiento de DQ como arzobispo como al necesario matrimonio de éste con la princesa rescatada (cap. 31). En ambos casos Sancho ve problemas: en  hacerse eclesiástico siendo casado o en el empeño de DQ  en servir a Dulcinea, lo que pondría en peligro el merecido trofeo por sus hazañas.

Los capítulos 30 y 31 muestran al grupo en las montañas y en los caminos de vuelta a la venta. Lo más sabroso son las conversaciones entre DQ y Sancho sobre los más variados temas de caballería. Las disputas sobre con quién debería casarse el hidalgo terminan con el enfado de DQ y alguna colleja para Sancho, cuya simplicidad asombra a todos. El ingenio cervantino nos ofrece una muestra magistral en las visiones contrarias y paralelas que amo y criado tienen de Dulcinea. Así, “la reina de la hermosura… ensartando perlas” es para Sancho, una moza “ahechando dos hanegas de trigo” .Cuando DQ se refiere a “tan alta señora”, Sancho replica: “tan alta es, que a buena fe me lleva a mí más de un coto”. Si DQ pregunta por “un olor sábeo, una fragancia aromática…” Sancho contesta que sintió “un olorcillo algo hombruno” como si estuviera ella “sudada y algo correosa”.

Sancho va  improvisando en su ficcional y cómica historia con gran  habilidad para hacer coherentes sus mentiras. A veces recurre al ingenio, como cuando le explica a DQ  la entrega de la carta a Dulcinea y las risas de ésta ante el nombre de Caballero de la Triste Figura, así como su agrado ante la pleitesía del vizcaíno y los galeotes. Y si hay incongruencias en el relato, DQ las solventa con encantamientos y magos como es costumbre en las novelas de caballerías, con lo que los dislates de ambos se cohesionan en un orden disparatado pero perfecto. En estos capítulos el narrador cuenta hechos simultáneos, pues mientras DQ y Sancho platican, el resto de personajes comentan los detalles de la locura de DQ, del que dice el cura más adelante que es bastante cuerdo si no le mientan los libros de caballería.

La llegada a la venta (cap. 32) reúne al grupo con los venteros, criadas y otros huéspedes que entablan conversación sobre los libros de caballería. Es interesante cómo se distinguen los gustos masculinos de los femeninos, pues mientras el ventero prefiere los episodios de luchas y aventuras, la ventera y Maritornes gustan más de los dulces requiebros de los amantes y de las quejas de las damas. El toque realista lo pone la moza que dice no entender la crueldad de las damas y los apelativos que con ellas usan los caballeros:

“…las llaman tigres leones y otras inmundicias…y tan sin conciencia que por no mirar a un hombre honrado, le dejan que se muera o que se vuelva loco. Y no sé qué es tanto melindre: si lo hacen de honradas, cásense con ellos, que ellas no desean otra cosa.”

Tras revisar los libros que hay en la venta, el cura se despacha contra los malos libros de caballería, como hicieran en el capítulo VI. Como entonces se reprocha a las novelas sus disparatados argumentos y la carencia de verosimilitud. A las razones del cura replica el ventero con una apasionada defensa de los personajes caballerescos, ya que entiende que tanto éstos como sus peripecias son reales:

“…Felixmarte de Hircania, que de un revés solo partió cinco gigantes por la cintura…y otra vez arremetió contra un grandísimo y poderosísimo ejército, donde llevó más de un millón y seiscientos mil soldados[…] Don Cirongilio de Tracia[…]le salió una serpiente de fuego[…]y le apretó con ambas manos[…]y no tuvo otro remedio sino dejarse ir a lo hondo del río…y cuando llegaron allá abajo, la sierpe se convirtió en un anciano que le dijo…”

La actualidad de estos comentarios se complementa con una irónica alusión a una segunda parte de don Quijote, cuyo autor sería el ventero,  pues –según Cardenio- “él tiene por cierto que todos estos libros cuentan que pasó ni más ni menos lo que escriben, y no le harán creer otra cosa frailes descalzos.”
Si estas palabras son una velada alusión a El Quijote de Avellaneda, juzgue el lector. No podía faltar la reacción de Sancho y su preocupada confusión ante los términos en que se habla de los dislates de las aventuras caballerescas, y con su habitual sentido común, decide esperar a ver qué pasa, y si las cosas no le van bien con DQ, “determinaba dejalle y volverse con su mujer y sus hijos a su acostumbrado trabajo”.

Los tres capítulos siguientes contienen la novela de El curioso impertinente, donde se cuenta la historia de la enfermiza obsesión de Anselmo por poner a prueba la honradez y fidelidad de su mujer, Camila, con la ayuda de su amigo Lotario. Con el grupo de oyentes de la venta asistimos a las razones y argumentos de Lotario y a una extensa disertación sobre los valores y honestidad de las buenas esposas, así como la justificación del amor verdadero. El conflicto se resuelve como en las comedias de enredo, y con el marido engañado colaborando en el engaño y contribuyendo al regocijo de los amantes adúlteros, por la insistencia del marido. La moraleja es que todos pierden, víctimas de la enajenación de Lotario.Todo un caso para los tratados de psiquiatría.

El relato se interrumpe por el conocido ataque de un DQ adormilado a los cueros de vino del ventero, pues donde el hidalgo ve gigantes, el criado ve la sangre derramada. La comicidad de la escena contrasta con la fina ironía del narrador, cuya opinión sobre esta novela es evidente:

“¿Quién no había de reír con los disparates de los dos, amo y mozo? Todos reían sino el ventero, que se daba a Satanás”.
 
El episodio concluye con una genial lamentación de la ventera por los daños sufridos, que finaliza con la paródica maldición de los responsables de todos sus males. Todo un ejemplo del género:

“En mal punto y en hora menguada entró en mi casa este caballero andante, que nunca mis ojos le hubieran visto, que tan caro me cuesta. La vez pasada se fue con el costo de una noche, de cena, cama, paja y cebada para él y su escudero, y un rocín y un jumento, diciendo que era caballero aventurero, que mala ventura le dé Dios, a él y a cuantos aventureros hay en el mundo, y que por esto no estaba obligado a pagar nada, que así estaba escrito en los aranceles de la caballería andantesca[…] Y por fin y remate de todo, romperme mis cueros y derramarme mi vino, que derramada le vea yo su sangre.

Los capítulos 36 y 37 cierran las narraciones interpoladas con la llegada de don Fernando y Luscinda y la reunión de cada amante con su pareja, con un final feliz típico de la novela sentimental. Se suceden discursos sobre el amor y el honor, y todos quedan asombrados y contentos, salvo Sancho, disgustado por haber perdido su oportunidad de enriquecerse:

“Todo esto escuchaba Sancho, no con poco dolor de su ánimo, viendo que se le desparecían e iban en humo las esperanzas de su dictado, y que la linda princesa Micomicona se le había vuelto en Dorotea, y el gigante en don Fernando, y su amo se estaba durmiendo a sueño suelto, bien descuidado de todo lo sucedido.”

Es de interés señalar el continuo proceso de “quijotización” de los personajes que acompañan a DQ. Cada vez son más los que participan en el engaño  con el fin de  rescatar al caballero de su locura, para lo cual han de simular todos ser tan locos como él. Destacan en este capítulo (37) las peregrinas razones de Dorotea para explicar que sigue siendo princesa sin dejar de ser lo que era, complejo e insensato argumento que DQ acoge con gusto. Se inicia aquí la historia de Zoraida, ejemplo de novela morisca, que se desarrollará en los posteriores capítulos. Y el famoso discurso sobre las armas y las letras, donde DQ compara “los espíritus” del guerrero  y del letrado. Como este discurso continua en el siguiente capítulo, dejamos para otra ocasión su comentario. GB











lunes, 29 de abril de 2013

El afinador de Pianos, de Daniel Mason

El afinador de pianos: un viaje hacia el sueño mítico y vital

En esta novela encontramos las peripecias del inglés Edgar Drake, un hombre corriente con una profesión singular: reparador y afinador de pianos, especializado en los famosos y excelentes Erard. Con una vida gris y un matrimonio rutinario, Drake recibe una sorprendente proposición del ministerio de Defensa británico para arreglar un Erard en Mae Lwin, un territorio habitado por los shan, en los confines orientales de la Birmania  colonial de finales del XIX.

El viaje supone salir de la aburrida vida occidental para conocer la aventura de lo desconocido y exótico. La partida desde el buque en que se embarca Drake está envuelta en la niebla y la bruma, que evocan la ambigüedad y el vacío de los sueños y los deseos no cumplidos. Cuando la mirada del viajero “contempla los remolinos blancos” que la espesa bruma forma en sus dedos, el narrador nos sitúa en el inicio de la aventura:

“Blanco. Como una hoja de papel, como el marfil sin tallar, todo es de color blanco cuando empieza la historia.”

El relato del viaje nos llega a través de la voz narradora de un testigo bastante omnisciente que complementa los detalles de la historia con cartas de Edgar a su mujer, informes oficiales de los militares y del dueño del piano, el misterioso, enigmático y atractivo doctor Anthony Carroll. A partir de ese momento van desapareciendo los blancos nebulosos de la vida de Drake para llenarse de sensaciones cálidas y cromáticas tonalidades, desde el brillante y azul Mediterráneo, el  perturbador Índico con la agitación y abigarramiento de Calcuta, hasta la inquietante y luminosa Birmania. Esta tierra, bañada por un sol excesivo, que hace perder a las cosas y a los paisajes sus perfiles y sus límites, va sumergiendo al viajero en una irrealidad fascinante, que narcotiza la razón y aviva los sentidos y las pasiones.

La percepción de que su itinerario interior le llevará a una transformación vital y existencial, cobra en la novela carácter de presagio de la muerte como forma de acceso a otro plano de la realidad. Este lenguaje simbólico se atribuye a las creencias de los shan, a los que el narrador atribuye más valor intuitivo y verdadero que a las racionales afirmaciones occidentales:

“Por eso las lunas llenas marcan los principios, los momentos del cambio, y se debe prestar mucha atención a los presagios”

El carácter  mítico del viaje de Edgar  adquiere un tono premonitorio en el relato del viejo africano al que llaman Hombre de Una Sola Historia. Su cuento narra  su encuentro, cuando era joven y estaba perdido en una tormenta de arena, con una especie de sirena del desierto. Así como los marineros de La Odisea son atrapados por  sus mágicas melodías, el mozo queda sordo para siempre tras escuchar su canto. Como él mismo dice, “después  de haber escuchado algo tan hermoso, dejé de captar el sonido […] después de aquella canción, para mí ya no puede haber más historias después de aquélla.”

La llegada a Rangún y el posterior viaje a Mandalay permiten al lector acercarse al ambiente militar de los colonizadores británicos y sus costumbres. Desde el comienzo, Edgar siente indiferencia por el mundo que se le ofrece y no comprende la forma de ocupación del imperio inglés en sus colonias. Su espíritu  inquieto y su emotiva curiosidad le hacen sentirse mucho más cerca de la cultura nativa y del hombre que le ha impulsado hacia las lejanas tierras de Oriente para afinar un piano. Contempla con irónica distancia las reuniones y formas de diversión de los colonos (caza del tigre), y no niega que le aburren y no le interesan. “Da la impresión de que han importado el ambiente”: eso es lo que piensa Edgar de sus  compatriotas.

El viaje de Mandalay a Mae lwin y el pueblo de los shan transcurre en un agitado espacio emocional, en el que Edgar descubre un mundo nuevo y vivificante lleno de sensualidad y belleza. Su identificación con el doctor Carroll y su proyecto de pacificar los territorios mediante la música y la palabra, le trasladarán a otro universo lejano y aislado, del que no podrá partir nunca más. Como Ulises, Edgar ha quedado atrapado en el mundo de los sueños cumplidos y no podrá volver al lugar anterior del cual procedía. Su viaje, abrazado al piano, acaba en las aguas del río donde lentamente se sumerge. No tiene retorno,  pues su dirección lo lleva hacia la aldea de los shan, hacia el mundo mágico de Mae Lwin. Cuando el héroe muere, acaba el relato. GB



vocabulario marinero en "Huracán en Jamaica"


Vocabulario marinero en Huracán en Jamaica

Las palabras no están ordenadas por orden alfabético, sino según van apareciendo en la novela, más o menos.  

Camarote: aposento de un barco destinado a habitación o alcoba.
Pañol: cualquier compartimento donde guardar municiones, víveres, etc.
Deriva: navegar sin rumbo llevado por el mar.
Bricbarco: bergantín de tres palos.
Goleta: embarcación de dos palos y y una cangreja en cada una.
Flechastes: escala de cuerdas para subir a lo alto de la arboladura.
Verga: percha donde se aseguran las velas cuadradas.
Estay: cabo que va de la cabeza de un mástil al inmediato.
Bauprés: palo horizontal  al que van a parar las cuerdas que sostienen los foques en la proa de los buques.
Arrecife: peñasco o escollo a flor o casi a flor de agua
Nudo: cada una de las puntas de la corredera o pieza movediza por la que se deslizan los cabos.
Cubierta: plano superior de un buque.
Puente: superestructura más  elevada de un barco, en el sentido de la manga (anchura máxima de un buque).
Litera: cama fija de un camarote.
Castillo de proa: cubierta elevada de proa.
Escotilla: abertura en la cubierta del buque.
Halar: tirar de las cuerdas.
Sotavento: parte contraria de donde sopla el viento.
Barlovento: parte de donde sopla el viento.
Barloventear: navegar de bolina, en la dirección del viento.
Bodega: espacio en el interior de los buques.
Bote: barco pequeño.
Timonel: el que gobierna el timón de la nave.
Timón: pieza que gobierna el rumbo o la dirección de la nave.
Velero: embarcación ligera.
Claraboya: ventana superior sin postigos, con cristales.
Bergantín: navío con dos palos y velas cuadradas.
Mastelero: palo menor que se pone sobre cada uno de los mayores de los buques.
Mesana: en los barcos de tres palos, el más cercano a la popa. Vela cangreja armada en ese palo.
Cangreja: se dice de las velas trapezoidales.
Mástil: Palo de un buque.
Proa: parte delantera del buque.
Popa: parte trasera del buque.
Petifoque: foque (vela triangular) pequeño.
Botalón: viga o madero que sobresale del barco, cuyo objeto es descargar o elevar pesos, etc.
Malacate: máquina semejante a un cabrestante invertido.
Cabrestante: torno vertical para mover grandes pesos.
Palo: mástil mayor del buque, el que está en medio de tres.
Aparejo: conjunto de velas y jarcias del barco.
Jarcia: aparejos y cabos del barco.
Cordaje: conjunto de cabos y cuerdas.
Catalejo: anteojo.
Bitácora: caja en que se pone la aguja de marear, la brújula.
Derrota: rumbo que siguen las embarcaciones.
Trinquete: palo delantero en las embarcaciones.
Penol: punta o extremo de las vergas donde se aseguran las velas.
Braza: medida de longitud equivalente a dos varas (1´67 m.)
Roda: Pieza gruesa y curva que forma la proa de la nave.
Fragata: buque de tres palos con cofas y velas entre ellos.
Cofa: especie de tabla colocada horizontalmente en la extremidad superior del palo mayor.
Pairo: acción de pairar la nave, navegar al pairo.
Pairar: estar la nave quieta, con las velas tendidas y largas las escotas.
Escotas: cabos con que se tensan las velas.
Obenque: cada uno de los cabos que sujetan la cabeza de un palo o un mastelero.

Mari Creu Altabert.


viernes, 26 de abril de 2013

Huracán en Jamaica





Huracán en Jamaica

Lo que se cuenta en esta novela, escrita por Richard Hughes y publicada en 1929, es la historia de unos niños que son raptados por piratas cuando regresaban a Inglaterra desde Jamaica, donde hasta entonces vivían con sus padres. Tras un argumento que se ajusta al modelo de novela de aventuras se esconde –como es habitual en estos relatos- un complejo universo de ideas que proyectan la forma de pensar del autor sobre el hombre y su circunstancia. Como vimos en las dos novelas ya leídas y comentadas en nuestro Club de Lectura (Robinson Crusoe y Lord Jim), el viaje se convierte en una metáfora de la vida de los personajes, de sus emociones, sus cambios vitales y su crecimiento personal.

Los personajes de esta novela se encuentran en Las Antillas, cuando éstas iniciaron su proceso de emancipación de la corona británica. El desastre producido por un terrible huracán decide a los colonos Bas-Thornton y a los criollos Fernández a embarcar a sus hijos (siete en total) en un barco que los  lleve a Inglaterra, donde se supone estarán a salvo. La historia es conducida por un narrador en tercera persona, que se introduce ocasionalmente en el relato usando la primera e impregnándolo de irónicos comentarios,  muestra de su implicación en los conflictos de sus criaturas, a las que analiza con una precisión no exenta de cierto cinismo. 

La mayor parte de la novela se desarrolla en el barco donde los niños establecen una peculiar relación con los piratas, especialmente con el capitán Jonsen y su segundo, Otto. El barco se convertirá en el espacio vital en el que los personajes vivirán su particular odisea, un itinerario interior situado entre dos mundos lejanos y casi míticos: la lejana Jamaica del pasado y la Inglaterra del futuro. Entre los personajes destaca Emily, que a sus diez años ha de enfrentarse al descubrimiento de sí misma y de lo significativo y duro que es el propio crecimiento. Enfrentada al mal y a la necesidad de mentir y ocultar sus actos, este personaje simboliza el cambio personal e iniciático hacia el mundo de los adultos, en el que deberá integrarse para sobrevivir. Una niña en su proceso de transformación, llena de matices, voces y silencios sobre la que habrá mucho qué decir y opinar.

Tras las peripecias de la aventura se  adivinan las opiniones del narrador sobre dos aspectos: la moral conservadora de la sociedad victoriana, que Emily y  sus hermanas reproducen en sus ingenuos actos, como el despectivo comentario sobre los pies descalzos de los negros y de las niñas Fernández, al considerarse a ambos como “no ingleses”. Más significativo es el episodio donde Jonsen riñe a las niñas por deslizarse por la cubierta del barco como si fuera un tobogán y les dice que “si rompen sus bragas, él no se las remendará”. Lo que incomoda y ofende a las niñas es el hecho de haber  escuchado la palabra “bragas”, no el hecho de ser reprendidas.

Pero lo más relevante de la novela desde el punto de vista temático es el análisis de la infancia como una etapa misteriosa e incomprensible para los adultos. Las disquisiciones sobre esta cuestión son auténticos discursos argumentativos, a veces serios, a veces irónicos. Lo que desmonta el narrador cuando se pregunta si los niños son humanos o locos es, sobre todo, la idea de que los padres sean verdaderamente importantes para sus hijos. Según su teoría, los niños sólo tienen la experiencia del presente limitándose a vivirlo sin trascender el tiempo. Esta cualidad infantil les permite sobrevivir a su estancia en el barco pirata, ya que para ellos todo se convierte en un juego. Son los mayores los que interpretan estos hechos a su manera y de acuerdo con los valores establecidos que regulan las normas éticas y sociales. El juicio final, en el que se condena a los piratas a la pena capital por algo que no han hecho, es una buena muestra de por donde van esos valores.

Pero no debemos olvidar a Emily, que se sale de este esquema, pues, al situarse  en la frontera de asumir la responsabilidad de sus actos y ocultarse en el mundo infantil “de papás, mamás y pasteles de cumpleaños”, oscila de un lado a otro, sin conciencia plena de la trascendencia de su declaración ante el tribunal de justicia. Un atisbo de lo terrible de la condena del capitán y los suyos está al final de la novela cuando Emily pregunta a su padre sobre el destino de su gato Tabby perseguido por una violenta jauría salvaje ¿Se trata  de un símbolo de lo que les espera a los piratas enjaulados por la gente de bien?
Para la infantil Emily es más importante un pequeño terremoto que un gran huracán, dormir con una cría de caimán que matar a un hombre. Una visión de la infancia bastante sarcástica. Claro que no lo son menos los comentarios sobre la rígida y esperpéntica religiosidad de Rachel y su afán de convertir cualquier objeto en muñeco al que cuidar, ya que “parodiando a Hobbes, reivindicaba como suyo todo aquello en que se había posado su imaginación.

Acabamos con algunas muestras de la ironía del narrador:

“¿son los niños seres humanos? La verdad es que parecen humanos como muchos monos… En realidad están locos.”
“Los cerdos crecen rápidamente, más rápido incluso que los niños”
“...y con espíritu napoleónico –aunque embotado- subió a cubierta…”

No olvidamos las caricaturas como la de Thornton con sus largas piernas colgantes sobre la escasa cabalgadura, o las alusiones a los desvaríos  psicológicos de la Sra. Thornton sobre las emociones y sentimientos de sus hijos. Por cierto, que eso no quita que sea  el padre de Emily el único personaje que se da cuenta de lo que ha hecho su hija. Según el narrador, ésta no se diferencia de cualquier niña de su edad, y lo afirma en primera persona. Aun faltaban 25 años para que Willian Golding publicara El señor de las moscas. Hay, sin duda, muchas más cuestiones que plantear, muchos más matices que hacer, pero para eso nos reuniremos en nuestro Club. GB





martes, 26 de marzo de 2013

Lord Jim: narrador, símbolos y otros elementos



LORD JIM: narrador, símbolos y otros elementos formales

Las voces narradoras y el tiempo

La estructura de Lord Jim  anticipa la renovación de la novela propiciada por los movimientos de vanguardia, tanto respecto al número y  clase de narrador como a la función del tiempo discursivo.  Al principio, el relato corre a cargo de un narrador externo en tercera persona que presenta con gran subjetividad a Jim como corredor de agencias portuarias, años después de haber sido juzgado. Su aspecto imponente y contenido impresionan al lector:

Era fornido y corpulento y, al abordar a la gente, hacíalo combando ligeramente los hombros, avanzando la cabeza y con la mirada fija, profunda, bajo el dosel de las cejas, de tal suerte que evocaba el recuerdo de un toro en el momento de embestir.

Adopta este narrador una actitud misteriosa que oculta al lector los motivos de la aflicción del personaje, aludiendo a cierto asunto como sustituto léxico de  un enigma que se presupone conocido pero no lo es. Tras una leve retrospección en que se nos ofrece una breve pero esencial biografía del protagonista, se cede la voz narradora a Marlow, el inquieto aventurero de El corazón de las tinieblas. Este narrador, interno e igualmente implicado en la historia de Jim, articula un relato disperso, en la que rememora los hechos  simulando una distendida pero apasionada conversación con sus iguales en la terraza del hotel Malabar, en alguna ciudad costera de Asia.

La forma coloquial, con frecuentes apelaciones a sus interlocutores, incluye otras historias narradas por los personajes que conocieron a Jim, enriqueciendo de esta forma los puntos de vista sobre el  personaje, que se desvela así  dentro de su compleja trayectoria vital. A veces recurre el narrador a cartas o documentos para que dinamicen el relato y lo enriquezcan, aunque ello pueda producir cierta confusión en  algún lector habituado a lecturas más sencillas. 

El tiempo discurre hacia delante, hacia atrás y hacia los lados, sobre todo en la parte donde se gesta el conflicto de Jim y su condena. La estancia en el idílico Patusán tiene una estructura más sencilla, que transcurre cronológicamente y  nos llega mediante la voz del propio Jim o  la de su amigo Marlow. La novela finaliza con la transcripción de misivas y documentos, que éste le hace llegar al narrador inicial, en la que se resumen los hechos, desde el definitivo y último fracaso de Jim hasta su muerte.

La muerte de Jim se produce en una escena cargada de dramatismo. Jim se presenta ante Doramín para asumir su castigo.  Éste, tremendamente grueso, se bambolea arrastrando a sus servidores hasta un Jim que, “en pie, muy tieso, desnuda la cabeza y alumbrado por la luz de las antorchas, no apartaba de sus ojos la franca y recta mirada”. Suena el tiro y “el hombre blanco” mira a los lados con orgullo y cae lentamente hacia adelante.

El comentario del narrador interpreta así el fin del personaje (y el de la novela):

Y aquí termina todo. Desaparece él del mundo como envuelto en misteriosa nube, inescrutable en el fondo de su corazón, olvidado, sin el perdón de los que le rodeaban y excesivamente romántico.
La subjetividad del narrador se evidencia en la consideración de Jim como fantasma o espectro del “ideal que de sí mismo se trazó”, llamando nuestra atención sobre la dualidad de Jim: la abrumadora fuerza de su recuerdo, y su apariencia de “alma errante, perdida entre las pasiones de este bajo mundo, pronta a someterse fielmente al llamamiento de aquel otro mundo de fantásticas sombras al que pertenece”.

Símbolos y otros elementos

Esta novela pone de manifiesto el talento de Conrad como maestro de la descripción en el relato. A pesar de que algunos puedan considerar que se trata de una narración morosa y excesivamente lenta, no nos resistimos a precisar que este tipo de lecturas requieren también su tempo; pues la degustación lenta de sus intrincadas y extensas descripciones nos ofrece innumerables detalles físicos y psicológicos de los personajes con gran profusión de emociones, sensaciones y conductas. Es una novela densa, pero precisamente por eso, cuando aplicamos el microscopio para ver sus interioridades, encontramos innumerables tesoros. El retrato de Jim, las caricaturas de los tripulantes del Patna, las descripciones irónicas de Egstrom y Blake, la etopeya de Stein, la esperpéntica descripción del rajá de Patusán y sus estancias…. Conrad domina todas las técnicas y recursos de la lengua y las pone al servicio del relato. Unas veces imita los movimientos de la cámara cinematográfica, otras usa profusión de adjetivos, y en ocasiones economiza tanto que se acerca al impresionismo literario. Dos ejemplos:

 Caricatura impresionista de los tripulantes del Patna

“Uno de ellos era un ruin hombrecillo de hundidas mejillas que llevaba el brazo en cabestrillo; otro, un sujeto alto, con chaqueta de franela azul, reseco como astilla y no más grueso que mango de escoba, de caído bigote gris, miraba en torno suyo con aire de imbécil. El tercero era un joven tieso, ancho de hombros con las manos en los bolsillos…”

Descripción cinematográfica: lo que ilumina un cigarro

“La prolongada forma de los sillones de junco ofrecía cómodo descanso a cada uno de los silenciosos oyentes. De cuando en cuando, una de aquellas rojas manchitas de fuego movíase bruscamente, esparciendo claridad por los dedos de lánguida mano o por parte de algún rostro en profundo reposo, o bien lanzaba un chispazo de luz carmesí sobre unos ojos pensativos sombreados por una frente sin arrugas”

Las descripciones del mar adquieren una naturaleza material y plástica con valor como espacio navegable y como símbolo, generalmente del peligro y del mal. El mar aparece en ocasiones dotado de alma y voluntad, como criatura que ataca a los hombres y de la que éstos no pueden escapar. En la novela, el tratamiento de la naturaleza tiene más valor simbólico que realista, como es propio de los relatos románticos. La noche, la luna y la niebla envuelven con frecuencia a Jim en un halo de irrealidad y misterio que confiere al personaje el carácter espectral y fantasmagórico de los seres inmateriales.  La oscuridad y las sombras anticipan la muerte, lo mismo que el sueño que dota a Jim de su singular aire ensimismado y ausente, como si existiera en otra dimensión distinta del resto de mortales. Y naturalmente, la isla como refugio, la tierrra de Patusán como edén rodeado de vegetación en los confines del mundo civilizado. El viaje como metáfora de la vida de un personaje condenado por el azar y el tiempo a la muerte de los héroes.

“La conquista del amor, del honor, de la confianza que en nosotros depositan los hombres; el orgullo que esto engendra, la fuerza que comunica, materiales son apropiados para forjar con ellos una narración heroica.”
“Treinta millas de bosques mantenían aquello cerrado a la vista de un mundo que se mostraba indiferente, y el ruido de las olas al estrellarse, blancas de espuma, en la costa, sofocaba la voz de la fama.”

A pesar de ser Jim un personaje que impregna de romanticismo todas sus acciones y todos sus pensamientos, en  aras de perseguir su sueño, Marlow pone las cosas en su sitio al precisar que nadie encuentra la verdad ni las respuestas a las grandes preguntas. De Jim dice que “vivía escabulléndose continuamente” y que “estaba satisfecho, casi…”, como el hombre del siglo XX, con conciencia de su propia temporalidad, de su existencia como realidad única y cierta. Muy lejos de la ingenua felicidad de Robinson Crusoe. GB

Lord Jim ¿por qué se suicida Brierly?


Lord Jim: ¿por qué se suicida Brierly?

Esta cuestión se planteó el día de la reunión del Club de Lectura. Brierly es uno de los asesores de los magistrados que juzgan a Jim. El narrador no puede ocultar el desprecio que le produce este personaje, aunque lo hace de forma sutil e irónica:

El otro era Brierly, ¿sabe usted?, el enorme Brierly, el capitán del barco modelo de la Blue Star…Ese mismo.
Parecía aburrido y molesto a más no poder por el honor que le habían dispensado al nombrarle. Ni una sola vez se había equivocado en la vida; nunca le había ocurrido una sola desgracia; jamás tuvo un contratiempo, ni tropezó con nada que le parara un poco los pies en su rápida carrera. En fin, era uno de esos seres afortunados para los que la indecisión no existe, y mucho menos la desconfianza de sí mismo. A los treinta y dos años tenía lo que es uno de los mayores empleasen el comercio de Oriente…, y es más: estaba satisfechísimo de poseerlo.

Este dechado de virtudes es un producto de la buena suerte, ya que todo le ha salido bien en la vida y nunca ha tenido que enfrentarse al fracaso. Parece ser la antítesis del desgraciado Jim, y sin embargo le compadece y le ofrece dinero para que huya. El rechazo de Jim  en su infinita pureza es algo que Brierly no puede soportar ¿por qué? Quizá por ver en Jim lo que él en el fondo era o podría haber sido, es decir, la aparente perfección de su vida es una máscara, una mentira. Así lo sabrá más adelante el lector cuando dos años después, Jones, el servidor de Brierly y  heredero de su perro y de sus gemelos, le cuente a Marlow el planificado suicidio de su amo. Describirá Jones cómo era el verdadero Brierly, cruel y despótico en su intransigente fanatismo, cómo era su cara oculta.
 Brierly aparece como el alter ego de Jim. Mientras éste muestra su deshonor con sincera y  digna angustia, aquél disfraza su verdadero carácter. En el fondo, Brierly admira el valor de Jim para enfrentarse a la ignominia de su cobardía, y como dice el narrador, “aquella creencia suya en el propio esplendor, que había privado a su propia vida de  todos los terrores legítimos que los demás sienten”, le hace sentirse cerca “del pobre muchacho”. Y  resulta paradójico  que la excelencia de la vida de Brierly esté inspirada en un espíritu práctico muy alejado del ideal de comportamiento que muestra, mientras que Jim es puro ideal sin sentido utilitario alguno.

La muerte de Brierly es, pues, una cuestión de coherencia, pues el sacrificio de Jim, su negativa a ocultarse, desaparecer y huir, le resulta tan incomprensible e insoportable que le hace ver su vacía y falsa existencia. Además, la ignominia de Jim es también la de toda una clase social y profesional a la que Brierly pertenece. Su desesperación se evidencia en las palabras de Marlow sobre las actitudes de Brierly y Jim el último día del juicio:

El talante de este último sugería inmediatamente la idea de cierto sombrío descaro, y el del primero, de desdeñoso fastidio; y, sin embargo, bien podía ser que fuesen falsas ambas actitudes, y, por lo menos, de una me constaba que lo era. Brierly no estaba allí aburrido sino desesperado. GB

Lord Jim, de Joseph Conrad


Lord Jim de Joseph Conrad

Las contradicciones de Jim: aislamiento y condena

Lord Jim o tuam Jim, como lo llamaron los nativos malayos bajo su mando, es un personaje complejo que esconde misteriosos matices tras su apariencia de aventurero decimonónico. Si esta novela fuera un simple relato de aventuras, acabaríamos enseguida su resumen:

Cuando Jim trabajaba como marino en el Patna, barco que llevaba peregrinos a La Meca, huye junto al capitán, el maquinista y un marinero en medio de una terrible tempestad, no cumpliendo así el deber de socorro exigido por las leyes. Cuando el barco es rescatado por  la flota  francesa, los responsables son juzgados y condenados. Todos huyen menos Jim, que  se enfrenta al deshonor de la inhabilitación y a la angustia del culpable que no sabe  cómo expiar su falta. Obsesionado por olvidar su infracción, emprende un viaje sin fin que le aleja cada vez más de la civilización de sus iguales, hacia el Oriente y las más intrincadas selvas de Malasia, donde finalmente encontrará la muerte.

¿Qué es, pues, lo que esconde Lord Jim? Veamos lo que nos dice el narrador de su historia:

Se ilusionó demasiado creyéndose un espléndido caballo de carreras, y veíase condenado a tirar sin gloria alguna, como el pollino que arrastra el carrito de un vendedor ambulante.

Éste es el problema de Jim, le prepararon para algo que no pudo ser, que nadie puede ser: el papel de héroe absoluto, la perfección máxima en el desempeño del deber, el depositario del honor, la fama y la gloria que  son propias de los seres superiores. Ese perfil heroico le viene de su educación familiar. Hijo de uno de esos hogares de párroco protestante que son archivos de piedad y de paz, la rectitud aprendida en los libros hace que Jim se forme una idea del futuro y de la vida absolutamente irreal. En  la imagen idealizada de sí mismo, viéndose cómo protagonista de grandes hazañas, no se prepara para una realidad fea  y mediocre. Por eso cuando se enfrenta a los hechos que le exigen reaccionar ante el peligro, se queda inmóvil, paralizado, poseído por una especie de ensimismamiento lleno de proyectos imaginarios.

La primera vez que le pasa esto es durante su aprendizaje  como marino, cuando alguien cae al agua y Jim es incapaz de socorrerle. Más tarde, ocurrirá lo mismo en el aparente naufragio del Patna. Mientras todos se afanan en ponerse a salvo, Jim, en su inmovilidad, se encuentra en su mundo interior, imaginando desastres, muertes y hundimientos, sin hacer absolutamente nada, en una distante y contemplativa elegancia que le hace sentirse distinto y superior a todos. De hecho, cuando finalmente salta a la barca en que se encuentra el resto, lo hace de forma impulsiva como si su cuerpo fuera independiente de su mente y de su voluntad. Y de hecho así es. El modelo heroico ideal se encuentra atrapado en una materia que no obedece, que no le responde. Esta clase de héroe sólo puede vivir en un  universo imaginario, el de la ficción literaria propiciada por el idealismo romántico.

La  contradicción esencial de Jim es que no puede existir, no puede “ser”. En la vida real está condenado a la incomprensión y a la soledad. Su aislamiento es el del héroe trágico,  abocado a la muerte para cumplir su destino. Y es que en Jim se oponen literatura y vida. No puede vivir su proyecto heroico, es imposible que lo haga en la sociedad en que su creador le ha situado. En la novela queda claro que los demás no entienden su singular orgullo, su negativa a ser como los demás. Lo dice Egstron, uno de los que conoció a Jim, cuando Marlow le explica que Jim rechaza trabajos corrientes o los abandona, porque no puede olvidar lo que le pasó en el Patna, no puede soportar la culpa:

-¿Y a quién demonios le importa eso? ¿Y quién demonio es él para tomarse así las cosas?

Lo que se desprende de estas palabras es claro: el desliz de Jim no era tan raro ni grave en el ambiente  marinero. En aquella vida, los hombres cometían errores y sobrevivían. Pero Jim no, él es diferente, porque su diseño corresponde al ámbito de la literatura romántica, es un héroe de libro, novelesco. Por eso aparece siempre como una silueta, una línea dibujada en la sombra, levemente iluminado, hierático, como si no fuera real. Lo que muere con Jim es el romanticismo. Lo  afirma Stein, el amigo naturalista de Marlow, cuando diagnostica el problema, la enfermedad del personaje:

Entendido. Perfectamente. Es un romántico.

La única forma de sobrevivir a tal “verdad esencial” es, según Stein, es “sumergirse en el elemento destructor”, “seguir el ensueño”, o sea, que Jim viva su fantasía en un lugar donde pueda realizar su ideal. Patusán es el sitio donde Jim ejecutará su proyecto heroico, todo belleza, bondad y justicia. Y siempre mostrará un gran valor, el valor que no tuvo en el mundo de los hombres, en la antipática realidad. Jim sobrevivirá en ese mundo lejano y olvidado donde podrá existir como héroe canónico, aunque será un dios con pies de barro. Se sentirá siempre amenazado por el recuerdo, la memoria de los otros, y por la propia realidad. Cuando aparece el miserable y malvado Brown, la ideal bondad de Jim es su sentencia de muerte.

Leamos esta magnífica descripción del Jim romántico, que fascina a Marlow y al propio Stein, que ve al personaje como  afectado por una enfermedad, “algo malo, malísimo”

Era en aquel momento difícil de creer en esa existencia de Jim, que, empezando en el hogar de un párroco protestante, quedaba luego mancillada por multitudes enteras de hombres, como por nubes de polvo, y reducida al silencio por el choque de las exigencias de la vida y de la muerte en el mundo material…; pero, con todo, su imperecedera realidad surgió en mi mente con irresistible, convincente fuerza. La vi tan vivaz como si, al ir avanzando a través de los altos y espaciosos aposentos, entre flotantes destellos y los repentinos reflejos de figuras humanas deslizándose, junto con vacilantes llamas, en insondables, transparentes profundidades, nos hubiéramos acercado a la verdad absoluta, que, como la belleza misma, flota, falaz, oscura, medio sumergida en las quietas, silenciosas aguas del misterio.

El caso de Jim es digno de estudio para psicólogos y psiquiatras. En sus distantes conversaciones con Marlow, pasa por todas las fases de la disfunción vital: se lamenta, se queja de incomprensión y defiende su honor como si éste existiera por el hecho de ser pensado o soñado. Su existencia se entiende más como personaje que como persona, pues ¿cómo podría vivir un Jim perfecto en un mundo de pícaros, malhechores y hombres de negocios motivados por espurios intereses  ?

Es cierto que en un primer plano, Jim simboliza el afán de redención o de expiación de la culpa, lo mismo que Robinson Crusoe, aunque éste no busca su destino sino que se lo encuentra, debido a la  intervención de la divina Providencia. A la luz de esta lectura comprendemos que el segundo es mucho menos complejo que el primero.

Robinson encarna las ideas de la ilustración tamizadas por sus raíces presbiterianas, y lo hace como personaje al servicio de unos valores morales y religiosos. A su configuración como personaje literario le sobra ideología y le falta encarnadura.  El protagonista de Lord Jim, además de castigarse voluntariamente, refleja todo el dolor y angustia que su frustrada experiencia conlleva, se muestra evasivo, introvertido y alejado de su entorno, en su singular huida y errante existencia. Ya hemos justificado su valor como representante de un romanticismo oscuro, decadente, melancólico y trágico, que Conrad sentía superado, aunque anticipaba el existencialismo de Camus que vendría después.

Lord Jim, novela canónica sobre la evolución del viaje vital, que parte del ideal romántico y emprende un proceso de transformación que culminará en la muerte, el no-ser, la nada, que diría Sartre. GB





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